Capítulo 11 #3
Cuando sus colegas se llevaron a Örn, Hildur se agachó junto al niño, que seguía en el regazo de Jakob. Se sacó del bolsillo una bolsa con tiras de mango deshidratado. Lo llevaba para picotear durante los turnos que se alargaban demasiado. El niño cogió un trozo y se lo metió en la boca.
—Pronto estarás con tu madre. Tiene muchísimas ganas de verte. Primero iremos a la comisaría para que puedas hablar con ella enseguida. ¿De acuerdo? Si quieres, puedo encender las luces azules por el camino.
El niño asintió y sonrió. Luego, se acurrucó aún más en el regazo de Jakob.
En la comisaría reinaba la calma. La nieve amortiguaba el ruido del escaso tráfico del exterior y ni siquiera se oían los azotes del viento.
La tormenta había amainado. En el programa de necrológicas también se había aludido a aquella tranquilidad.
En el canal principal de la radio nacional de Islandia, cada día se leían los obituarios y los anuncios de actos conmemorativos que enviaban los familiares de los difuntos: de lunes a viernes por la tarde y por la noche, y también las tardes de los fines de semana y días festivos.
La voz profunda del locutor se mantenía uniforme durante toda la lectura.
A Hildur le gustaba mucho el programa. La vida de una persona se resumía en unas pocas frases.
«Ingibjörg Atladóttir, ama de casa y profesora de manualidades, falleció en su hogar de Vík el pasado 12 de octubre. Sus hijos, nietos y bisnietos lamentan su pérdida. El funeral se celebrará el sábado 2 de noviembre en la iglesia de Vík. La familia ruega que se eviten los arreglos florales.»
«Eírikur Hermansson, psicólogo y licenciado en Administración de Empresas en Reikiavik, ha fallecido en el hospital rodeado de sus seres queridos tras una breve enfermedad. La fecha del funeral se notificará más adelante. Su esposa, hijos y familiares.»
Hildur le dio a Jakob una taza de café y se sentó ante su mesa de trabajo. Tenía delante un plato con un trozo de slátur que se había calentado en el microondas.
—¿Quieres probarla? Hay suficiente para los dos.
Jakob sacudió la a barrita a medio comer que tenía en la mano y rechazó la oferta.
—Huele muy raro.
—Es cuestión de acostumbrarse —dijo Hildur, que clavó el tenedor en la carne y le dio un buen mordisco.
Beta apareció en el vano de la puerta. Parecía satisfecha.
Les dio las gracias a ambos por haber controlado tan bien la situación.
Örn se encontraba en la celda de la comisaría esperando a que llegara la patrulla policial de Akureyri para llevárselo.
Lo más probable era que se lo juzgara por un delito de privación de libertad.
—¿Se hace cargo del caso la policía de Akureyri porque el secuestro se produjo allí? —preguntó Jakob.
Beta asintió.
—Ellos tienen más recursos que nosotros. Vigilantes de prisiones y todo eso.
—¿Y el niño? —preguntó Hildur.
Se imaginaba que Jakob querría saber cómo estaba el pequeño, pero parecía una persona muy prudente, así que lo preguntó ella.
—Los servicios locales de protección de menores se harán cargo de él hasta que llegue su madre.
Hildur, podrías hablar con los trabajadores sociales y comprobar si todavía necesitan algo de nosotros.
Si termináis hoy todo el papeleo, mañana podríais hacer una ronda para que Jakob vaya conociendo la zona.
Hildur se limpió con la manga de la camisa y asintió.
Se puso el abrigo y la capucha y salió a la calle.
Por suerte, no necesitaba ir muy lejos. El departamento de servicios sociales se encontraba en el edificio contiguo a la comisaría, que también albergaba la sucursal de una compañía de seguros y el banco.
La mañana había sido dura, aunque no tan inusual.
Hildur tenía que lidiar a menudo con altercados por los regímenes de visitas.
En esas regiones remotas, era bastante habitual que uno de los progenitores se mudara a la capital tras el divorcio y los niños se vieran obligados a recorrer largas distancias para estar con uno u otro.
La mayor parte de los conflictos que llegaban a la policía se debían a que uno de los padres no había devuelto al niño a tiempo después de la visita.
Otro asunto que daba mucho trabajo a la policía y a los servicios de protección de menores era el consumo de drogas entre los jóvenes.
Los chavales con problemas de adicción solían escaparse de su casa, de la casa de la familia de acogida o del centro de desintoxicación.
Casi siempre conseguían encontrarlos y ponerlos a salvo.
Hildur se lo tomaba como una victoria profesional y personal.
Los casos más duros eran aquellos en los que nadie echaba de menos al menor desaparecido.
Por suerte, se daban de forma ocasional.
Si el padre y la madre eran alcohólicos, nadie llevaba las riendas de la casa y los niños tenían que espabilarse solos desde muy pequeños.
A menudo los problemas salían a la luz cuando el colegio se ponía en contacto con la familia.
Los profesores eran los primeros en darse cuenta de quién iba continuamente al colegio sin abrigo o se ausentaba a menudo o mostraba huellas de malos tratos.
En algunas familias, el hermano mayor, apenas un adolescente, se hacía cargo de los asuntos de sus hermanos pequeños y no tenía tiempo para centrarse en sus propios estudios.
Hildur miraba los nevados edificios del vecindario mientras pensaba en esos dos mundos paralelos que coexistían en el mismo pueblo. En uno tenías todo lo que pudieras imaginar y en otro no tenías absolutamente nada.