Huellas en los fiordos (Hildur 1) 17. Noviembre de 2019, Ísafjörður
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17. Noviembre de 2019, Ísafjörður

Detrás de la puerta roja se oían unos ladridos agudos y penetrantes.

A través del cristal, Hildur vio un perro pequeño de color castaño dorado.

«Seguro que es un terrier australiano. Más ladrador que mordedor», pensó.

Hildur llamó una segunda vez con el puño.

Gracias al perro, su llegada no pasaría desapercibida.

Poco después, un hombre que rondaba la edad de jubilación apareció en el recibidor con una bolsa de basura en la mano. La puerta se abrió.

—Vaya, buenos días —dijo el hombre con parsimonia, mirándola de forma inquisitiva.

—Soy Hildur Rúnarsdóttir, de la policía de Vestfirðir.

—Le mostró la placa identificativa antes de continuar —.

Estamos investigando la muerte de Jón Jónsson, que vivía en la zona residencial de Fjallavegur.

Encontramos su cuerpo ayer en una casa que había quedado destrozada por la avalancha y tenemos motivos para sospechar que ha sido víctima de un homicidio.

¿Ha visto a Jón durante la última semana? ¿O a alguien merodeando por su casa?

Las palabras le salieron automáticamente.

Hildur había visitado decenas de casas cercanas a la zona de la avalancha y había hecho las mismas preguntas.

Casi todos los vecinos que decían conocer a Jón habían respondido lo mismo: no lo habían visto desde hacía varias semanas.

Muchos habían señalado que era un hombre solitario.

En eso llevaban razón: Jón no tenía amigos.

Sorprendentemente, una gran parte de los vecinos ni siquiera había reconocido su nombre.

Varios afirmaban haber visto un coche de policía con dos agentes frente a la casa de Jón: la fecha coincidía con el día en que Hildur y Beta habían ido a buscar a Pétur, que se había escapado del centro juvenil.

Hildur había seguido preguntando. Esperaba encontrar a alguien que hubiera visto a Jón o que pudiera saber algo de él. La más insignificante observación podría resultar útil para la policía. Aún no habían recibido los resultados del análisis forense y la autopsia todavía tardaría un poco más.

No era una apasionada del trabajo de la policía científica.

Por supuesto, comprendía que era una parte importante de la investigación policial contemporánea.

Ella fotografiaba las escenas del crimen, tomaba huellas dactilares, recogía pruebas y hacía los dibujos relacionados con el lugar del crimen, pero los análisis más exigentes siempre se realizaban en los laboratorios forenses de Reikiavik.

Con las huellas dactilares, las fibras y las muestras de ADN , podían obtener pruebas casi indiscutibles para la investigación.

Gracias a sus avanzadas técnicas, conseguían resultados de muestras cada vez más pequeñas.

Hildur no negaba la importancia de los análisis forenses; los consideraba fundamentales para el trabajo policial.

Era pura ciencia. Convencional, irrefutable.

Pero lo convencionalmente irrefutable no le daba sentido a su trabajo.

Lo que la apasionaba era investigar las vidas de aquellas personas.

Descubrir su móvil, conocer su pasado, entender sus circunstancias.

Llegar a comprender por qué alguien acababa siendo un maltratador, un defraudador o un usurero.

Le interesaban, sobre todo, sus historias.

Una muestra de ADN podía revelar al autor de un crimen, pero no el motivo que lo había empujado a cometerlo.

Las pruebas que se obtenían de un análisis forense podían decantar una sentencia, pero, si no se aclaraba el motivo, el delito quedaba parcialmente sin resolver.

Para Hildur, lo más importante era «el porqué».

Algunas veces, aunque muy raras, se trataba de simple mala suerte.

Pero detrás de la mayoría de los delitos había un móvil.

Sus compañeros de trabajo no entendían su forma de pensar.

Para ellos, Hildur era un bicho raro. Por eso no hablaba de estas cosas con nadie de la comisaría.

Cumplía con todas sus tareas del modo más profesional, pero con lo que realmente disfrutaba era indagando en las vidas de la gente.

El hombre miraba a Hildur con la bolsa de basura en la mano.

—Bueno, ¿qué me dice? —preguntó Hildur pasando el peso de una pierna a otra.

—Gracias por darme la noticia —dijo el hombre, sin soltar la bolsa de basura —. Me alegro de que haya muerto.

La bolsa apestaba a pescado podrido. Hildur respiraba por la boca.

—¿Lo había visto últimamente?

—No sé nada de ese asqueroso pedófilo. No he visto nada, no he oído nada, y no sabes cuánto me alegro de no saber nada de él.

—Llámeme si recuerda cualquier cosa, lo que sea —dijo ella, y le tendió su tarjeta de visita.

El hombre miró la tarjeta con recelo, pero la cogió y se la metió en el bolsillo trasero del pantalón.

—Te llamaré. ¿Podrías hacerme el favor de tirar la basura?

En la visita anterior, la anciana señora de la casa en lugar de una bolsa de basura le había dado una bolsa de ástarpungar .

Por lo visto, se había compadecido de aquella agente de policía solitaria y había querido alegrarle la gélida jornada laboral con unos deliciosos buñuelos caseros.

A Hildur le enterneció el cariñoso gesto de la anciana.

Antes de dejar la bolsa en el asiento del copiloto, ya se había zampado dos de esos pequeños buñuelos.

—Estoy muy mal de las piernas. Hay hielo bajo la nieve y, si me caigo, me espera una larga temporada en el hospital.

Hildur cogió la bolsa y se despidió del anciano. El contenedor de residuos mixtos estaba al otro lado de la valla del patio de la casa.

Eran las dos y media de la tarde. Le daría tiempo a terminar la ronda de visitas antes del anochecer.

Las declaraciones de los vecinos de la zona serían muy útiles; por ahora, no tenían nada más a lo que aferrarse.

Finalmente, el equipo forense había salido de Reikiavik la noche anterior.

Los técnicos examinaron la escena del crimen, pero no obtuvieron apenas resultados, porque la tormenta de nieve había borrado la mayor parte de las huellas.

La única huella que había quedado en el cadáver era aquella enorme incisión limpia.

Probablemente, la habían hecho con un cuchillo afiladísimo.

Uno de los técnicos forenses sugirió que fue con un cuchillo de filetear.

En cualquier caso, el arma homicida no se había encontrado.

O el asesino se la había llevado, o la avalancha la había arrastrado lejos de la casa.

Ya entrada la noche, los forenses se habían llevado el cadáver y lo habían trasladado a Reikiavik, a la espera de la autopsia.

Hildur avanzaba por la carretera nevada hacia la siguiente casa. No dejaba de darle vueltas a la postura en la que habían encontrado el cadáver. Jón estaba en su cama, con aspecto tranquilo. ¿Y si el asesino lo había matado en otro lugar y lo había colocado luego en la cama?

El registro de llamadas del teléfono de Jón no llegaría hasta el día siguiente. Con suerte, obtendrían alguna información reveladora.

Hildur llamó a la puerta de la siguiente casa. Abrió una mujer de unos treinta años, sólo un poco más joven que ella.

—Soy Hildur Rúnarsdóttir, de la policía de Vestfirðir.

La mujer puso cara de pánico.

—¿Le ha ocurrido algo a mi madre? ¡Me imaginaba que pasaría algo así! Hace tiempo que quiero que ingrese en una residencia en lugar de vivir sola en esa enorme casa vieja, pero es tan testaruda... —dijo con la voz quebrada.

Hildur le aclaró que el caso que la ocupaba no tenía ninguna relación con su madre. Le habló de Jón y de la avalancha y le preguntó si había observado algo.

A la mujer le cambió la cara de inmediato; algo terrible había sucedido, pero no había sido a ella. Respiró hondo y se apoyó en el quicio de la puerta, visiblemente aliviada.

—Así son las cosas cuando los padres empiezan a envejecer. No puedes evitar vivir con esa preocupación constante.

Hildur asintió.

—¿Recuerdas haber visto a Jón o alguna cosa rara relacionada con él estas últimas semanas? A pesar de las normativas de invierno, seguía viviendo en su cabaña, que está justo ahí al lado.

Hildur señaló con la cabeza la zona de las cabañas.

—Bueno, ahora que lo dices, la verdad es que hubo una cosa...

Hildur se puso alerta.

—La semana pasada nevó bastante. Tuve que salir todas las tardes a quitar la nieve de delante de casa.

Hildur observó que el patio estaba despejado: la nieve estaba apilada de manera uniforme en el borde orientado al este.

La mujer se puso un mechón detrás de la oreja y miró hacia la carretera.

—El repartidor de pizzas pasó por aquí el lunes de la semana pasada, poco antes de las siete de la tarde. Yo acababa de llegar del entrenamiento de fútbol y recuerdo que salí a retirar la nieve antes de las noticias de las siete.

—¿El repartidor de pizzas?

—Sí. Me extrañó ver que se dirigía a la zona de las cabañas, en las que nadie debería estar viviendo en invierno.

La mujer continuó hablando de manera informal. Explicó que le había llamado la atención porque en invierno raramente pasaban coches por allí. Su casa era la penúltima de la calle y por allí sólo se podía llegar a la zona de las cabañas. Hildur se despidió de la mujer y le deseó un buen día.

Era gracioso que la pizzería de un pueblo tan pequeño tuviera puertas automáticas.

Hildur siempre tenía la impresión de entrar en el centro comercial de una gran ciudad.

El local estaba tranquilo. Dos hombres tomaban café en una mesa.

Hildur los saludó con la mano y fue hacia la caja, donde un chaval de unos dieciséis años con uniforme rojo llenaba el depósito de la cafetera automática.

Un par de puñados de granos de café le cayó al suelo.

—Joder.

El chico cogió el cepillo y el recogedor y se lanzó a pescar los granos desperdigados.

Hildur sonrió al ver su rápida reacción. Apoyada en el mostrador, tosió para indicarle que no estaba solo.

—¿Qué te pongo?