Capítulo 21
Le dolían los hombros y los brazos, pero era una sensación placentera.
Estaba relajada. La barra le había dejado las palmas de las manos llenas de rozaduras.
Hildur se tomaba un batido de recuperación con sabor a chocolate sentada en un banco reclinable.
En realidad le habría gustado ir a hacer surf, pero sólo tenía una hora y se había adaptado.
Gimnasio y rutina corta del tronco superior.
Estaba satisfecha: había hecho sus dominadas con quince kilos de peso adicional.
Media hora más tarde, entraba con el coche de policía en el patio de un pequeño bloque de viviendas en las afueras del pueblo.
Era una residencia de estudiantes construida una década atrás, después de la puesta en marcha del campus de Ciencias Marinas de la Universidad de Akureyri en Ísafjörður.
Cada año se instalaban en el pueblo estudiantes de intercambio y jóvenes islandeses interesados en la industria pesquera, los cupos de pesca, los recursos marinos y las nuevas tecnologías del sector.
Además de los universitarios, también se alojaban estudiantes de bachillerato de zonas rurales que preferían vivir cerca del instituto municipal durante la semana.
Siggi tenía diecisiete años y estudiaba en el instituto. Hildur lo había llamado nada más encontrar las fotografías, y el chico había prometido que estaría en casa después de las tres.
Hildur aparcó el coche delante del edificio y buscó la escalera correcta.
En la entrada había un telefonillo, aunque era un poco absurdo, porque la puerta de la calle siempre estaba abierta.
Esa escalera del pequeño bloque de pisos había sido testigo de infinidad de mudanzas.
Las paredes estaban llenas de arañazos y manchas debido al tránsito de muebles.
Las hendiduras de algunas puertas sólo podían ser marcas de patadas.
A pesar de que no estaba permitido guardar bicicletas en el portal, al menos se veían cinco medios de transporte diferentes apoyados contra la pared. ¿Dónde guardarían si no sus bicis los estudiantes? El edificio no parecía tener sótano ni cobertizo anexo para bicicletas.
Hildur subió andando al segundo piso. Al encontrar la puerta que buscaba, llamó con los nudillos. Fue obvio que la estaban esperando, porque la puerta se abrió al instante. La recibió un chico de aspecto pálido con pantalones de chándal y una camiseta de Metallica.
Era un pequeño estudio. En el recibidor había un perchero con pinta inestable y un espejo.
A la izquierda, estaba la cocina; a la derecha, el salón y el dormitorio, en una misma estancia escasamente amueblada.
La cama estaba sin hacer. Un batiburrillo de mandos a distancia, monedas y útiles para liar tabaco se amontonaba en la caja de cartón que hacía de mesita de centro.
El aire olía a rancio. Aquella sala no se había ventilado en años.
Hildur le propuso hablar en el salón. Siggi se sentó con resignación en un desvencijado sofá y se quedó mirando al vacío. No había más sitios donde sentarse, por lo que Hildur se instaló a su lado, en la otra esquina del sofá.
—Tengo que hacerte algunas preguntas sobre Jón.
Siggi se sobrecogió al oír aquel nombre. Giró los hombros hacia dentro y hundió la cabeza. Hildur quería saber cómo había conocido a Jón.
—Ya te lo he contado. Yo solía hacer el reparto de pizzas los lunes.
—Pero ¿hasta qué punto os conocíais?
Hildur se masajeó las manos. Las ampollas de las dominadas empezaban a parecer callos.
Siggi no contestó enseguida. Se quedó inmóvil mirando el suelo de la habitación.
—No nos conocíamos —murmuró.
—Me has contado que Jón te pedía a veces que entraras en su casa. ¿Llegaste a entrar?
—Yo sólo le llevaba las pizzas.
Hildur suspiró. Le sabía mal por el chico, pero tenía que presionarlo para que hablara.
—Escúchame. Sé que esto muy difícil. También sé que Jón era un auténtico cabrón.
A Siggi le sobresaltó su brusquedad. Hildur le explicó que aquél era un asunto muy serio: se investigaba un posible caso de homicidio.
A día de hoy, él no era sospechoso, pero, si no le contaba todo lo que sabía, las cosas podían cambiar radicalmente.
Alguien había matado a Jón y todo apuntaba a que él había sido una de las últimas personas en verlo con vida.
El chico seguía sin decir palabra. Sacó una bolsa de tabaco del bolsillo de los pantalones y, con el aparato de liar de encima de la caja, empezó a liarse un cigarrillo con manos temblorosas. Hildur observaba la operación. Tenía que lograr que la conversación avanzase como fuera.
—Siggi, he visto esas fotos. Por eso he venido.
El radiador del cuarto de estar glugluteó débilmente. Necesitaba una purga. El silencio se había vuelto tan pesado y opresivo que podía cortarse con un cuchillo. El chico no tardaría en derrumbarse.
Siggi gimió, se tapó la cara con las manos y se dobló por la mitad, haciendo que el cigarro recién liado cayera al suelo. Hildur se sintió culpable por presionar a un chico en una situación tan vulnerable, pero necesitaba ver su reacción ante la siguiente pregunta.
—¿Lo mataste por las fotos?
Siggi, que estaba acurrucado, se irguió hasta establecer contacto visual con Hildur. Tenía la cara llena de manchas rojas por el llanto. La miró a los ojos. Era la viva imagen del miedo y la impotencia. En ese momento, Hildur supo lo que ya se había imaginado al ver las fotos por primera vez.
—No. Yo no lo he matado —dijo entre sollozos, apoyando la cabeza en las manos —. No tengo nada. Nunca he tenido dinero.
Le explicó que con lo que ganaba con los turnos de la pizzería no le daba para vivir. Tampoco podía aceptar más turnos porque tenía que ir a clase, o no aprobaría el curso.
Hildur se compadeció de él. Era muy joven.
—¿No te pueden ayudar tus padres?
El chico levantó la cabeza y soltó una risa burlona.
—¡Mis padres! Ellos nunca tienen dinero. Son unos lameconchas.
Hildur nunca había oído a nadie tan joven usar una expresión tan arcaica. Antiguamente, se pasaba tanta hambre que, a falta de otro alimento, la gente más pobre lamía las conchas que recogía en la playa.
—Ese cabrón me daba dinero por las fotos. La primera vez fue hace un par de años. —Siggi había ido subiendo la voz —. Me pagó cien mil coronas por una foto y me prometió que nunca se las enseñaría a nadie —dijo casi gritando.
«Eso es mucho dinero», pensó Hildur. El taco de fotos era muy grueso: si Jón había podido pagar unas cien mil coronas por foto, estaba claro que tenía bastante dinero. Le dijo a Siggi que había encontrado las fotos en casa de Jón.
—Las tomaba con una cámara analógica, con la que no se podían subir las fotos a la red. ¿Quién tiene ahora las fotos? ¿Las ha visto alguien más?
Siggi buscó a tientas el cigarro de liar en el suelo y lo encendió con inseguridad. Su nerviosismo era comprensible. Si las imágenes se llegaran a difundir, se encontraría en una situación horrible.
Hildur le aseguró que las fotografías se encontraban a salvo en la comisaría. La policía las necesitaba para investigar la muerte de Jón y nadie más podría verlas.
Durante unos instantes, se quedaron sentados en silencio, uno al lado del otro.
Se oía la lavadora del vecino y a unos niños haciendo una guerra de bolas de nieve.
La atmósfera entre aquellas paredes se había vuelto asfixiante, pero la gente parecía seguir con sus vidas con normalidad.
Cuando Siggi terminó de fumar, Hildur rompió el silencio.
—¿Te quedaste mucho tiempo en su casa la tarde del lunes?
—No. Un tipejo se empeñó en coger la pizza y entregársela. No entré en su casa aquella tarde.
—¿Hay alguien que pueda demostrarlo?
Siggi pensó un instante y sacudió ligeramente la cabeza.
—No lo sé. Ese tipo que estaba ahí delante de la casa. Pero no sé quién era.
La mirada de Siggi le decía que el chico no había matado a Jón.
—¿Qué pasó después de que llevaras la pizza?
—Tenía otra entrega a domicilio. Fui por la carretera del fiordo a la siguiente dirección.
Hildur disimuló su alivio y se limitó a asentir.
Esa parte de la historia la había comprobado en la pizzería.
Siggi había ido de casa de Jón al otro extremo del pueblo en diez minutos y luego había vuelto enseguida al restaurante para recoger las pizzas de las siguientes entregas.
El chico había estado desde las cinco de la tarde hasta las once de la noche conduciendo de un lado a otro del pueblo.
—¿Fuiste a casa de Jón después del lunes?
Siggi se quedó unos segundos paralizado y con los ojos vidriosos, como si por primera vez tomara conciencia de que podría ser considerado sospechoso del asesinato de Jón. Pero se recompuso con sorprendente rapidez.
—Desde luego que no. No quería ni acercarme a esa casa. Paso las tardes en el trabajo y durante el día estoy en clase. Llevo haciendo esto desde que me mudé aquí y empecé el instituto —dijo sin el más leve temblor en la voz.
A pesar de su corta edad, el chico se había enfrentado a situaciones muy complicadas.
En un par de años había tenido que luchar para conseguir cosas que muchos estudiantes de instituto daban por sentadas.
Él solo había conseguido un lugar donde vivir, comida caliente y los libros de texto.
No lo había tenido nada fácil. Se había visto abocado a recurrir a medios atroces.
Nadie debería tener que vender su cuerpo para poder estudiar en el instituto.
En momentos así, Hildur se avergonzaba de la sociedad islandesa, que demasiado a menudo se mostraba incapaz de ayudar a las personas.
El salón dormitorio era una estancia pequeña. Sobre la ventana se veía una barra para cortinas torcida, pero no había cortinas. Delante de la puerta del balcón había varios sacos de plástico transparentes. Parecían contener botellas vacías y latas aplastadas.
El chico recogía botellas. Con toda probabilidad, el cobertizo de las basuras de la residencia de estudiantes estaría lleno de latas de cerveza después del fin de semana.
En Islandia no se podían retornar las botellas vacías a la tienda, sino que había que llevarlas a un centro de reciclaje para que te devolvieran el dinero de los envases.
Hildur miró las bolsas de plástico apiladas delante de la puerta.
—Me imagino que hay un buen trayecto hasta el centro de reciclaje, ¿no?
Siggi asintió.
—No he podido ir últimamente. Siempre estoy en el trabajo o en clase durante el horario de apertura.
Hildur se sacó del bolsillo un billete de cinco mil coronas; lo estiró y lo puso bajo el paquete de papeles de liar de la mesa.
—Yo puedo llevar esas botellas. Coge el dinero.
Hildur sabía que había más del doble de lo que correspondería, pero quería ayudar a Siggi de algún modo y no se le ocurría nada mejor.
Por el precio de dos entradas de cine el chico no llegaría muy lejos, pero al menos no pasaría varias horas clasificando latas para llevarlas luego en autobús al centro de reciclaje.
Hildur se levantó del sofá. Le dio unos golpecitos en el hombro y le pidió que la llamara si se acordaba de cualquier otra cosa.
Mientras apretujaba las seis enormes bolsas de botellas en el maletero del coche, Hildur pensó que sin duda el asesino de Jón podía ser una de sus víctimas.
Pero no aquel chico, de eso estaba segura.
Lo había visto en su cara y en sus gestos.
Además, había un argumento muy pragmático en favor de su defensa.
Sin embargo, nunca podría exponer en público estas conclusiones.
Jón había cometido un delito. Probablemente varios, ya que Siggi no era el único chico al que Jón había engatusado para hacerle fotos a cambio de dinero.
Pero, al menos según Siggi, Jón nunca lo había tocado.
En las imágenes, sólo se veía a Siggi. No mostraban violencia y, desde la perspectiva de un investigador criminal, su contenido no podía considerarse especialmente grave.
Cien mil coronas por una foto en calzoncillos era tanto dinero para un chaval de dieciséis años que Siggi no habría querido cerrar ese grifo.
Por supuesto, Hildur no había podido compartir estos pensamientos con el chico, para que no pareciera que restaba importancia a los abusos de Jón, que consideraba repugnantes.
Hildur giró por el patio del bloque de pisos hacia la carretera que llevaba al centro de reciclaje. Llevaría las botellas vacías directamente. Al menos conseguiría terminar una tarea ese día.