Huellas en los fiordos (Hildur 1) 14. Noviembre de 2019, Ísafjörður
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14. Noviembre de 2019, Ísafjörður

El móvil de Hildur no había dejado de sonar en todo el trayecto. Mensajes de amigos, llamadas de vecinos... Miró con el rabillo del ojo la pantalla, que estaba en su soporte, y vio que la siguiente llamada era de Tinna. Hildur siempre tenía tiempo para hablar con su tía.

Tinna parecía nerviosa.

—¡Madre mía! ¿Te has enterado de la avalancha?

—Me dirijo ahora mismo hacia allí con mi compañero.

—¡No me lo puedo creer! La semana pasada apenas había unas motas de nieve en las montañas y ahora esto.

—Ha habido muchas ráfagas de nieve en los últimos días. Por suerte, la avalancha se ha producido en una zona de cabañas vacías.

—¿Vacías? Ya he oído decir a varias personas que una de las casas estaba habitada.

«¿Cómo ha podido enterarse tan rápido la gente del pueblo de que hay personas sepultadas?», pensó Hildur. Tenía que cortar la llamada enseguida.

Una larga fila de coches aparcados llenaba los bordes de la carretera.

Hildur continuó avanzando a paso de tortuga hasta que se dio cuenta de que la carretera por la que iba el coche no tardaría en desaparecer.

La avalancha se había tragado el extremo de Fjallavegur a su paso.

Las balizas a ambos lados de la carretera debían de haber desaparecido con la fuerza de la nieve, pues no se veían por ninguna parte.

Hildur retrocedió hasta el final de la fila de coches y aparcó a Brenda con las luces apuntando hacia la zona de la avalancha.

Aunque el reloj aún no marcaba las cinco, la oscuridad era absoluta.

La nieve que se había precipitado montaña abajo había destrozado algunas farolas y había provocado un corte de electricidad.

Se necesitaban los faros de los coches para iluminar el lugar del accidente.

Hildur estacionó a un par de metros de distancia del todoterreno de los equipos de rescate para permitirles maniobrar rápidamente cuando fuera necesario.

Aquel cacharro de neumáticos gigantes era un auténtico monstruo de la montaña con el que incluso se podía circular por los glaciares.

Si hubieran desinflado un poco los neumáticos, habrían podido avanzar por la nieve y acercarse aún más, pero no lo habían hecho porque necesitaban mantener despejada la zona de excavación.

Cuando Jakob y Hildur bajaron del coche, se abrió la puerta del todoterreno y se asomó Beta.

—Venid a poneros el equipo. Jónas, el director de la unidad de rescate, está organizando la búsqueda. Ayudaremos allí donde nos necesiten.

—¿Cuál es la situación? —preguntó Hildur, y subió al vehículo detrás de Jakob.

Se pusieron los monos de seguridad amarillos. Hildur le aconsejó a Jakob que se colocara la insignia de policía que le colgaba del cuello por dentro del mono. Le resultaría más fácil cavar sin objetos colgantes que entorpecieran la tarea.

Beta les contó lo que sabía: la avalancha se había producido hacía poco más de una hora.

Cinco cabañas de verano y varios almacenes habían quedado sepultados bajo la masa de nieve.

Los expertos del instituto meteorológico ya se encontraban en el lugar del accidente y estaban haciendo predicciones sobre posibles avalanchas secundarias.

Hildur miró por la ventanilla. Los montones de nieve, iluminados por los faros de los vehículos, parecían antinaturalmente grandes. Hacía un momento allí había edificios; ahora sólo quedaban enormes montículos de nieve de varios metros de altura y pilas de escombros.

Cuando Hildur terminó de ajustarse las correas de las perneras del mono, estuvieron listos para bajar del coche.

Los tres policías avanzaron dando zancadas hacia la zona del accidente.

A su alrededor se oían las ruidosas conversaciones del personal de rescate encargado de las labores de desescombro.

Alguien llamó a Hildur a gritos a su espalda.

Era Hlín, reportera de Radio Nacional de Islandia en Vestfirðir.

Hlín era una gran aficionada a los caballos islandeses y tenía sus propios ejemplares en un establo situado al fondo del fiordo.

En invierno los entrenaba en el picadero cubierto; en verano hacía largas excursiones por las mesetas.

Hildur y Hlín salían juntas a cabalgar en verano.

Ísafjörður era un pueblo pequeño, por lo que también se encontraban con frecuencia en horario laboral.

Hlín era la única reportera de la región y escribía todos los artículos del periódico, desde accidentes a operaciones de rescate de ovejas perdidas o inauguraciones de empresas.

—Ya he hablado con el equipo de rescate. Parece ser que había personas en una de las casas. ¿Qué tiene que decir la policía al respecto?

—¿Ya has hablado con Beta?

Por lo general, era su jefa quien se encargaba de hablar con los periodistas. Hlín miró a Hildur con reticencia.

—Venga, ya conoces a Beta. En estas situaciones, no suelta prenda.

«Bueno, yo tampoco voy a soltar nada», pensó Hildur. No tenía intención de confirmar ningún rumor, pero tampoco quería desmentir las sospechas, porque entonces estaría mintiendo y ella no quería mentir. Además, Hlín tampoco era ninguna desconocida.

—Está prohibido habitar esas cabañas durante el invierno debido al riesgo de avalanchas. Todavía no hemos podido calcular los daños materiales ni confirmar si alguna persona ha podido quedar sepultada bajo la nieve.

Hlín hizo una mueca.

—Una respuesta muy diplomática.

—Lamento no poder darte más detalles en este momento. Te informaré en cuanto haya algo de lo que informar. Te lo prometo —dijo Hildur mientras se ponía la capucha del mono protector.

Hlín pareció darse por satisfecha con la respuesta y se fue en busca de otros posibles sujetos a los que entrevistar para su artículo.

Beta retomó sus explicaciones. Señaló con la cabeza hacia unos doscientos metros más allá, donde se veía a miembros del equipo de rescate excavando a la luz de los frontales.

—La casa en la que se sospecha que había alguien era una pequeña cabaña verde.

Hildur lo comprendió al instante.

—La casa de Jón.

Beta asintió. Ella vivía un poco más abajo, en la misma calle, por lo que conocía la zona como la palma de su mano y sabía quién era el propietario de cada cabaña.

Hacía pocos días que Beta y Hildur habían estado en casa de Jón, porque éste no se había presentado a un interrogatorio.

Hildur había planeado ir a buscarlo a su casa el día anterior, pero había tenido que darle preferencia al secuestro infantil de Súðavík.

Jakob avanzaba por la nieve con gran habilidad. En medio de la zona siniestrada, trató de determinar la ubicación de la casa de Jón.

—¿Por qué creéis que ese tipo se encontraba dentro de la cabaña?

Hildur apartó a Jakob a un lado y señaló varias decenas de metros más allá. Entre la gran montaña de nieve se distinguía todo tipo de chatarra que la avalancha había arrastrado consigo. Medio enterrado en la nieve podía verse el parachoques de un viejo Suzuki.

—Jón no iba a ninguna parte sin su coche.

Sólo se veía la parte trasera, pero no había lugar a dudas: se trataba del vehículo de Jón.

A su alrededor, reinaba el caos. Era como si el mundo se hubiera retorcido hasta quedar desencajado.

Algunas construcciones sólo habían quedado parcialmente enterradas, había ventanas hechas añicos y algunas paredes se habían derrumbado.

En una zona de unos cien metros cuadrados, no quedaban más que montones de nieve entre los que sobresalían maderas rotas, trozos de farolas y chapas retorcidas de los tejados.

Las montañas tenían una inclinación de unos treinta metros.

Hacía tiempo que aquella zona estaba clasificada de riesgo según los cálculos de avalanchas.

Por ese motivo, sólo se permitía hacer uso de las cabañas en verano y se ponían multas considerables a quienes se saltaban las normas.

Las grandes avalanchas solían ocurrir, precisamente, en ese tipo de laderas.

En Vestfirðir se formaban ventiscas en invierno y el terreno contaba con muchas laderas que aunaban las condiciones propicias para las avalanchas.

—Nunca había visto nada semejante. Parece una zona de combate —dijo Jakob con asombro.

Avanzaron a zancadas hacia la casa de Jón, donde las tareas de excavación estaban en su máximo apogeo. Se había abierto un camino de medio metro de ancho en la nieve para que los voluntarios y los equipos de búsqueda pudieran acceder al lugar del accidente.

Jónas, el director del equipo de rescate local, se encontraba donde antes había estado la entrada a la cabaña de Jón. Era un hombre corpulento con una voz potente.

—El perro ha marcado justo ese punto. Era una señal muy débil, así que es posible que la persona a la que buscamos ya haya fallecido. Tenemos la fuerte sospecha de que en esa zona se encontraban los dormitorios del edificio destruido —dijo Jónas señalando en diagonal hacia la ladera.

En su voz se reflejaba la seguridad que aporta la experiencia.

Jónas había colaborado en muchos casos de catástrofes naturales.

Cuando el volcán Eyjafjallajökull había entrado en erupción, diez años atrás, Jónas había alquilado todos los camiones libres de la región y había viajado a la costa sur de Islandia para ayudar a evacuar el ganado.

—Se han iniciado las excavaciones junto al lado este de la casa, la zona en la que se ha acumulado menos cantidad de nieve.

Iremos avanzando desde allí con cuidado.

Vamos a centrar todas las excavaciones en esta casa y mañana ampliaremos el perímetro aprovechando la luz del día.

Estamos prácticamente seguros de que el resto de las construcciones dañadas estaban vacías, pero nos aseguraremos mediante una ronda de llamadas a todos los propietarios.

Hildur le tradujo a Jakob las palabras de Jónas. Los dos cogieron las palas y empezaron a cavar en el lugar que les había señalado el director del equipo de rescate. Por suerte, la nevada había remitido un poco, al menos temporalmente. Una nevada intensa habría entorpecido la visibilidad.