Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Llamó a la puerta golpeteando el panel de cristal con el índice. La tía de Örn debía de estar esperando al otro lado porque se abrió enseguida. Una anciana de aspecto cansado ataviada con una bata de flores amarillas hizo pasar a los policías y les señaló el piso de arriba.

—Están durmiendo en el salón; es la puerta de la izquierda.

Hildur asintió.

—No me entra en la cabeza que Örn se haya vuelto una persona tan difícil —murmuró la tía, y se metió las manos en los bolsillos de la bata.

A la mujer le habría gustado seguir hablando, pero Hildur la interrumpió.

—¿Hay más personas en la casa?

—No. Sólo yo y Markús , mi gato, pero duerme en el suelo radiante del cuarto de baño hasta mediodía.

—Quédese aquí esperando. Métase en el cuarto de baño y cierre el pestillo. Mi compañero y yo iremos al piso de arriba. La avisaremos cuando pueda salir —le indicó Hildur —. Muchas gracias de nuevo por avisarnos de la llegada de Örn —añadió antes de marchar a grandes zancadas escaleras arriba.

Con el radioteléfono, Hildur comunicó a la patrulla en camino que habían entrado en la casa y que el sospechoso y el niño se encontraban en el segundo piso.

La moqueta de la escalera estaba llena de pelotillas y agujeros.

La escalera llevaba a un recibidor en el que había tres puertas.

Hildur echó un rápido vistazo a las estancias.

La primera puerta daba a la cocina, que estaba amueblada en tonos marrones y tenía un hornillo eléctrico bastante anticuado.

Sobre la mesa de la cocina había una bolsa de mandarinas.

Tras la segunda puerta había un despacho.

La puerta de la izquierda llevaba a un amplio salón.

Había dos cómodas butacas de cuero frente a un televisor de pantalla plana; un acuario cubría la pared más larga.

Al fondo del salón, dos figuras dormían en un sofá cama desplegado.

La figura más grande estaba tumbada de espaldas y completamente vestida.

Örn tenía el pelo rubio y revuelto. Entre la barba descuidada asomaban unos labios agrietados que se movían al compás de sus ronquidos.

La figura más pequeña estaba envuelta en una manta marrón claro y dormía hecha un ovillo junto a la pared.

Hildur calculó que el sofá cama estaba a varias zancadas de distancia y trató de determinar si conseguiría coger al niño en brazos sin que Örn se despertara. La patrulla de refuerzo llegaría en cualquier momento.

Se disponía a dar un paso hacia el sofá cama cuando los ronquidos cesaron como cortados por un cuchillo y Örn se levantó de un salto.

—Policía. Soy Hildur Rúnarsdóttir, de la policía de Ísafjörður. Éste es mi colega Jakob Johanson —informó con tranquilidad, tratando de establecer contacto visual con Örn —. Estamos aquí porque tu hijo debería volver a casa. Su madre está preocupada.

Örn, que había sido sorprendido en mitad del sueño, miró asustado a su alrededor por unos instantes, pero logró recomponerse de inmediato. Parecía comprender lo que había sucedido: su tía había alertado a la policía.

—¡Lilja! Somos familia. Vengo con mi hijo a visitarte y tú, maldita zorra, vas y llamas a la policía.

Los ojos de Örn ardían de odio. Se apoyó hacia delante, como para tomar impulso. Echando espumarajos, continuó lanzándole improperios a su tía, que estaba agazapada en el cuarto de baño del piso inferior. Örn tenía el cabello enmarañado, la ropa arrugada y apestaba a sudor.

—¡Y vosotros dos os podéis ir a tomar por culo! —gritó mientras gesticulaba en dirección a Hildur.

Se había producido un giro desagradable en los acontecimientos. Hildur trató de entablar conversación con el hombre. Jakob permanecía de pie en silencio detrás de ella, como refuerzo, tal como habían acordado.

De entre la manta asomó la cabecita de un niño pequeño con cara de asustado.

El flequillo rubio se le había aplastado contra el cojín durante la noche y ahora parecía que tenía una cresta de avefría.

El niño miró con reticencia a su padre y después a Hildur, y luego se hizo un ovillo junto a la pared, tratando de encogerse todo lo posible.

—Örn, tranquilízate. La madre del chico está preocupada por su hijo porque no le has dicho adónde ibas. Vamos a llevar al niño de vuelta a casa. Nosotros te acompañaremos.

—No te voy a entregar a mi hijo.

—Örn, ¿podrías echarte a un lado y sentarte en ese sillón? —Hildur señaló la silla de cuero negro con la cabeza. De forma instintiva, rozó con la mano el espray de pimienta que llevaba en el cinturón.

—Ni de coña. Mi hijo no va a ir a ninguna parte.

Ahora está conmigo porque estamos de vacaciones y las vacaciones no se dejan a medias.

—Örn cogió al niño de un tirón y lo apretó con fuerza en su regazo —.

¡No pienso renunciar a mi hijo jamás! —gritó, y retrocedió hacia la pared del cuarto de estar sin soltarlo.

El florero de la mesa baja cayó al suelo de madera y se rompió en pedazos. El agua del jarrón cayó sobre un periódico doblado al lado del sofá. El niño empezó a llorar.

—Suelta al niño —dijo Hildur elevando la voz.

Örn negó con la cabeza y apretó a su hijo con más fuerza. El llanto del chico había dado paso a hipidos de pánico.

—Suelta al niño si quieres evitar meterte en más problemas —indicó Hildur, y dio un paso hacia el hombre.

—No. Si das un paso más, saltaré por la ventana con el niño en brazos. No me provoques, joder.

Hildur retrocedió unos pasos.

—Si yo no puedo estar con mi hijo, nadie más podrá —murmuró Örn entre dientes. Se había quedado sin aliento y miraba hacia los ventanales.

Se estaban adentrando en terreno peligroso. Hildur sabía que podía derribarlo, aunque ignoraba si iba armado. Pero lo más importante era proteger al niño. No entendía la tardanza de la patrulla. Necesitaban refuerzos ya.

Jakob, de pie detrás de Hildur, carraspeó.

—Disculpa, ¿puedo decirte algo? —preguntó en inglés dirigiéndose a Örn.

—Y este extranjero atontado ¿de dónde ha salido? ¿Es que ya no nos podemos permitir policías islandeses o qué? —dijo Örn soltando una carcajada que más bien parecía un relincho.

—Lo cierto es que aún no soy policía de verdad. Estoy aquí de prácticas. Sólo quería decir que entiendo muy bien lo que se siente al estar en tu lugar —explicó Jakob lentamente sin dejar de mirarlo.

—Vaya, no me digas.

—Tengo un hijo de la misma edad, cinco años. Le gusta jugar a los bomberos y atrapar Pokémons. Hace mucho que no me dejan verlo porque su madre me lo ha arrebatado. He venido a Islandia porque no soportaba estar en casa.

Örn se quedó callado unos instantes.

—¡Estás mintiendo!

—Ojalá. Ojalá todo esto no fuera verdad. Pero lo es. Ella me quitó al niño. ¿Acaso crees que he venido a trabajar a un lugar como éste por placer?

—Así son esas zorras. Primero te hacen creer que son muy cariñosas y que están muy enamoradas. Te preparan el café por la mañana y te dejan la comida lista en la nevera. Entonces, desaparecen y se llevan al niño —dijo Örn, pensativo y con voz ronca.

—Exacto. Te amenazan y te llevan a juicio —añadió Jakob.

Hildur escuchaba en silencio la conversación sin perder de vista al niño que Örn apretaba en su regazo. Se dio cuenta de que el hombre había relajado un poco los brazos.

—Entonces, le dicen a la directora de la guardería que no pueden entregarme al niño y que deben llamar a la policía si me acerco al patio —continuó Örn.

Jakob asentía lentamente como muestra de aprobación ante las palabras del otro.

—Mi ex mujer se llevó al niño en mitad de un partido de fútbol.

Hildur comprendió que Jakob estaba tratando de prolongar la conversación. Lo estaba consiguiendo. Y ahora la atención de Örn estaba puesta en Jakob y no en el niño que sollozaba en su regazo.

—Se largaron de casa y no he podido ver a mi hijo desde entonces.

—Todavía tengo en el móvil un vídeo de cuando la policía vino a buscarme, aunque yo sólo había ido a recoger a mi hijo de la guardería —dijo Örn.

Empezó a buscar el móvil en los bolsillos de la sudadera y, por un momento, olvidó que tenía al niño en brazos. El pequeño cayó de pie al suelo y corrió asustado a refugiarse en la butaca más próxima, donde se acurrucó en posición fetal. Jakob se apresuró a protegerlo.

Örn se abalanzó detrás de su hijo, pero Hildur fue más rápida. Sacó el espray de pimienta del cinturón y le disparó a la cara. La espuma de capsaicina se extendió con un débil silbido. Örn cayó al suelo gritando y sujetándose la cabeza. Le ardían los ojos.

Hildur sabía que Örn tardaría al menos diez minutos en recuperar la visión y aprovechó para ponerle las esposas.

—Esto te va a doler un poco, cabrón —le susurró.

Los demás no la oyeron. Se sentó con todo su peso encima de la pierna de Örn, que aullaba de dolor tirado en el suelo.

—Lo siento muchísimo. Trata de no moverte para que no se nos enreden las piernas —dijo en voz alta.

Hildur buscó a Jakob. Lo vio sentado en un sillón con el niño en brazos. Le dijo «Gracias» sólo con los labios.

Luego levantó a Örn del suelo con una gran sensación de alivio.

Las cosas podrían haberse descontrolado peligrosamente.

Jakob parecía tener don de gentes, una virtud fabulosa en un policía.

Hildur recordaba que su querido instructor de trabajo de campo en la academia de policía siempre hablaba de la importancia de las habilidades sociales.

«La policía islandesa no puede llevar armas de mano; tiene que engatusar a los villanos con sus cantos de sirena», decía medio en broma.

Pero Jakob había controlado la situación de forma excelente.

Hildur estaba segura de que ella no habría sido capaz de hacerlo de un modo tan espontáneo y, por si fuera poco, en una lengua extranjera.

No podía dejar de pensar en la historia que había contado Jakob.

¿Qué tipo de vida llevaba en realidad aquel hombre en Finlandia?

Se oyó un vehículo de emergencias entrando en el patio.

—El sospechoso ha sido detenido. Estamos en el piso de arriba. Podéis subir y llevároslo a comisaría —informó Hildur por el radioteléfono.