Capítulo 12 #2
Cuatro horas y un tentempié más tarde, Hildur y Jakob ya estaban con Brenda y trataban de entrar en calor.
Habían dejado los trajes de neopreno en el maletero; Hildur los pondría a secar en la ducha cuando llegara a casa.
Tenían tazas térmicas con café caliente en las manos y una bolsa abierta de grasientos kleina sobre el salpicadero.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo surf? —preguntó él, cogiendo uno de aquellos buñuelos islandeses.
—Desde mi época universitaria. Me encanta el surf. Cuando estoy en el mar, no puedo pensar en nada más. En ese momento tengo que concentrarme por completo para mantenerme sobre la tabla.
Jakob comprendía muy bien lo que Hildur quería decir. Escapismo. Algunos veían películas, otros chapoteaban en el agua helada. En los últimos años, él se había dedicado a tejer jerséis de lana para mantener a raya sus pensamientos.
—¿Qué haces cuando no puedes salir al mar?
—Voy al gimnasio o salgo a correr.
Hildur cogió el termo del asiento trasero y sirvió más café en las dos tazas.
—¿Cómo te sientes después de tu primer día de trabajo?
Jakob presentía que Hildur estaba preparando el terreno para hablar de la llamada de emergencia del día anterior.
Se quedó mirando por la ventana. Había empezado a nevar. El mar y el cielo se fundían y ya no se distinguía el horizonte. El vehículo gris se fusionaba con el paisaje a medida que desaparecían los contornos del mundo.
—Me gustaría hablar de lo que pasó ayer en casa de la anciana. Salió todo bastante bien. ¿Te parece bien que hablemos de ello?
—¿Que hablemos de qué?
Sabía que Hildur no se daría por vencida. Continuaría preguntando hasta recibir una respuesta satisfactoria. También sabía que Hildur era consciente de que él sólo estaba tratando de ganar tiempo.
—De tu hijo. ¿O acaso te inventaste toda la historia?
Jakob suspiró y miró por la ventana, aunque ahí fuera no había nada que ver. Un manto gris los había cubierto por completo.
—Ojalá me la hubiera inventado.
—Ya. Las cosas más horribles suelen ser verdad.
Jakob titubeó. No estaba seguro de si quería hablar con ella de su vida personal.
Era prácticamente una desconocida. Por otro lado, al no saber nada de él, lo escucharía sin compadecerlo.
Jakob no soportaba la compasión; le resultaba hiriente.
Pero Hildur parecía una persona normal, en el buen sentido de la palabra, y además eran compañeros.
En la academia de policía le habían insistido mucho en lo importante que era la confianza entre las parejas de trabajo.
Además, Hildur también le había hablado de sus hermanas, aunque era un tema delicado.
—Conocí a Lena hace siete años en un viaje de mochileo por Budapest. Era de esas personas... A las que ves y ya no puedes mirar hacia otro lado.
—De esas que ocupan todo el espacio y te dejan sin oxígeno.
Jakob la miró agradecido y asintió. Hildur lo había comprendido enseguida.
Se lo contó todo sobre Lena. Cuando se mudaron a Noruega, cayó rendido ante sus dotes para la pesca y su sopa de pescado.
Se fueron a vivir juntos a un barrio de las afueras de Oslo.
Jakob empezó su tesis sobre Biología y trabajaba como profesor por horas en la Universidad de Oslo.
Lena tenía un puesto de responsabilidad en una compañía de seguros.
Los primeros años fueron bastante bien. Jakob aprendió noruego y se hizo su grupo de amigos.
Un año después del nacimiento de Matias, Lena empezó a cambiar.
Siempre había sido un poco celosa, aunque Jakob lo achacaba a su necesidad de control y a su carácter pasional.
Pero, poco a poco, empezó a reclamarlo cada vez más.
Planificaba el tiempo libre a su antojo, lo criticaba como padre, quería saber dónde se encontraba en cada momento.
También le repetía constantemente que sus opiniones eran muy extrañas y sus ideas muy infantiles.
—A veces Lena me sacaba de mis casillas. Una vez se tiró más de una hora criticándonos a mí y a mi familia, hasta que acabé cogiendo una manzana a medio comer de la mesa y se la lancé. Lena grabó la escena con el móvil y usó el vídeo en el juicio.
Hildur resopló; parecía horrorizada.
—¡Es evidente que lo tenía planeado! A ver, si no, cómo habría grabado una reacción tan espontánea.
—En efecto. Pero yo lo comprendí demasiado tarde.
Después del episodio de la manzana, los tres fueron de vacaciones a Finlandia. Sin embargo, Lena se empeñó en volver con Matias a Noruega una semana antes de lo previsto.
—No parábamos de discutir. Lena me sugirió que me quedara unos días con mis amigos en Finlandia mientras ella ultimaba los preparativos para que Matias empezara la guardería en Oslo.
Hildur ya se imaginaba lo que había ocurrido, pero quería saber los detalles.
—¿Qué pasó después?
—Volví a Oslo, a nuestra casa, pero estaba vacía.
Lena y Matias se habían marchado y yo no tenía la menor idea de adónde podían haber ido.
Lena me había dejado el sofá y una lámpara de pie medio rota.
Cinco días después, me envió un correo electrónico para decirme que tenía un abogado y que Matias se quedaba con ella.
Jakob seguía mirando fijamente la cada vez más profunda oscuridad.
—Es horrible. Lo siento muchísimo —dijo Hildur poniéndole la mano en el hombro.
Era un torpe intento de consolación, pero no sabía hacerlo mejor. Jakob miró a Hildur y asintió. Se quedaron un rato en silencio. No hacían falta las palabras.
—Entré en pánico. Mi cuerpo no pudo soportarlo y colapsé. Las piernas me flaquearon y me desmayé en la escalera.
Jakob se sobrecogió. Le acababa de contar a una persona casi desconocida cosas que nunca había explicado a nadie. Al ver su turbación, Hildur llevó la conversación a un terreno más práctico. Por otra parte, estaba expectante: ¿cómo había salido de semejante embrollo?
—¿Contrataste a un abogado?
—Sí, pero, como te puedes imaginar, no son baratos. Cogí todas las horas de clase que me ofrecieron y empecé a trabajar como barista los fines de semana. Aun así, las facturas me ahogaban.
—Joder.