Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Hildur aceleró para salir de la única rotonda del pueblo por la carretera principal.

Los locales la llamaban «autopista» porque, serpenteando a lo largo de la costa, llegaba hasta Reikiavik, pero no era más que una carretera de mala muerte.

En zona urbana no se podía circular a más de cincuenta kilómetros por hora, y en carretera, a noventa kilómetros por hora, aunque en los tramos sin controles de velocidad todos se saltaban las restricciones.

El cuentakilómetros de Hildur marcaba ya ciento diez.

Puso en marcha la sirena y las luces de emergencia.

Le encantaba conducir con mal tiempo; se imaginaba que iba sobre la tabla de surf. Frente a una ola o una curva, lo más importante era la velocidad de reacción. Si vacilabas, podías caerte de la tabla o tener un accidente fatal.

—¿Puedes contarme qué pasa? —preguntó Jakob, con el codo en la ventana del copiloto —. He llegado a la comisaría a mi hora, pero aún no me había quitado el abrigo y ya estaba sentado en el coche. Sólo sé que vamos a un lugar que empieza por u.

Jakob miraba los montones de nieve apilada a los lados de la carretera. Llevaba un grueso abrigo de plumas y un gorro de lana a rayas blanco y marrón hasta las cejas.

Hildur pensaba que parecía un turista de camino a un glaciar más que un agente de policía en prácticas.

Le gustaba su falta de presunción. Jakob había aceptado el cambio de planes con curiosidad y sin desconcierto.

No cuestionaba las costumbres locales ni criticaba su nuevo entorno.

Tampoco sufría el síndrome del turista; es decir, no la torturaba con interesantes observaciones sobre Islandia.

Unos años atrás, Hildur tuvo de pareja a un policía danés en prácticas que la sacaba de quicio: nunca dejaba de maravillarse por lo pequeño que era Ísafjörður, ni de extrañarse por lo largos que eran los trayectos, y para colmo se pasó el invierno quejándose de que no había beaujolais nouveau en la licorería del pueblo.

Jakob no tenía nada que ver con aquel tipo.

Había llegado a Ísafjörður con su bolsa de labores dispuesto a trabajar duro. Transmitía confianza en sí mismo.

Hildur lo miró de reojo y sonrió.

—No empieza por u. Vamos a Súðavík. —Jakob no dijo nada —. Es un pueblo de unos doscientos habitantes que está en el siguiente fiordo, como a un cuarto de hora de aquí. A diez minutos, para ser exactos.

Hildur pisó el acelerador. La carretera era recta y las máquinas quitanieves acababan de despejarla.

—Esta mañana hemos recibido una llamada de la policía de Akureyri, una ciudad del norte de Islandia. Una disputa sobre la custodia de un menor.

Hildur le resumió los detalles del caso.

En Akureyri vivían los padres de un niño de cinco años.

Estaban divorciados desde hacía varios años y la madre tenía la custodia.

Se había acordado un régimen de visitas con el padre, Örn, pero no había funcionado bien.

Örn no respetaba las horas de recogida y entrega de la madre, y la había amenazado muchas veces con que no le devolvería al pequeño.

Finalmente, Örn había cumplido su amenaza. Tenía el móvil apagado y nadie los había visto desde hacía varios días. La madre estaba desesperada.

—Qué horror —dijo Jakob.

Apagó el calentador del asiento. Hacía calor dentro del coche.

Esa mañana la policía de Akureyri había recibido una llamada de la tía de Örn.

La anciana vivía sola en una gran casa de madera en Súðavík.

Esa madrugada la había despertado el ruido de un coche.

Al levantarse para ver quién había entrado en el patio, se encontró con su sobrino Örn en la puerta.

Llevaba el niño dormido en brazos y envuelto en una colcha.

Le contó que estaba de vacaciones con su hijo y le pidió si podían quedarse hasta que pasara la tormenta de nieve y pudieran continuar el viaje.

La tía, conocedora de las miserias y los problemas de su sobrino, le preparó la cama en el cuarto de estar y ofreció té sin hacer preguntas.

Cuando Örn se quedó dormido, la anciana bajó al piso de abajo para telefonear a su hermana, que le confirmó sus sospechas: Örn se había llevado al niño sin el permiso de la madre.

La madre de Örn había llamado a la policía para informarles del paradero del menor y de su padre.

—¿Vamos a ir los dos solos allí? —preguntó Jakob.

—Sí. Al menos al principio. La policía móvil suele acompañarnos en este tipo de casos, pero han estado investigando una colisión frontal al otro lado del fiordo y no pueden venir tan rápido. Cuando lleguemos, entraremos en la casa.

En las comisarías de las zonas rurales, todos hacían un poco de todo.

Hildur investigaba delitos, conducía interrogatorios y analizaba pruebas.

A veces también se hacía cargo de casos urgentes, especialmente si había menores implicados.

En Reikiavik había trabajado en estrecha colaboración con los servicios de protección de menores, por lo que tenía más recursos que la mayoría de sus colegas.

Islandia era un país pequeño y tranquilo que había prosperado enormemente tras la Segunda Guerra Mundial.

Hoy en día, la renta per cápita de sus habitantes era muy alta.

Los viajes al sur, los todoterrenos y los equipos de home cinema eran normales para la mayoría de los islandeses.

Sin embargo, si se escarbaba un poco, emergía todo tipo de escoria.

Cada vez había más divorcios y, si había hijos de por medio, conflictos con las custodias compartidas.

Las leyes no actuaban aún con la suficiente firmeza contra la violencia doméstica.

Las agresiones a menores a menudo se daban en contextos de alcoholismo, lo que sucedía independientemente del nivel de ingresos.

Los ejecutivos combatían el estrés con carísimas botellas de vino francés, y los que no trabajaban ahogaban sus penas con la botella de aquavit más barata de la licorería.

Las consecuencias de esta vorágine casi siempre las pagaban los hijos.

—¿Cómo es ese tal Örn?

Esa mañana Hildur había consultado el LÖKE , la base de datos de la policía de Islandia. Örn tenía varias sentencias por delitos de violencia y venta de narcóticos.

—Es posible que se ponga violento, así que lo ideal sería que llegáramos antes de que se despierte. Las disputas por la custodia pueden desembocar en situaciones horribles.

—Por desgracia, eso no es nada nuevo para mí —dijo Jakob, y se quitó el gorro de lana. La calefacción del Škoda era realmente potente.

Hildur giró a la derecha y salió de la serpenteante carretera principal que rodeaba el fiordo para dirigirse al centro del pueblo, a los pies de la montaña cubierta de nieve.

Las montañas islandesas eran pequeñas para quienes estaban acostumbrados a los paisajes alpinos.

La forma chata de sus cimas se debía a las pesadas masas de hielo bajo las que habían surgido hacía miles de años.

A los pies de una de esas montañas se encontraba aquel pueblo.

—Qué planificación urbana tan extraña. ¿Por qué las casas están colocadas de ese modo? —preguntó Jakob mirando la fila de farolas, de casi dos kilómetros de largo, que alumbraba las fachadas.

Las casas estaban esparcidas por el fiordo una detrás de otra a lo largo de la costa. En mitad de la fila, se divisaba un enorme hueco.

—Un alud se llevó algunas casas por delante.

Hildur le explicó que ese pequeño pueblo de pescadores, incrustado entre la montaña y el mar, había sufrido una colosal avalancha en la década de 1990.

Hubo una veintena de víctimas mortales y decenas de casas destruidas.

Nunca se había vuelto a construir nada en ese lugar y aquel espacio vacío dividía el pueblo en dos partes: la nueva y la vieja.

La tía de Örn vivía en la parte norte del pueblo, detrás de un parque infantil llamado Raggagarður.

—Una madre del pueblo hizo construir ese parque infantil hace unos veinte años. —Hildur lo señaló por la ventana —. Fue en memoria de su hijo, que murió en un accidente de tráfico a los diecisiete años. Acababa de sacarse el carnet.

Jakob miró el parque. Las barras, columpios y carruseles estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve.

Hildur giró detrás de Raggagarður y apagó el motor del coche cerca de una casa. La máquina quitanieves aún no había pasado por aquella parte del pueblo y no podían llegar con el coche hasta la puerta. Tendrían que andar el último tramo.

Hildur bajó del coche y echó un vistazo a su alrededor.

Örn debía de haber dejado su coche un poco más abajo, a un lado de la carretera, aunque sus huellas ya se habían borrado.

Aquel lugar blanco e inmaculado parecía un confín olvidado de la tierra.

Casi todas las casas del pueblo seguían a oscuras, y por la parte vieja se veía cómo se movían los intermitentes naranjas de la máquina quitanieves.

El vaho de la respiración desaparecía en el frío aire invernal. Hildur y Jakob avanzaban a duras penas por la nieve.

—Vienes conmigo como refuerzo, pero no digas nada. La patrulla debería estar aquí en un cuarto de hora —dijo Hildur.

—Entendido. Seré el agente que no sabe hablar ni escribir —dijo Jakob.

Hildur lo miró con perplejidad.

—Es de un sketch finlandés sobre la policía; ya te lo explicaré.

Se acercaron a la gran casa de madera recubierta de chapa corrugada verde.

La chapa protegía las construcciones antiguas de las inclemencias del tiempo.

La tía de Örn vivía en la ladera, desde donde el paisaje se abría en todas direcciones.

La suya era la última casa del pueblo, por lo que el viento azotaba sus cuatro fachadas por igual.

Delante se erguía una estatua gris de un metro de altura que representaba la cabeza de un león asomando entre la nieve.

—Qué ornamento tan curioso —dijo Hildur al pasar por delante.