Huellas en los fiordos (Hildur 1) 16. Noviembre de 2019, Reikiavik
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16. Noviembre de 2019, Reikiavik

Heiðar se apartó un mechón de la frente y miró el reloj de pulsera. ¡Cómo le gustaba su Rolex! Poca gente podía permitirse aquel modelo de oro. Costaba lo mismo que seis meses de sueldo de una enfermera. Heiðar Arason sonrió de satisfacción y entró en el ascensor.

Había triunfado. Ya no tenía que soportar en el trabajo el sudor de las axilas de los enfermos. Al contrario, ahora era él quien provocaba sudores fríos en los demás.

«Es ya la una y media de la madrugada, pero no importa», pensó. Por la mañana se metería una rayita para despejarse y así podría afrontar una nueva y exitosa jornada en el bufete. Cinco horas de sueño serían suficientes.

Si su mujer se despertaba y le preguntaba por qué llegaba a esas horas, siempre podía alegar que se había quedado haciendo horas extra para algún cliente importante.

Heiðar se guiaba por un principio: quien tiene el dinero, manda.

Y como él llevaba el dinero a casa, él decidía a qué hora llegaba a casa.

Negó con la cabeza al pensar en su mujer.

Kolfinna se pasaba el día en casa, junto al mar, sin hacer nada útil.

De vez en cuando pintaba horribles cuadros al óleo y trataba de venderlos en las galerías de su círculo de amistades.

Kolfinna había conseguido vender dos bodegones de flores el último año y ahora se hacía llamar «artista».

A Heiðar le parecía una estupidez, pero no quería burlarse ni agitar las aguas.

Cada cierto tiempo, elogiaba alguna de sus pinturas y, en general, trataba de mantenerla satisfecha con regalos y muestras de atención.

Era necesario que Kolfinna estuviera de buen humor y presentable para poder acompañarle en los actos sociales importantes.

Su padre dirigía uno de los negocios de pesca más relevantes del país, y algún día pasaría a ser de su propiedad.

También de la de Heiðar. Por eso, el divorcio no era una opción.

Además Kolfinna se parecía a Penélope Cruz.

O, al menos, se había parecido en su día.

Hacía veinte años, Heiðar y Kolfinna fueron juntos al estreno de Todo sobre mi madre , la película de Almodóvar.

Entonces, la semejanza entre la actriz y su cita era un hecho.

Hoy en día, Kolfinna ya pasaba de los cuarenta.

«Sigue estando buena, pero tiene culo de cuarentona.

No hay nada como una veinteañera», pensó Heiðar con una sonrisa extasiada.

La abogada en prácticas que había empezado a trabajar en el bufete ese verano era el sueño de cualquier hombre.

Pelo rubio ondulado, ojos grandes y unas tetas firmes que botaban suavemente siempre que caminaba por los pasillos del despacho con falda de tubo y zapatos de tacón.

Cuando el pasado verano se convocó una entrevista en el bufete de abogados de Heiðar y aquella estudiante de Derecho de veinticinco años cruzó la puerta, todos los socios supieron al instante que contratarían a Lára.

Los hombres habían hecho una apuesta: el primero que consiguiera llevársela a la cama recibiría un bonus de productividad del cinco por ciento al final del trimestre.

La única socia del bufete no había sido incluida en el correo electrónico que contenía el documento del bonus, pero había dado el visto bueno a la contratación ante la opinión unánime de los demás.

Heiðar había ganado la apuesta. Por supuesto.

Y es que él siempre lograba todo lo que se proponía.

Había preparado el terreno de forma minuciosa, había escondido su alianza en el cajón de su escritorio y había restringido los ajustes de privacidad de su perfil de Facebook.

En el directorio público no constaba su dirección y tampoco tenía fotos de su mujer en ningún lugar visible del despacho.

Nunca permitía que le hicieran fotos en los eventos sociales.

Podía presentarse perfectamente como soltero, con la tranquilidad de que una búsqueda en internet no revelaría nada sobre él.

Primero, había llevado a Lára a tomar un café durante su hora de la comida para preguntarle por sus planes profesionales y aconsejarla en la elección del tema de su tesina. Lo habían pasado bien.

La semana siguiente, habían ido un par de veces a comer y habían salido a tomar una copa después de un fructífero día de trabajo.

Heiðar había flirteado con Lára y ella había respondido con entusiasmo.

Para la joven estudiante de Derecho, estar con uno de los abogados corporativos de más renombre y, sobre todo, más ricos de la ciudad debía de ser todo un privilegio.

Heiðar no podía aparecer con Lára en lugares públicos, por lo que tenía que conquistarla en horas de trabajo.

Añadía un par de emoticonos a sus mensajes de correo electrónico y le preguntaba por sus planes para esa noche.

En cierta ocasión, fueron juntos al estreno de una obra de teatro porque, supuestamente, la acompañante de Heiðar había cancelado su asistencia en el último momento.

Heiðar se había inventado la historia para que Lára fuera con él al palco pagado por la empresa que usaban para agasajar a los clientes.

En la oscuridad del teatro, la había colmado a gin-tonics y había elogiado su trabajo.

Finalmente, le prometió un puesto en el bufete cuando acabara la tesina.

Después de aquello, se rompieron todas las barreras.

Al terminar la obra, la fiesta continuó en el despacho, que se encontraba a un par de manzanas del Teatro Nacional.

Habían follado en el lavabo del bufete nada más llegar.

Lára se sentó sobre la encimera y abrió las piernas, tal como él le había ordenado.

Heiðar se bajó los pantalones, la penetró y luego hizo una foto al espejo.

En la imagen, Heiðar aparecía guiñando el ojo.

Lára ni siquiera se había enterado de que él había tomado la foto y mucho menos de que la había enviado al grupo de WhatsApp que tenía con sus socios.

El grupo se llenó inmediatamente de pulgares hacia arriba, guiños de ojo, trofeos y fajos de billetes.

Heiðar salió de su ensimismamiento. La señal acústica del ascensor le indicó que había llegado al sótano. Se dirigió al garaje del edificio y fue a buscar su coche.

Ese día también había sido especialmente bueno.

Había machacado en los tribunales a un emprendedor cincuentón del sector metalúrgico que se había declarado en quiebra.

Aquel pobre desgraciado tenía un abogado tan malo que a Heiðar le había costado aguantarse la risa.

Le había metido una buena goleada a ese letrado de barriga cervecera.

Pronto podría enviarle una gruesa factura al ex empresario.

Los días de juicio exitosos siempre lo ponían muy cachondo. Apenas terminado el juicio, le había enviado a Lára un mensaje para quedar desde el patio de los juzgados. Ella había prometido acudir. Por supuesto. Lára siempre iba cuando él se lo pedía.

Habían cenado en la suite de un hotel cercano.

Heiðar había pedido el vino tinto más caro de la bodega del restaurante.

Después de la cena, se pusieron manos a la obra.

Tras meterse sendas rayas en la mesa de cristal, Lára se desnudó.

Heiðar se sentó en un sillón de cuero y tiró de ella para ponérsela encima.

Le pidió que diera saltitos. Todavía flaqueaba al pensar en el temblor de aquellas tetas en la cabeza.

Luego, la penetró por detrás en la inmensa cama de la suite, porque él siempre conseguía lo que quería.

Después de varias horas de diversión, Lára se quedó dormida en la cama, así que Heiðar había decidido volver a casa.

Heiðar se dirigió hacia el Range Rover blanco que resplandecía en la esquina más alejada del aparcamiento.

Se sentía satisfecho. Le dolían los huevos y la cabeza después de la juerga que se habían pegado, pero no se arrepentía de nada.

Por supuesto que no se arrepentía de nada.

«Los perdedores se arrepienten, los ganadores se divierten», pensó mientras buscaba las llaves del coche en el bolsillo de su abrigo de lana Hugo Boss.

Al mismo tiempo, se sentía un poco triste.

Antes de verano, tendría que poner fin al romance con Lára.

Le había prometido que la contrataría cuando se graduase, pero Heiðar no tenía ninguna intención de hacer tal cosa.

Cuando ella se fuera, contrataría a un nuevo estudiante de prácticas por el salario mínimo.

Además, sabía por experiencia que, cuanto más lejos llegara la relación, más exigente se volvería la mujer.

«¿Dónde coño están las llaves?», farfulló Heiðar buscando en el otro bolsillo del abrigo.

Las llaves del coche tampoco estaban allí.

«Igual me las he dejado en el hotel», pensó.

Se disponía a volver al ascensor cuando se dio cuenta de que su coche estaba arrancando.

Las luces del Range Rover se encendieron y el motor emitió un gruñido familiar.

Heiðar no daba crédito. Las ruedas empezaron a rodar.

¿Se habría dejado las llaves puestas? ¿Qué cojones había pasado?

¿Alguien estaba conduciendo su coche, o estaba teniendo alucinaciones?

Cerró los ojos un instante y sacudió la cabeza.

Cuando los volvió a abrir, el coche avanzaba hacia él, cada vez más rápido.

Los potentes faros lo cegaron y le invadió un terror frío.

Con el primer golpe, Heiðar cayó con un rugido de dolor.

El coche le había pasado por encima de la pierna.

Un fuerte dolor pulsante le atravesaba la pantorrilla.

En el suelo, se miró la pierna, que había quedado retorcida en una posición antinatural.

Se le habían roto los pantalones y el hueso le sobresalía. Heiðar trató de incorporarse.

Había conseguido apoyarse sobre la otra rodilla cuando volvió a oír el tenue sonido del coche.

Al mirar hacia atrás, vio cómo el coche retrocedía, giraba ágilmente y avanzaba directo hacia él.

Gracias a sus excelentes amortiguadores, el coche se deslizaba como la seda por encima de las bandas reductoras de velocidad negras y amarillas.

Heiðar se arrastró para esconderse detrás de una columna, pero no fue lo suficientemente rápido.

Intentó gritar, pero de su boca no salió más que un lastimoso estertor. Luego, todo se volvió negro.