Capítulo 12
La alegre melodía del móvil despertó a Jakob a las siete y media de la mañana. Por la ventana del pequeño dormitorio no entraba ni un ápice de luz. Estaba tan cansado que le latían las sienes. Deslizó el icono verde de la pantalla y se llevó el móvil a la oreja.
—Jakob, ¿qué estás haciendo?
Era Hildur. Sonaba muy enérgica, teniendo en cuenta que no eran ni las ocho y tenían la mañana libre.
—Estaba durmiendo. Creía que no habíamos quedado hasta mediodía.
—Sí, bueno, ése era el plan de ayer. —Hildur parecía realmente entusiasmada; de fondo se oía el borboteo de una cafetera —. ¿Te vienes a hacer surf?
«¿A hacer surf? —Jakob se sentó en la cama y buscó a tientas el interruptor de la lamparilla de noche —. ¿Qué demonios pretende esta mujer? ¿Meterse en el mar a chapotear? Es invierno, ahí fuera está más oscuro que el ojete de un trol y estamos a bajo cero.»
—¿No teníamos que ir a dar una vuelta por la zona? ¿Me estás cambiando la visita turística por una sesión de deporte extremo?
—Exacto. Eso es precisamente lo que te propongo. El invierno es la mejor época para el surf y hoy hace buen tiempo.
«Buen tiempo, dice.» Jakob soltó una carcajada. Estaba claro que acabaría haciendo surf. Hildur no iba a renunciar a su excursión marítima invernal y a él no le apetecía pasarse la mañana solo en casa.
Hildur continuó con sus argumentos y no le dejó ni replicar.
—El viento sopla en la dirección adecuada y, aunque las olas no tienen más de un metro de altura, la distancia entre las crestas es superior a diez segundos.
¡Estas condiciones no se dan todos los días!
Además, tengo una tabla extra, una blandita para principiantes, y un traje de neopreno grande para dejarte.
Jakob apartó el edredón y se sentó en la cama. Hildur no se daría por vencida.
—Voy contigo. Tenía pensado pasarme por la tienda de lanas de Guðrún, pero puedo ir más tarde.
—¿Qué tal llevas el jersey, por cierto?
Jakob oía que Hildur estaba comiendo. Por alguna extraña razón, en lugar de molestarle, le resultaba agradablemente familiar.
—Ayer uní las mangas al cuerpo. Voy a tener que retocar un poco el patrón original porque es un poco asimétrico.
—No entiendo nada de lo que dices, pero gracias por contármelo.
Jakob se echó a reír. «Un finlandés enseñándole a una islandesa los secretos de los jerséis de lana islandeses.
» En ese instante tuvo una idea genial: se lo regalaría a Hildur.
Seguro que nunca sobraba un jersey de lana en el armario de un islandés, o eso se imaginaba.
Jakob había reconocido enseguida el patrón de la chaqueta de Hildur: era una Fleygur, una prenda larga hasta los tobillos tejida con lana Álafosslopi y diseñada por la fábrica textil islandesa Ístex.
Jakob estaba tejiendo un jersey de lana tradicional con lana Léttlopi, más ligera.
Cuando lo tuviera terminado, se quedaría en su Islandia natal.
—Te prometo que volveremos antes de que cierren las tiendas. Voy a tomar el segundo desayuno y en una hora me paso a buscarte con Brenda —le dijo Hildur antes de colgar.
Una hora más tarde, Jakob la esperaba en el patio de su casa de alquiler enfundado en un grueso abrigo de plumas, guantes de piel y unas botas altas de invierno.
Miró las brillantes laderas de las empinadas montañas que rodeaban el pueblo.
Le gustaba que todo estuviera cubierto de nieve.
Si no hubiera sido por eso, se encontrarían sumidos en la oscuridad.
La oscuridad tampoco le molestaba. Y la sensación de estar entre esas altas montañas y el mar gélido le daba paz.
Se sentía agradablemente encerrado y no necesitaba pensar en lo que pasaba en el exterior.
Estaba en el momento y el lugar adecuados.
Un Toyota Land Cruiser gris no tardó en asomar a la vuelta de la esquina.
Era un todoterreno impresionante, aunque había conocido tiempos mejores.
Tenía manchas de óxido en el capó y un par de abolladuras bajo las luces traseras.
Jakob abrió la puerta y entró sin agacharse a pesar de sus casi dos metros de altura.
«Menudo carro», pensó al abrocharse el cinturón.
Debía de tener más de trescientos mil kilómetros, y sin duda una estabilidad insuperable con nieve en la carretera.
En lo alto del asiento, el paisaje se veía desde una perspectiva muy diferente a un turismo.
Se imaginó conduciendo un vehículo así por Finlandia.
—No me ha dado motivos para renovarla —dijo Hildur, como si le estuviera leyendo el pensamiento —. No me ha dejado tirada ni una sola vez. —Y en el acto añadió, dando unos golpecitos a la consola central —: Siete, nueve, trece.
Jakob la miró con extrañeza y se bajó la cremallera del abrigo.
—Siete, nueve, trece. Tienes que golpear cuando dices «siete, nueve, trece». Es para no tentar a la mala suerte.
Jakob asintió. En Finlandia tenían la costumbre de «tocar madera». Quizá aquí se hacía lo de los números porque los árboles escaseaban.
A la altura del supermercado, tomaron la carretera de montaña que llevaba al siguiente fiordo.
—¿No teníamos que recoger a una tal Brenda?
Hildur se echó a reír.
—Ésta es Brenda —dijo golpeando el volante —. Brenda es mi coche.
Ahora fue Jakob quien se echó a reír.
—¿Por qué Brenda ? ¿Aquí también daban la serie Sensación de vivir en los noventa?
—Sí, aunque yo no la veía. Un autoestopista me dejó este regalito como muestra de agradecimiento. —Señaló una muñeca de paja con falda amarilla que colgaba encima del salpicadero —. Ya entonces se llamaba Brenda .
La muñequita sacudía la cabeza zarandeada por los baches de la carretera. Se dirigían hacia un agujero en la pared de la montaña. Entraron en el túnel y Hildur cerró las rejillas de ventilación del salpicadero. Una señal anunciaba que medía seis kilómetros de longitud.
Al cabo de un par de kilómetros, el túnel se dividía en dos. Un ramal llevaba a un pueblo de pescadores en el oeste y el otro iba hacia el sur. Pasada la intersección, la carretera era de un solo carril y el túnel se estrechaba.
—Los que van al sur tienen que ceder el paso. Si ves las luces de un coche en dirección contraria, debes acercarte ahí y esperar.
Hildur señaló un ensanchamiento de la vía a mano derecha.
En invierno había poco tráfico, pero, en verano, con los autocares de los cruceros haciendo la excursión del día, el túnel se quedaba pequeño.
Las paredes negras se alzaban pegadas al carril.
Los focos naranjas del techo, a varios metros de altura, eran la única iluminación.
Sin ellas sería como circular por la boca del lobo.
Un poco más adelante vieron dos puntos de luz que se acercaban a lo lejos.
Hildur dio la vuelta y paró en el anterior ensanchamiento.
El bramido se fue aproximando hasta que los potentes focos del vehículo llenaron el túnel.
Un enorme camión de Eimskip, la empresa islandesa de transporte, pasó de largo haciendo temblar el suelo bajo sus ruedas.
Cuando el camión desapareció, volvió la oscuridad.
Hildur se incorporó a la vía y continuaron su camino.
Jakob trató de calcular la anchura del túnel.
A veces los espacios pequeños daban sensación de seguridad, pero ese túnel estrecho y oscuro resultaba terrorífico.
El coche atravesaba la montaña entre paredes de piedra negras como el carbón.
Jakob se preguntó si aquél sería el túnel que Hildur había mencionado días atrás.
El túnel en el que habían desaparecido sus hermanas.
¿Debía preguntárselo? Hildur tenía pinta de valorar la franqueza y no andarse con rodeos.
Si no le gustaba su pregunta, simplemente se negaría a responder.
Además, Jakob no acostumbraba a preocuparse por lo que pensarían los demás.
Su franqueza ahuyentaba a los que no le aportaban nada.
—¿Es éste el túnel en el que...?
A Hildur se le endureció la expresión y cerró los ojos un instante.
—Sí, es éste.
Hildur dio el tema por zanjado.
Minutos después, Brenda salía por el otro lado de la montaña como una bola de lotería.
El fiordo estaba orientado al este y al oeste y el frente de montañas costeras era más bajo.
El sol apenas despuntaba, pero el paisaje nevado resplandecía bajo sus rayos invernales.
Jakob bajó la visera del parabrisas y entornó los ojos.
—Qué bonito —dijo mirando el valle.
De la oscuridad total a la claridad absoluta. El contraste era brutal.
—Pronto será mucho más espectacular —dijo Hildur, girando por una carretera secundaria.
A varios cientos de metros de la orilla, dos bultos negros flotaban a merced del mar gélido. Mecidos por el vaivén del agua, esperaban tumbados sobre la tabla. Cuando llegara una de las grandes, uno de los bultos despegaría y saldría a surfear la ola.
—¡Ahí viene! Túmbate bocabajo y rema con las manos —gritó Hildur.
Jakob flotaba agarrado a la tabla de surf con la mano derecha.
Se tumbó encima y empezó a remar con las dos manos para avanzar hacia la orilla.
Empujada por la ola, la tabla se movía con gran rapidez.
Cuando se encontraba casi en la cresta, trató de ponerse en pie sobre la tabla, tal como Hildur le había enseñado antes en la orilla.
Logró apoyarse con la rodilla derecha, pero una ola se lo llevó por delante.
Cayó al agua y el mar lo engulló. Con varias brazadas vigorosas, salió a la superficie y se agarró a la tabla, que flotaba a su lado. Luego buscó a Hildur.
Ella había tomado la siguiente ola y estaba bastante lejos. Se deslizaba paralela a la costa, acercándose lentamente a la orilla.
—¡¿Cómo vas?! —le gritó Hildur.
—Sigo vivo. Pero esto no tiene nada que ver con el snowboard.
—Ven, vamos otra vez.
Se adentró en el agua con la tabla y se dirigió hacia Jakob.
—Vamos a remar un poco más. Yo te avisaré cuando debas subir a la tabla. No intentes levantarte; ponte de rodillas y trata de avanzar así. Ya te irás familiarizando con los movimientos del agua.