Capítulo 19
El cielo estaba despejado y ya no soplaba viento.
Hildur y Jakob habían estacionado en la parte baja de Fjallavegur y se encaminaban hacia la zona de la avalancha.
Las excavadoras habían recuperado la mayoría de los objetos sepultados.
Algunos estaban destrozados; otros, al menos a simple vista, parecían casi intactos.
Había muchas pilas y tendrían que revisarlas todas, lo que implicaba separar las cosas rotas y agrupar las partes similares.
Buscaban cualquier cosa que pudiera darles una pista sobre lo sucedido.
Algo que hablara de la vida de Jón y, sobre todo, de su muerte.
Para pasar el día trabajando a la intemperie se habían equipado con monos de invierno, zapatos cálidos y gorros con orejeras. Jakob llevaba guantes gruesos y se preparaba para las tareas más físicas haciendo estiramientos con el cuello.
—Dime por dónde debo empezar y me pondré a dar paladas.
Jakob había pasado los dos últimos días con tareas de oficina.
Como no sabía islandés, no había podido participar en las entrevistas con los vecinos ni en la búsqueda de testigos oculares.
Mientras tanto, para sentirse útil, había organizado los archivos de la comisaría y hecho labores de mantenimiento en las impresoras.
Tenía muchas ganas de hacer trabajos más físicos.
Hildur examinó la zona.
—Desde la casa de Jón, iremos primero hacia abajo y después hacia los lados. Pero antes revisaremos esos chismes que han sacado de la nieve.
En ese instante, Jakob comprendió la ingente tarea que tenían por delante.
—Esto nos va a llevar varios días —dijo con un resoplido, y miró con incredulidad las pilas de trastos que se levantaban a su alrededor.
—Poco a poco. No desesperemos antes de comenzar.
—Aquí habría trabajo para diez tiarrones —aseguró Jakob.
Jakob se enfrentó a la tarea como si fuera una competición deportiva.
Si encontraban algo, genial, y si no, también.
Al fin y al cabo, los investigadores forenses de Reikiavik tampoco habían encontrado pistas, a pesar de que habían peinado la zona durante horas y examinado todos sus hallazgos en el laboratorio.
Habían buscado por todos los rincones de la habitación el arma del crimen o alguna pista del asesino, pero todo había sido en vano.
No había ni rastro. Ni huellas dactilares, ni fibras, nada.
Antes de la avalancha, la cama de Jón estaba pegada a una pared sólida, por eso el cadáver se había conservado prácticamente intacto, a pesar de que la casa estaba casi toda destrozada.
Sin embargo, había tal revoltijo de cosas en el dormitorio medio derrumbado que los forenses no habían podido obtener muestras de fibras, huellas de pisadas ni huellas dactilares.
Los efectos personales habían salido volando lejos de la casa.
La naturaleza se había colado por la pared y lo había arrasado todo a su paso.
Si el asesino había dejado alguna pista en el escenario del crimen, la avalancha la había borrado.
El lunes Jón seguía con vida y había pedido pizza. Luego, se produjo la avalancha. En algún momento, entre el alud y la pizza de gambas con pollo, Jón había muerto.
Quizá dieran con algún objeto que arrojara un poco de luz sobre la vida y la muerte de Jón. «¿Y si encontramos el arma homicida?», pensó Jakob. Inhaló una bocanada de gélido aire fresco y se puso manos a la obra.
Empezó con la primera pila de objetos. Dos ollas sin asa, una caja de viejas cucharillas y varios trozos de madera que parecían del bastidor de una ventana.
Bufandas con pegotes de nieve y un montón de restos de plástico sin una función evidente.
Entonces tocó algo blando que chirrió y Jakob dio un respingo.
Se acercó al sonido chirriante y se puso a retirar la nieve de encima con las manos enguantadas.
El chirrido se oía cada vez más fuerte. Sacó un trozo de plato de camping y vio unos grandes ojos que lo miraban fijamente desde el montón de nieve.
Era un juguete de baño amarillo y cabezón que emitía una alegre tonadilla infantil. Lo había activado mientras hurgaba en la pila de trastos. Jakob puso el muñeco a un lado y siguió escarbando.
Al cabo de un par de horas, se sentaron a descansar. Hildur sirvió café del termo en dos vasos de plástico y sacó del bolsillo del mono una bolsita con terrones de azúcar.
«Es una buena tía», pensó Jakob al ver que no se había olvidado del azúcar. Después del esfuerzo, el café les supo a gloria, pero los dos estaban un poco desanimados. Los trabajos de búsqueda de la mañana no habían sido demasiado fructíferos.
—Jón tenía un buzón rojo delante de casa. No he encontrado ni el buzón ni el correo —dijo Hildur mientras dibujaba figuras en el cristal empañado del coche.
La correspondencia habría podido proporcionarles información.
—Pero continuaremos hasta que oscurezca, ¿o no? —dijo él impaciente, y se acabó el café de un trago.
Dejaron las tazas de café en una bolsa de tela en el suelo del coche. Antes de salir, Jakob se metió la bolsita de terrones de azúcar en el bolsillo del mono.
La helada se había intensificado. No hacía viento y el mar parecía de terciopelo.
Bajo la luz azul del invierno, el paisaje montañoso transmitía serenidad.
Era un día excepcionalmente hermoso. Por lo general, el paso del otoño al invierno era una época tormentosa.
El viento del sur traía mucha lluvia y el viento del norte lo congelaba todo.
A veces soplaba también viento del noroeste.
Ése era el peor, ya que entraba directamente desde el mar hasta el fondo del fiordo.
Los días claros escaseaban a principios de invierno y había que aprovecharlos.
Jakob se puso a cavar y a revisar objetos al lado de la casa de Jón. La excavadora había apilado los restos de la pared del vestíbulo y entre la nieve asomaban cajas y trozos de estantes. Hildur se encontraba un poco más lejos, ocupada con una estantería.
Jakob sacó varias zapatillas de correr desparejadas de una caja llena de nieve. No había nada interesante entre aquel montón de zapatos viejos. Abrigos viejos, un calzador retorcido, la alfombra de la entrada, un montón de tarros de yogur vacíos.
—¡Ven aquí! Creo que he encontrado algo —gritó Hildur.
Jakob se dirigió de inmediato hacia la parte sur de la casa.
En lugar de ir por el sendero abierto con la pala, se metió campo a través para atajar.
Pero se hundió en la nieve hasta los muslos.
Le costaba horrores avanzar y, con esfuerzo, logró volver a la senda despejada.
Desde allí vio a Hildur, en la esquina de la cabaña derruida, agachada sobre una estantería de libros medio desplomada. Tenía una cajita de metal en la mano.
—Mira esto.
Le dio un montón de fotografías Polaroid que había sacado de la caja. Jakob las fue pasando rápido. No quería ver los detalles. Salían chicos con poca ropa y diferentes posturas. La mayoría de las fotos parecían haberse tomado en el mismo lugar. Sólo cambiaban los chicos.
—El álbum de fotos de Jón. Casi todas han sido tomadas en su cuarto de estar. Recuerdo ese sofá —dijo Hildur señalando el sofá en las fotos.
«Menudo enfermo», pensó Jakob, y le devolvió las fotos a Hildur.
—¿Sabes quiénes son esos chicos?
—Así, de buenas a primeras, no los reconozco a todos. Pero a éste sí. Es el chico de la pizzería.