Capítulo 20
Beta hacía girar entre las manos la taza de café del Partido de Centro. El caballo en tonos pastel le parecía espantoso. La puso en la máquina de café y pulsó el icono de la taza. Tras un ruido áspero, empezó a caer el líquido marrón oscuro.
Un caballo en tonos pastel era un logotipo curioso para un partido político, aunque el partido en sí también era extraño.
Su secretario general antes dirigía otro partido y había sido primer ministro de Islandia.
Pero su nombre había aparecido en los papeles de Panamá y las sospechas de evasión fiscal no habían dejado de perseguirle.
Al final, renunció al cargo de primer ministro y fundó un nuevo partido, Miðflokkurinn, el Partido de Centro.
Beta consideraba que algunos miembros del partido usaban un lenguaje poco respetuoso.
Recientemente, varios cargos importantes del partido se habían dedicado a contar chistes sobre mujeres, personas con discapacidad y gente sin recursos durante una velada llena de alcohol en un bar cercano a la casa del Parlamento.
Un reportero había oído la conversación y había escrito un artículo para el periódico.
El partido parecía salir de una crisis para meterse en otra, pero seguía manteniendo su porcentaje de apoyo.
Aunque la mayoría de los islandeses no soportaba aquella formación política, tenía una pequeña y fiel comunidad de simpatizantes.
Beta dio un sorbo de café y volvió a mirar el móvil. El equipo forense ya había terminado la autopsia y estaba esperando sus conclusiones. Axlar-Hákon, el patólogo que trabajaba en Reikiavik, había prometido que la llamaría a lo largo del día.
Axlar-Hákon era un ex novio de Beta de la época de la Facultad de Derecho.
Habían salido un par de años; él era el primero de la clase.
El apodo de Axlar le venía por haber interpretado el personaje de Axlar-Björn, el asesino en serie más famoso de la historia de Islandia, en la obra de teatro de primavera de la facultad.
Su actuación, con su sangre falsa y todo, fue memorable.
Al terminar la carrera de Derecho, Beta había solicitado plaza en la academia de policía y Hákon había continuado en el ámbito de la medicina. En la actualidad, Axlar-Hákon era el único patólogo de Islandia y trabajaba en el Hospital Universitario Nacional.
Mientras esperaba su llamada, Beta abrió el portal de noticias y cogió un par de galletas de avena de chocolate del cajón del escritorio. Siempre tenía una pequeña reserva. Le quedaba menos de la mitad del paquete; tenía que acordarse de comprar más al día siguiente.
La galleta estaba deliciosa. Un titular anunciaba que el príncipe Harry y su esposa, Meghan, no pasarían la Navidad con la Corte británica.
Eso a Beta no le interesaba lo más mínimo, a diferencia de la receta de pastel de chocolate sin gluten que envió a la impresora.
Justo empezaba a salir el papel cuando sonó el teléfono. Era el número de Hákon.
Lo primero que hicieron fue ponerse al día.
Beta y Hákon habían acabado su relación de forma amistosa y seguían llevándose bien; no eran amigos del alma, pero nunca habían perdido el contacto.
El defecto de Hákon era su adicción al trabajo, aunque por otro lado no le quedaba más remedio.
Era el único patólogo de toda Islandia, ni más ni menos.
Hákon vivía con su familia en una enorme casa junto al mar en Reikiavik.
Durante sus estudios de Medicina, se había enamorado perdidamente de su profesora.
Hákon y la catedrática de Ciencias de la Salud Pública se habían casado de forma apresurada y él se convirtió en padrastro de los hijos de su esposa, que en aquella época estaban en edad escolar.
Ahora esos niños ya debían de estar en la veintena.
—Mi mujer está en una conferencia en Dinamarca y los chavales están estudiando en Londres. He podido hacer largas jornadas de trabajo sin remordimientos de conciencia. ¿Qué tal va todo en el lejano Oeste?
—La familia está bien, el invierno ha llegado antes de lo previsto y hemos encontrado a un hombre degollado en una avalancha. No me importaría en absoluto que las vacaciones de Navidad empezaran un poco antes este año.
Hákon se quedó en silencio unos instantes.
— Jæjja. —Ese «Ajá» pronunciado lentamente indicaba que estaba a punto de entrar en materia —. Acabo de terminar el paquete. Os enviaré todo el informe por correo electrónico, pero quería llamarte porque esto tengo que contártelo por teléfono.
Beta sintió un escalofrío. Siempre que estaba a punto de suceder algo malo, sentía ese calambrazo helado en la parte baja de la espalda.
Lo instó a continuar.
—En primer lugar, sobre este tipo, Jón. Es bastante evidente que ha muerto por ese corte en el cuello. Pero la cosa no es tan sencilla.
Beta estaba impaciente, pero mantuvo la boca cerrada y dejó que explicara las cosas a su ritmo. Hákon era un hombre meticuloso y algo pedante al que no le gustaban las interrupciones.
—Ha salido un dato interesante en los análisis de sangre más precisos. En la sangre de la víctima había una cantidad significativa de benzodiazepinas.
Beta supo al instante de qué se trataba: somníferos.
—Había tomado tantas pastillas que debía de estar inconsciente.
Hákon hizo una pausa. Beta conocía bien a su ex y sabía que ése era el momento adecuado para preguntar.
—¿Podrías confirmar si murió de sobredosis?
—No ha sido una muerte por sobredosis. Todos los indicios apuntan a que su corazón seguía latiendo cuando le hicieron el corte en el cuello. Además, estas benzodiazepinas tienen la ventaja de que son bastante seguras en caso de sobredosis. Producen pérdida del conocimiento, pero rara vez la muerte.
Beta se quedó pensando unos instantes. Esa mañana había estado hablando con Hildur sobre la figura misteriosa a la que, al parecer, el repartidor de pizzas había visto delante de la casa de Jón el lunes de la semana anterior a la avalancha.
¿Habían podido acabar los somníferos en el organismo de Jón con los ingredientes de la pizza? Sonaba extraño, pero quizá era posible.
—Los somníferos explicarían su apacible postura en la cama. No se despertó cuando le cortaron el cuello —reflexionó Beta en voz alta.
—Lo considero bastante probable.
—¿Estás seguro de que había cantidad como para tratarse de una sobredosis?
Beta se arrepintió al instante de sus palabras.
Hákon jamás decía nada de lo que no estuviera absolutamente seguro.
Beta recordaba una ocasión, en su época de jóvenes estudiantes universitarios, en la que habían ido juntos al cine.
Ella le había preguntado de qué iba la película, y él le había soltado con cara de extrañeza que no podía saberlo porque todavía no había visto la película. Ese viejo recuerdo la hizo sonreír.
Jón tenía tanta benzodiazepina en sangre que no podía tratarse de la ingestión de un par de comprimidos.
Además, Hákon había comprobado que a Jón nunca le habían recetado benzodiazepinas, así que alguien había tenido que dárselas.
«Primero, el veneno, y después, el cuchillo.
Ahí fuera hay alguien que realmente quería deshacerse de él», pensó Beta.
—Pero esto no es todo —continuó Hákon, enigmático —. Los investigadores forenses no han encontrado fibras ajenas a la víctima en la escena del crimen.
Beta confirmó que la información era correcta. La avalancha había destruido todas las huellas.
—Bueno, pues yo sí he encontrado algo —dijo Hákon triunfal.
Beta reconocía a ese Hákon. Cuando hacía un hallazgo interesante o resolvía algún problema, el rígido experto se convertía en un hombre apasionado. En esos casos, incluso podía llegar a usar un lenguaje de lo más vulgar.
—Como ya sabes, los patólogos forenses hurgamos en todos los agujeros del cadáver. Mis ojos de miope operado detectaron una cosa increíble en su boca.
«¿En su boca?» Beta giraba la taza de café en las manos mientras escuchaba a Hákon.
—Debajo de su lengua vi que había unos pelos rubios y finos.
—¿Has encontrado pelos debajo de su lengua?
Beta no estaba segura de haberlo oído bien.
Hákon gruñó a modo de afirmación.
—Un mechoncito de pelos rubios. Estaban perfectamente cortados. Es imposible decir aún nada con exactitud, pero diría que es cabello de niño, o de un adulto con el pelo muy fino.
Beta se quedó callada. El caso había empezado a cobrar visos muy extraños. Se terminó el café de un trago y se arrepintió al instante. El líquido negro ya no era más que un amargo brebaje tibio.
—Pero, espera, que aún hay más. Pronto comprenderás por qué quería llamarte. ¿Recuerdas el asesinato del parking de hace un par de días?
Beta murmuró que lo recordaba. Había estado hablando del caso con Hildur hacía un rato. La víctima no era un sintecho ni un colgado lleno de anfetas, sino uno de los abogados más conocidos de Reikiavik.
—Me encargué también de su autopsia. Adivina lo que encontré en su boca.
—Pelos rubios.
—Exacto. Hemos comparado los pelos de ambos casos y parece que proceden de la misma cabeza. Es una lástima que estén cortados y no arrancados de raíz.
—Eso complica el análisis de ADN .
Beta no era experta en química, pero le interesaban mucho los procedimientos del laboratorio forense.
Secuenciar el ADN con cabellos cortados era muy laborioso, y a veces resultaba imposible.
De todos modos, si consiguieran aislar el ADN , deberían tener en cuenta que ese mechón podía ser tanto de la persona que lo había cortado como de su propietario.
—En breve te envío todo el informe por correo electrónico. ¡Hasta pronto!
Hákon colgó y Beta se quedó cavilando con la taza de café vacía en la mano. «El mechón de pelo conecta los asesinatos de Jón y del abogado. ¿Qué podían tener en común esos dos hombres?»