Capítulo 15
Con el descubrimiento del cadáver, la atmósfera en la zona de la avalancha había cambiado por completo. La actividad y la adrenalina se habían transformado en parálisis y conmoción. El lugar del accidente ahora era la escena de un crimen.
Los rescatadores ya se habían ido a casa. Molli seguía hurgando en la nieve con su entrenador. Le habían dado quince minutos como premio por el trabajo bien hecho.
Beta había llamado al médico forense, que había acudido a certificar la muerte de Jón.
Hildur había examinado el cadáver con mucho cuidado para no alterar ninguna prueba.
No había visto signos de livor mortis en el cuerpo.
Todos los presentes habían coincidido en atribuirlo a la hemorragia, aunque no hubiera huellas de sangre.
La nieve debía de haberlas borrado, al desplazarse con la fuerza de una explosión.
Sin embargo, en la ropa y las sábanas había muchas manchas de sangre, y eso sin duda se debía al corte de la yugular.
Jakob no se había separado de Hildur. Al verla palpar las extremidades del cadáver, se había acordado de sus clases en la academia de policía.
El rigor mortis podía ayudar a determinar la hora de la muerte.
Jón no presentaba signos de rigor mortis , pero tampoco de descomposición, así que Hildur había estimado que llevaba unos tres días muerto.
Todo apuntaba a que Jón se había desangrado y a que alguien lo había matado. Él no habría podido infligirse una herida semejante. No obstante, sin los resultados de la autopsia era imposible establecer la causa de la muerte.
En Islandia, las autopsias se practicaban en Reikiavik. La policía de Vestfirðir no contaba con investigadores forenses.
Hildur y Beta habían vuelto a la comisaría para poner en marcha la investigación. Hildur quería llamar a Hlín y contarle que habían encontrado el cadáver de un hombre enterrado en la nieve, pero sin hacer público que se trataba de un homicidio. Ese dato lo darían un poco más adelante.
Como el cadáver tenía que estar custodiado hasta que llegaran los técnicos forenses, Jakob se había quedado vigilando la escena del crimen, acordonada con una cinta de plástico.
Se apoyó contra la única pared de la fachada que había quedado en pie, desde donde tenía visión directa del cadáver en la cama.
La herida del cuello era repugnante. El asesino había manejado el cuchillo con nervios de acero.
¿Cuál había sido su modus operandi ? Le intrigaba la postura del cadáver.
Transmitía demasiada tranquilidad: de espaldas, con las piernas rectas, los brazos relajados, como si hubiera muerto mientras dormía.
Pero eso era imposible. El tajo del cuello era grande y había mucha sangre.
Un ataque así de violento implicaba algo de forcejeo, y Jón no era pequeño precisamente. El asesino debía de ser muy fuerte.
«Seguro que la autopsia y la investigación forense aclararán muchas dudas», pensó Jakob, y apartó la mirada.
No hacía tanto estaba dando clases de biología en Noruega y ahora se encontraba vigilando un cadáver en los remotos fiordos de Islandia. La vida era una caja de sorpresas.
Los voluntarios del equipo de rescate le habían dejado una manta termoplástica. Jakob les estaba muy agradecido; aislaba muy bien del frío y era cómoda para sentarse. Estaba quieto, a ocho grados bajo cero y con viento del norte, y no tenía frío.
Jakob miró a su alrededor. La zona seguía sin electricidad, así que le habían prestado un par de focos portátiles. Pero no quería encenderlos. Prefería la oscuridad a esa potente luz artificial.
Le sorprendió la intensidad de la luz de las estrellas.
Su belleza solía pasar desapercibida por culpa de la contaminación lumínica.
Jakob reconoció la Estrella Polar, la Osa Mayor y el cinturón de Orión.
Tres brillantes estrellas perfectamente alineadas: Mintaka, Alnilam y Alnitak.
En realidad, siempre le habían interesado las estrellas.
De niño se sabía de memoria los nombres de decenas de estrellas.
Los había escrito en un enorme cuaderno de tapas azules al que había llamado «Mapa del tesoro estelar». El recuerdo lo hizo sonreír.
Durante su primer año en Noruega, Lena y él habían salido mucho de acampada.
En la primera excursión, después de cenar en la playa, Lena se había tumbado de espaldas.
Jakob se había tumbado a su lado. Lena le dijo que si miraba el cielo el tiempo suficiente vería estrellas fugaces.
Jakob se quedó mirando el vasto firmamento negro plagado de brillantes puntos blancos.
Entonces lo vio: un punto blanco que se movía entre las constelaciones.
Para él había sido un avistamiento revolucionario.
¡Era increíble ver algo por primera vez!
Algo que siempre había estado ahí, pero que desconocía hasta que Lena se lo mostró.
«Una maravillosa estrella fugaz», dijo con un suspiro.
Lena se echó a reír y le explicó que eran satélites.
Él se sintió un poco simple por unos instantes.
¿Cómo no se le había ocurrido que en el cielo también había satélites?
En ese momento, Lena se había tumbado encima de él y los satélites habían quedado relegados a un segundo plano.
Jakob sacudió los brazos y miró al cielo en busca de satélites.
De pronto, se acordó. Sacó el móvil del bolsillo del mono y miró la hora: faltaban unos minutos para las ocho. Había acordado con Lena que ese día podría hablar con Matias a las ocho.
Por resolución judicial, se habían fijado visitas en persona, que se efectuarían en presencia de un trabajador de protección de menores, y varias llamadas semanales por Skype.
Todas las semanas, a la misma hora, Jakob intentaba llamar.
La última vez Matias se había mostrado tan retraído que la conversación no había prosperado.
Jakob no sabía el motivo. ¿Realmente intimidaba a su hijo, o todo había sido culpa de Lena?
Jakob abrió Skype y seleccionó el nombre de Lena. La helada se había intensificado; arreciaba el viento y hacía más frío. Mientras sonaba la llamada, volvió a ponerse los guantes y encendió uno de los focos de trabajo. Lo apoyó de manera que la luz le iluminase la cara sin deslumbrarlo.
Lena contestó la llamada. Parecía que estaba en el salón de su casa. Jakob nunca había estado allí, pero reconocía el fondo con el cuadro de Ikea de otras videollamadas.
—Hola, ¿cómo estás? —dijo él.
Lena le devolvió el saludo. No sonrió, pero su actitud parecía cooperativa. Jakob tuvo un buen presentimiento. Quizá esta llamada fuera mejor que la anterior.
—Cansada. A finales de año siempre hay mucho jaleo en el trabajo y Matias ha estado un poco enfermito. Por lo demás, muy bien.
—Vaya, lo siento. ¿Cómo está Matias?
—Te acabo de decir que está enfermo —dijo Lena con voz más tensa.
Él decidió tomárselo con tranquilidad. No iba a caer en sus provocaciones; se limitaría a ignorarlas, como un adulto maduro. Hizo una respiración lenta y continuó del modo más convencional posible.
—Seguro que es la típica gripe de otoño. ¿O tú qué opinas?
—Qué opinas, qué opinas —repitió Lena de forma irónica.
Jakob empezó a sentir la rabia de siempre.
La conversación se estaba torciendo de nuevo.
Trató de mantener la compostura, pero Lena había decidido sacar el taladro.
Jakob se puso tenso; aun así, decidió mantener la calma.
Era consciente de que su ex mujer pretendía hacerle perder los nervios y así tener una excusa para colgar el teléfono.
—Los niños siempre se resfrían en otoño. Sólo me preguntaba si sería eso o si se trata de algo más grave.
—No eres ningún experto en cuidados infantiles, así que tus diagnósticos no sirven para nada.
Jakob hizo una pausa. Sabía hacia dónde se estaba dirigiendo la conversación, así que decidió ir directo al grano, tratando de mantener un tono de voz lo más amistoso posible.
—¿Puedo hablar con Matias?
—Pero ¿no te acabo de decir que está enfermo?
—¿Podría verlo, al menos?
—¡Está enfermo! No es posible —dijo Lena con irritación. Había subido el volumen de voz un par de tonos.
Luego se retiró un poco hacia un lado y Jakob pudo ver a su hijo.
Matias estaba sentado en el sofá con un amigo de su edad viendo la televisión.
Parecía bastante enérgico. Algo los hizo reír y su hijo señaló el televisor con el dedo.
Tenía el pelo revuelto y al reír se le formó un gran hoyuelo en la mejilla izquierda, igual que cuando era bebé.
Era increíble que pudiera marcarse de ese modo.
Jakob recordó la sonrisa de felicidad con que se lanzaba sobre su cama para despertarlos. Echaba de menos su olor de buena mañana y su risa contagiosa. Jakob extrañaba mucho a su hijo. La añoranza le dolía en el pecho y los brazos; era un dolor físico.
—¿Tenéis visita? Pero, entonces, ¿está enfermo o no? —preguntó Jakob, y consiguió que su voz tensa se mantuviera uniforme.
—¿Me estás llamando «mentirosa»? ¡Deberíamos enseñarle a nuestro hijo lo que es la confianza, pero tú no haces más que sembrar sospechas y acusar a su madre!
Lena arrancaba con uno de sus sermones.
—Yo no he dicho eso —replicó Jakob, consciente de que era inútil tratar de razonar con ella.
—¿Dónde estás, a todo esto? ¿Esquiando?
Era repulsivo que Lena ni siquiera recordara dónde estaba. Le había contado sus planes de trasladarse a Islandia mucho antes de su marcha. Bueno, quizá lo recordara pero prefería fingir lo contrario. Quería demostrarle el lugar tan insignificante que ocupaba en su vida.
—Estoy trabajando. Estoy de intercambio laboral en Islandia. Te dije antes de venir que estaría aquí los próximos meses.
Puso cara de suficiencia. Su malicia se volvió aún más punzante.
—¿Te has dado cuenta? Lo has vuelto a hacer.
Me acusas de tener mala memoria. Siempre te las apañas para culparme de todo.
Ese comportamiento no es bueno para el niño; eres un mal modelo masculino para Matias.
Eres una persona tóxica. Extremadamente tóxica —dijo con voz melosa, como quien envuelve un mensaje cruel en un tierno paquete.
Tras pronunciar su última frase, Lena esbozó una tierna e irritante sonrisa y cortó la conexión.
Jakob se quedó con el teléfono en la mano, en medio de aquel páramo de nieve, mirando la pantalla.
¿Qué diablos podía hacer? Nada de lo que pudiera decir serviría de nada.
Las conversaciones con su ex mujer casi siempre terminaban así.
Daba igual lo que dijera: Lena siempre lo tergiversaba todo.
Jakob había intentado hablar poco, hablar mucho, con voz tranquila, a gritos.
El resultado era casi siempre el mismo: Lena lo acababa acusando de algo y alegaba que sus intentos de comunicación eran una mala influencia para Matias.
Jakob volvió junto a la casa, se colocó sobre el aislante y apoyó la espalda contra la pared. Estaba desesperado. Se sentía tan impotente como aquel hombre muerto bajo las ruinas de su casa.