Capítulo 12 #3
Debido a su trabajo, Hildur había oído hablar de muchos casos similares.
Para conseguir ayuda legal gratuita, tenías que declararte insolvente; y para poder pagarla de tu propio bolsillo, debías tener mucho dinero.
Las aseguradoras rara vez cubrían los costes judiciales en los casos de custodia.
Y si alguno de los progenitores era extranjero, había que sumar los gastos de traducción de los documentos y contratar a un experto en legislación internacional.
Jakob se apoyó en el reposacabezas y miró el revestimiento de tela del coche.
—Lo más injusto de todo es que Lena usó mi trabajo de noche en mi contra durante el juicio.
Lena había declarado que Jakob no podía hacerse cargo de su hijo porque trabajaba incluso los fines de semana.
Los de protección de menores se tragaron la historia del violento marido finlandés.
Jakob perdió la custodia y, desde entonces, veía a su hijo en contadas ocasiones y siempre bajo supervisión.
No era la primera vez que Hildur cuestionaba la lógica de las sentencias de los tribunales de primera instancia.
Hubo un caso durante sus años en Reikiavik que todavía le hervía la sangre al recordarlo.
Había investigado un presunto caso de violación, había llevado a cabo los interrogatorios y había conseguido pruebas.
El sospechoso acabó frente al tribunal y fue declarado culpable.
Sin embargo, la sentencia del tribunal de primera instancia fue especialmente leve.
Se utilizó el argumento de que el hombre tenía un trabajo fijo, estaba casado y tenía hijos menores de edad.
Lo irónico es que dos años después fue detenido por un delito similar.
—Habrás apelado la resolución, ¿no?
Jakob negó con la cabeza.
—No tenía dinero para continuar con la batalla legal.
Hildur y Jakob se quedaron en silencio mirando los grandes copos de nieve. A pesar de la oscuridad de la tarde, se podía seguir claramente su lenta caída hasta el suelo. Los que terminaban su viaje en el parabrisas del coche se derretían y se deslizaban en forma de agua por el capó.
—Muchos conocidos me reprochan haber abandonado a mi hijo.
Pero no podía continuar soportando esa situación, así que me marché.
Regresé a Finlandia y me busqué otra profesión.
Así fue como acabé ingresando en la academia de policía.
Cada vez que me tocaba ver a Matias viajaba a Noruega, pero Lena casi siempre se inventaba algo para impedir la visita.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
—Hace casi un año. El día de Navidad del año pasado. Intento mantener el contacto con él por videollamada. La semana pasada hablamos un poco por Skype. Lo que pasa es que Matias todavía es muy pequeño. Temo que poco a poco acabe olvidándose de mí —murmuró Jakob con la voz quebrada.
Hildur estaba rabiosa. Era una situación terriblemente injusta para Jakob. No acostumbraba a contenerse y no iba a empezar a hacerlo ahora.
—¡Maldita zorra! —dijo dando un puñetazo al volante.
Jakob la miró. Hildur tenía la mirada dura. Expresaba frustración y, quizá, un poco de odio, pero ni un ápice de compasión. Era una mirada que lo hacía sentir bien.
—¿Sabes? Es algo muy extraño, pero el parque infantil ese por el que pasamos ayer me dejó una sensación muy agradable. Me parece hermoso que una madre que ha perdido a su hijo construya un parque para los niños de la zona —continuó Jakob después de la pausa.
—A mí también. Algunos padres esconden a sus hijos y otros hacen lo posible para que nadie los olvide.
Estuvieron un rato en silencio, bebiendo café y viendo el atardecer. Dos desconocidos compartiendo el mismo espacio, la misma visión y los mismos pensamientos por unos instantes.
El teléfono móvil empezó a sonar en la guantera. Hildur se estiró para cogerlo. En la pantalla brillaba el número de Beta.
—Hildur, ¿dónde estás?
—Estoy en Önundarfjörður, haciendo surf.
—Creí que estabas enseñándole el pueblo a Jakob.
—Jakob está aquí conmigo. Estábamos bebiendo café y hablando de cosas profundas.
—Tenéis que volver ahora mismo. Me imagino que aún no te habrás enterado.
Un peso frío recorrió las extremidades de Hildur.
Llevaba todo el día con malestar. Esa opresión que tan bien conocía se le había instalado en el pecho por la mañana y se había ido acentuando a lo largo del día.
Lo había achacado a la melancolía del final de otoño, otra vieja conocida.
Sin embargo, el tono cortante de su jefa le indicaba que no era eso lo que iba mal.
—Ha habido una avalancha en Seljalandshlíð. Las cabañas de verano han quedado sepultadas bajo la nieve y tenemos la sospecha de que hay una persona atrapada en una de ellas.
Hildur puso el vehículo en marcha sin dar crédito a la noticia. La primera nevada apenas había caído hacía unos días.
Al parecer el equipo de rescate ya se encontraba allí. Habían empezado las excavaciones, pero necesitarían mucha más ayuda. Hildur calculó que llegarían en una media hora.
—Llevaré los monos y el equipo al lugar del accidente —dijo Beta.
Hildur sabía lo que podía significar una avalancha en el peor de los casos. Se había apagado el último resquicio de luz de la tarde.
Las luces largas deslizándose por la serpenteante carretera eran como espadas láser tratando de perforar la oscuridad. De camino a la zona de la avalancha, la nevada se transformó en ventisca.