Capítulo 18
Hildur llenó el vaso con agua fría del grifo mientras tecleaba un mensaje de texto en la penumbra de la cocina.
«¿Una carrera rápida antes de ir a trabajar?»
La respuesta de Freysi no se hizo esperar:
«¡Vale! Dame un cuarto de hora. Te espero fuera.»
Faltaban dos minutos para las siete. Hildur había acertado: Freysi no entraba a trabajar hasta las nueve ese día.
El agua estaba fría y deliciosa. Se tomó su dosis de vitaminas de cada mañana y medio plátano. Estaba lista. Abrió las ventanas de la cocina y el dormitorio para que la casa se ventilara durante ese rato que salía a correr.
Se ajustó los crampones antideslizantes de las zapatillas. Se puso el frontal encima del gorro y las tiras reflectantes en el brazo y la pierna derechos. Al abrir la puerta, la golpeó una oleada de aire fresco invernal. El cielo volvía a estar despejado y apenas soplaba una suave brisa.
Hildur hizo unos estiramientos rápidos delante de la casa para desentumecer los músculos.
Diez segundos de estiramientos de los cuádriceps y otro tanto con los isquiotibiales y las pantorrillas.
Movimientos circulares con los brazos hacia atrás y hacia delante para activar los hombros.
Los corredores solían olvidarse de calentar el tronco superior antes de la carrera.
Si se hacía circular la sangre por todo el cuerpo, se corría mejor.
La luz de la cocina de Freysi estaba encendida. Hildur hizo una bola de nieve y apuntó a la ventana. Se abrió la puerta y apareció él, con gorro y mallas de correr.
—No puedes quitarles el ojo a mis mallas nuevas, ¿eh?
Hildur dejó de mirar. Freysi estaba realmente fornido.
—Soy mucho más que un trasero escultural.
—Tampoco tengo queja de la parte delantera —dijo Hildur, y encendió el frontal.
Le gustaban estos intercambios ingeniosos con Freysi. No eran más que un tonteo inocente, pero la ponían de buen humor. Lo cierto era que Hildur no comprendía cómo Freysi podía estar en tan buena forma, ¡si fumaba y tomaba cerveza en lugar de batido de proteína después de los entrenos!
Decidieron hacer su recorrido habitual de una hora a trote.
El itinerario empezaba rodeando el puerto y el terraplén hacia el sur, que con los años se había convertido en el vertedero improvisado.
Después de dejar atrás pilas de viejas redes de pesca, montones de neumáticos y tanques de petróleo vacíos, el trayecto continuaba a lo largo de la costa del fiordo hasta un pequeño bosque, y seguía por el sendero que recorría las laderas de la montaña por encima del pueblo.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Freysi.
—Pues con mucho lío. La avalancha ha sido un caos.
—Uno de los profesores tiene una cabaña ahí. Bueno, tenía. Está esperando a que los dejen ir a buscar sus pertenencias.
—Hoy hace buen tiempo. Podrán seguir despejando la zona.
Continuaron un rato en silencio. La nieve crujía bajo sus pies y, a cada tanto, se oía un pequeño chirrido cuando los crampones de las zapatillas golpeaban una piedra.
El sendero construido sobre las barreras de contención de avalanchas serpenteaba por la cuesta.
Había mucha nieve, resultaba durísimo incluso yendo a un ritmo lento.
Freysi se limpió con el guante el sudor cristalizado del labio superior y miró con temor hacia lo alto de la ladera.
—Vaya, igual hay demasiada nieve. Mejor vamos por la ruta de abajo —propuso Hildur —. Ya subiremos en otra ocasión.
—Ayer leí en internet una noticia sobre un homicidio en Reikiavik. Encontraron a un hombre muerto en un parking subterráneo. ¿Qué demonios ha pasado?
Le habían contado el caso sus colegas de la policía de Reikiavik, con los que había trabajado varios años.
Hablaba con ellos casi todas las semanas.
Como los asesinatos eran tan poco frecuentes en Islandia, siempre causaban un enorme revuelo.
En cuanto vio la noticia de la muerte en el parking, llamó a uno de sus antiguos compañeros para preguntarle extraoficialmente sobre el caso.
Todo el asunto le había resultado bastante extraño.
Nunca antes, al menos que ella recordara, había sucedido nada semejante en Islandia.
Todos los años moría gente en accidentes de tráfico, pero ese hombre no había sufrido un atropello accidental por exceso de velocidad.
Había sido atropellado varias veces con su propio coche, a juzgar por el estado en que se encontraba el cadáver.
Un final espeluznante. Como esta información aún no se había hecho pública, tampoco podía compartir los detalles con Freysi.
Hildur jadeó por el esfuerzo y miró su reloj deportivo: ya rondaba las ciento sesenta y cinco pulsaciones por minuto. Correr por la nieve era durísimo. Apenas podía articular una frase entre resuello y resuello.
—No sé mucho más. El caso parece bastante peculiar.
Por suerte, la parte final del recorrido era cuesta abajo e iba directo hasta el centro del pueblo.
A Hildur se le estabilizó la respiración y notó las piernas más ligeras.
Los dos trotaban uno junto al otro de buen humor, como un viejo matrimonio.
El vapor de su respiración se mezclaba y subía hacia el cielo azul oscuro como una señal de humo hasta desaparecer.
Cuando llegaron al restaurante, Freysi se detuvo y miró a Hildur.
—¿Te vienes a tomar un café?
—Me gustaría, pero no tengo tiempo. Voy directa al trabajo; me cambiaré allí de ropa.
—Vale, cariño. Nos tomaremos ese café más tarde —dijo Freysi, y le dio un beso rápido que apenas le rozó los labios.
Hildur se quedó unos segundos mirando la espalda de Freysi alejarse. Entonces dio media vuelta y continuó su camino hacia la comisaría, cargada de energía después de la carrera.
Al otro lado de la calle, en la ventana de la peluquería mixta, había un papel tipo folio que ofrecía productos de tratamiento para el cuero cabelludo a mitad de precio.
El anuncio, escrito a mano, tenía un aspecto barato, pero, al fin y al cabo, la oferta también era barata.
La edad de oro de aquel viejo edificio hacía tiempo que había quedado atrás.
Una marquesina protegía la entrada de la peluquería de la lluvia y el viento.
Ese tipo de marquesinas era algo habitual en los edificios más viejos del pueblo.
Una persona con ropa oscura los observaba bajo la marquesina, al abrigo de las miradas.
Cuando los corredores se fueron cada uno por su lado, la figura salió de su escondrijo y, con pasos ligeros, continuó su camino en la dirección opuesta.
Nadie había reparado en aquella silueta que se movía entre las sombras.