Huellas en los fiordos (Hildur 1) 17. Noviembre de 2019, Ísafjörður #2
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17. Noviembre de 2019, Ísafjörður #2

El chico tenía una voz extremadamente pausada. Después de tirar a la basura los granos de café del suelo, guardó el cepillo y el recogedor en el armario.

Hildur no tenía intención de comer, pero el olor a grasa le despertó el hambre.

En realidad, se dio cuenta de que estaba famélica.

Había andado mucho aquella tarde, y además se había saltado la comida.

En fin, nada que no pudieran resolver dos porciones de pizza y medio litro de refresco de naranja.

—Sólo tengo lista la pizza de pepperoni —dijo el chico señalando la vitrina.

Se lavó las manos en el fregadero de la encimera y se las secó con cuidado con una servilleta de papel. Luego, con mucha parsimonia, envolvió dos trozos de pizza en sendos recipientes de cartón. Finalmente, metió los paquetes en una bolsa de papel decorada con el logotipo de la pizzería.

No había más clientes, aparte de los dos borrachos, y estaban tan alejados que no podrían oír su conversación. Hildur pensó que podía hacerle las preguntas allí mismo. Tras presentarse, le contó que había habido una avalancha y que habían encontrado a un hombre muerto.

Hildur vio que el chico se ponía tenso al mencionarle la cabaña sepultada en la nieve.

—¿Sabes quién conducía el coche de reparto el lunes de la semana pasada? Me gustaría hablar con él.

El chico empezó a toquetearse las gafas y a pasar el peso de una pierna a otra. Le salieron dos ronchas de rosácea en el cuello.

—Yo siempre llevo las pizzas al principio de la semana.

Cerró la caja con tanta fuerza que hizo tintinear la campanilla. Dejó la cuenta en el mostrador, delante de Hildur.

—¿Y tu nombre es...?

—Siggi. Sigurður Pétursson.

—Mira, Siggi. Estoy investigando la muerte de Jón Jónsson, que vivía en Fjallavegur. Es su cadáver el que hemos encontrado sepultado por la avalancha.

El tono informal de Hildur no logró que Siggi se relajara. Eso tampoco tenía nada de extraordinario: la gente suele ponerse nerviosa cuando la policía hace preguntas. Pero Hildur notaba algo fuera de lo normal en su conducta. No era timidez; más bien, tensión. Suspicacia.

Siggi la miraba con los ojos entornados y la boca abierta.

No era capaz de disimular. Hildur estaba convencida de que Siggi conocía a Jón, igual que casi todos los vecinos.

La mayoría de los habitantes del pueblo se conocían al menos por el nombre, y los que destacaban por algún motivo eran los más fáciles de recordar.

Si llevabas varios años en el pueblo, sabías quién era Jón Jónsson.

—El lunes Jón recibió una entrega a domicilio de esta pizzería.

Al chico le temblaba la comisura del labio. Para mantener las manos ocupadas, se puso a apilar unas papeletas de un sorteo que vendía a cien coronas la unidad.

Hildur se mostró paciente. Sin decir nada, se limitó a esperar la respuesta del chico.

La pizzería estaba prácticamente en silencio.

Sólo llegaba el ruido de cacharros de la cocina.

El rechinar de la vitrina giratoria de pizza se mezclaba con el débil zumbido del sistema de refrigeración de la máquina de helados.

Cuando terminó de organizar las papeletas, Siggi se enderezó como si cogiera fuerzas antes de hablar.

—Ese hombre pedía una pizza a domicilio todos los lunes. El lunes tenemos una oferta: una pizza con tres ingredientes por mil coronas. Él solía llamar sobre las seis para hacer su pedido y pagaba con tarjeta por teléfono. Pedía siempre lo mismo: gambas, pollo y piña.

Hildur se estremeció ante la idea de poner pollo y gambas en la misma pizza.

No era raro que el chico recordase perfectamente sus ingredientes aunque vendiera cientos de pizzas los lunes: era una combinación inolvidable.

Muchos vecinos del pueblo cenaban pizza los lunes.

Pasaban a buscarla después del trabajo; Hildur también lo hacía.

Quería saber qué impresión le había causado Jón el lunes por la noche.

—Al darle la pizza, ¿viste por casualidad si tenía visita?

El chico negó con la cabeza y volvió a toquetear las papeletas.

—Bueno, en realidad, no sucedió así exactamente —balbució.

La rosácea le estaba subiendo a la cara. Hildur volvió a preguntarle si había sido él quien había entregado la pizza. Siggi asintió, pero sus gestos decían lo contrario. Cruzó los brazos sobre el pecho y cerró un instante los ojos; luego dijo, subiendo un poco la voz:

—Odiaba llevarle esos pedidos. Era un pervertido asqueroso. Cada vez que le llevaba una pizza me pedía que entrara.

A Hildur no le costaba imaginarse a Jón tratando de engatusar a Siggi para que entrara en su casa.

—Nunca entré —se apresuró a decir el chico, y añadió con preocupación —: ¿Es necesario que le cuentes esto a mi jefe? Se supone que tenemos que entregar los envíos a domicilio en persona.

Hildur sonrió levemente para animar a Siggi a que continuara su relato. Sabía que no serviría de nada meterle prisa y no pensaba hacerlo.

El chaval apoyó las manos en el mostrador y se inclinó hacia ella.

—Pasó una cosa extraña cuando estaba en el patio de Jón. Un tipo raro se acercó al coche —dijo bajando la voz.

Hildur se puso en alerta.

Siggi no lo conocía. Le contó que, en cuanto bajó del coche de reparto, ese tipo se había acercado y le había dicho que él mismo le entregaría la pizza a Jón, ya que justamente iba a su casa para hacerle una visita.

—Saqué la caja de pizza del contenedor de transporte, se la di al hombre y volví al coche para hacer la siguiente entrega.

¿Para hacerle una visita? Jón no tenía amigos. No tenía un grupo de colegas con los que salir; casi siempre estaba solo. Hildur le pidió a Siggi que le describiera físicamente al visitante.

—¿Era hombre, mujer, joven, viejo? ¿Grande o pequeño? ¿Cómo era su cara?

—No lo pude ver bien. Llevaba puesta una bufanda gruesa que le cubría la cara. Era bastante grandote. Tenía una voz rara, ronca, como si estuviera resfriado.

—¿Recuerdas su coche? Jón tenía un viejo Suzuki que siempre estaba aparcado delante de su casa. Aparte de ése, ¿viste otro coche?

El chico pensó unos instantes, pero negó con la cabeza.

—Sé que debería haberle llevado el pedido hasta la puerta, pero fue un alivio no tener que acercarme a ese hombre tan odioso. —El chico había bajado aún más la voz. Casi resultaba difícil entender su murmullo —. Nunca entré en esa casa —repitió mirando al suelo.

Hildur le dejó la tarjeta al lado de la caja registradora y le pidió que la llamara si recordaba algo más en relación con el caso.

Lo que fuera. Con la bolsa de la pizzería en la mano, Hildur cruzó las puertas del establecimiento y salió a la oscuridad de la tarde.

Siggi le había parecido un chico tranquilo y meticuloso; sin embargo, tenía el presentimiento de que le estaba ocultando algo.