14. Noviembre de 2019, Ísafjörður #2
Hildur recordaba las avalanchas de su infancia.
Habían transcurrido casi veinticinco años desde la última que se cobró víctimas mortales.
En 1995 hubo dos avalanchas graves en Vestfirðir.
En ambos casos, había sucedido por la noche, cuando la gente estaba durmiendo.
Habían muerto cerca de cuarenta personas.
La familia de Hildur había salido indemne, pero en una región tan poco poblada era inevitable conocer a víctimas de las avalanchas y a sus familiares.
Aun así, Hildur apenas las recordaba. En aquella época, su familia seguía bajo la fuerte conmoción causada por la desaparición de sus hermanas.
Las niñas habían desaparecido un año antes, y aquel dolor lo ocupaba todo.
El impacto de una tragedia siempre era personal.
Jakob hizo una mueca mientras luchaba con la pala para retirar la nieve.
—Parece cemento.
—La nieve se apelmaza así cuando desciende a gran velocidad por la ladera —le explicó Hildur con un resoplido.
La velocidad de descenso de la masa de nieve provocaba primero una onda expansiva, que destrozaba ventanas y hacía saltar puertas, y luego iba seguida de la nieve, que se condensaba formando un pesado manto.
Hildur reparó en un perro negro con motas claras que correteaba por la nieve.
Era Molli , la perra de búsqueda y rescate del pueblo.
Estaba entrenada sobre todo para buscar a los supervivientes que hubieran quedado atrapados bajo la nieve, pero también podía oler a las personas fallecidas.
Últimamente Hildur se encontraba a menudo con Molli y su adiestrador cuando salía a correr por las afueras del pueblo.
Molli se guiaba por el olor. Una avalancha podía arrastrar a una persona a una gran distancia de su casa, pero ella daba más rápido que nadie con el lugar en el que había que excavar.
Si no fuera por ella, era posible que no encontraran a las personas a tiempo.
Por eso prácticamente todos los pueblos de las montañas de Islandia contaban con al menos un perro adiestrado en labores de búsqueda.
Hildur recordaba que también habían usado un perro de búsqueda en el caso de sus hermanas.
El perro había encontrado rastros de olor.
Su madre había hablado de ello con aquellos policías sentados con aspecto muy serio a la mesa de la cocina.
Hildur se había escondido en la habitación de al lado y seguía la conversación de los adultos por la puerta entreabierta.
Al parecer, el perro se había dirigido con determinación desde el centro del pueblo hacia la abertura del túnel que atravesaba la montaña.
Sin embargo, al llegar al túnel el perro se había quedado desconcertado: el rastro desaparecía de golpe.
Hildur aún recordaba aquel momento a oscuras en la habitación bajo el edredón con la funda de Blancanieves.
Era una gran amante de los animales y siempre había sentido una especial debilidad por los perros.
Pero en aquel momento su mente dio un giro de ciento ochenta grados, y durante un tiempo había temido e incluso odiado a los perros.
Sobre todo a ese perro que no había encontrado a sus hermanas.
—Qué duro que de pronto pueda suceder algo así —dijo Jakob.
Hildur salió de su ensimismamiento y miró a su colega, que trabajaba afanosamente con la pala.
—Pues sí. No podemos controlar esta tierra; da igual los artilugios técnicos y las paredes protectoras que tengamos.
Llevaban casi tres cuartos de hora dando paladas sin cesar y sólo habían encontrado nieve, recipientes y prendas de ropa. A Hildur empezaba a dolerle el costado derecho, así que volvió a cambiar la pala de mano para variar el sentido de rotación del cuerpo.
No paraban de llegar personas dispuestas a ayudar.
El equipo de rescate del fiordo vecino se presentó con otro perro de búsqueda.
Incluso desde Reikiavik se habían ofrecido a enviar ayuda.
La red de equipos de rescate de la organización de voluntarios de Islandia contaba con más de tres mil voluntarios que realizaban duros entrenamientos.
Sin su rápida organización, las inmensas tareas de excavación no habrían sido posibles.
La cabaña de Jón empezaba a quedar al descubierto poco a poco.
Primero un alero de la entrada, luego un trozo de tejado.
Hildur, Jakob y un nutrido grupo de voluntarios apartaban a palazos la nieve que los servicios de rescate estaban sacando de la fosa de excavación.
Parte de la fachada se había desplomado y la casa estaba medio derrumbada.
—La pared del lado oeste está intacta y se ve la ventana del dormitorio. Vamos a entrar por ahí —se oyó decir a alguien.
Se respiraba la tensión en el ambiente. Pronto, un primer rescatador pudo acceder al dormitorio.
Continuó excavando. Paladas de nieve densa y pesada salían sin cesar por la ventana de la habitación.
Poco a poco se hizo más espacio y pudo entrar una segunda persona.
Luego una tercera. Ahora ya se podía estar de pie en aquella habitación en ruinas y colmada de nieve.
Los tres hombres sudaban y resollaban ruidosamente.
Cada segundo contaba. Si la víctima estuviera atrapada en una bolsa de aire, todavía podrían encontrarla con vida.
De su rapidez en sacar la nieve dependían sus probabilidades de sobrevivir.
Jakob y Hildur se acercaron a la ventana medio desenterrada para observar a los rescatadores.
El más robusto de los tres hurgaba en la nieve con una sonda, una varilla larga que permitía localizar cuerpos, para que se excavara en el punto exacto.
Hildur se fijó en su gorro de lana roja, con borla y el escudo del equipo femenino de patinaje de Reikiavik, tan poco acorde con su ropa técnica.
—Noto algo a un metro o así de profundidad. Puede que sea un colchón... o una persona.
Los otros dos apenas podían moverse en el espacio liberado, pero empezaron a sacar nieve en el punto que les había indicado el hombre del gorrito. Primero con la pala, después con las manos.
Dos calcetines de lana gris asomaron entre la nieve.
—¡Rápido, la cara! ¡La cara!
Sacaban nieve a toda velocidad. La persona sepultada no se movía. Estaba muerta o inconsciente.
Hildur, que seguía la escena desde la ventana, llamó a gritos a los paramédicos para que se acercaran con una camilla.
El hombre del gorro limpió los últimos restos de nieve de la cara de la víctima y se agachó para buscarle el pulso. Al quitarse el guante para tocarle la arteria, dio un respingo y se quedó petrificado.
Un grito de angustia llenó la habitación.
Todo el mundo se quedó en silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó Hildur.
El hombre balbució algo incomprensible.
—¿Qué pasa? —repitió Hildur entrando por la ventana de la habitación.
Miró el cuerpo que yacía sobre la nieve y ahogó un grito de sorpresa. La cicatriz de la frente confirmaba que era Jón.
—No parece que vaya a necesitar reanimación —dijo Hildur.
Le habían rajado el cuello de oreja a oreja.