10. Noviembre de 2019, Ísafjörður
Hildur se despertó a las seis de la mañana con una opresión en el pecho.
Era una sensación familiar, como una colcha muy pesada de la que no puedes destaparte.
Aunque seguía cansada, ya no podría volver a dormirse.
Tenía la cabeza embotada y un sabor metálico en la boca.
Sabía por experiencia que la única forma de salvar el día era levantarse y hacer ejercicio.
Se hizo un moño rápido para entrenar en la alfombra del salón.
Primero, cinco minutos de estiramientos suaves y breves, y luego, cuatro veces la misma serie: veinte flexiones, veinte sentadillas, veinte abdominales y veinte dominadas.
Freysi había instalado una barra en el marco de la puerta.
Al terminar, se tumbó para calmar la respiración y bajar las pulsaciones.
Había conseguido sacarse de encima aquella colcha, al menos por un rato.
Tras sacudirse brazos y piernas, fue a la cocina y encendió la radio del alféizar.
Radio Nacional de Islandia emitía el parte del Instituto Nacional de Meteorología.
Escuchar las predicciones de viento, lluvia y frío en la voz tranquila y neutral del locutor le daba una cierta ilusión de control.
Como si aquel hombre le marcara los límites del día.
«Parece que ha llegado el invierno», pensó Hildur al descorrer las cortinas. Los cristales estaban cubiertos de escarcha y apenas se veía el exterior. Se acercó al vidrio y miró a través de la capa de hielo. Esa noche la tormenta había dejado medio metro de nieve sobre los coches del aparcamiento.
Sabía que sería una mañana ajetreada en la comisaría.
Todos los inviernos pasaba lo mismo: esos primeros días la gente olvidaba adaptar su conducción y se multiplicaban los accidentes.
La única rotonda del pueblo, donde los que llegaban tarde al trabajo seguían conduciendo como en verano, era uno de los puntos con más colisiones, junto con las plazas de parking estrechas.
Hildur puso café en el filtro, llenó el depósito del agua y encendió la cafetera. Oyó ruido en el dormitorio. Poco después, Freysi entró en la cocina con la bata de rayas blancas y negras que ella le había regalado por su cumpleaños.
«Le ha gustado», pensó Hildur mientras servía dos tazas de café.
—¿Llevas mucho tiempo despierta?
Hildur le dio una taza y se limpió con la mano el sudor de la ceja.
—Me desperté temprano. Me ha dado tiempo a hacer de todo.
Ella no hablaba con nadie de su insomnio ni de su ansiedad.
Se sentía a gusto con Freysi, pero no quería explicarle sus problemas.
Hablar de ellos no iba a hacer que desaparecieran.
Por eso la terapia no había funcionado. Aquella mujer de la chaqueta de punto la obligó a hurgar en su infancia, pero eso sólo aumentó su ansiedad.
Al final de la primera sesión, le recetó ansiolíticos y le recomendó que visitara a un endocrino para tratar su obsesión con el deporte.
Hildur se levantó y dio por terminada la terapia.
Con ese dinero se compró dos tablas de surf.
Freysi salió con su taza de café a fumar el cigarro del día.
Hildur no comprendía cómo podía ser tan deportista y tener hábitos tan poco saludables.
Fumaba como una chimenea, pero era capaz de correr decenas de kilómetros con una frecuencia cardíaca insólitamente baja.
Freysi era raro; no como ella, pero raro al fin y al cabo.
Su rareza le resultaba familiar: él tampoco encajaba en ningún molde.
Tras coger el azúcar moreno y el muesli de chocolate del armario, y la leche agria y una botella de aceite de hígado de pescado de la nevera, Hildur se sentó a desayunar a la mesa de la cocina.
Se comió el muesli con leche agria y un poco de azúcar, y luego una cucharada de aquel aceite.
Se tomaba en casi todos los hogares del país, sobre todo en invierno, cuando apenas veían el sol durante varios meses, por la vitamina D y los ácidos grasos.
«Me sabe mejor ahora que de niña», pensó.
Por aquel entonces, la dosis diaria le daba arcadas.
Hildur apartó una pila de papeles de la encimera.
Debían de ser rutinas de entrenamiento de Freysi.
Le picó la curiosidad y les echó un vistazo, pero no entendía nada.
Estaba lleno de palabras extrañas y de anotaciones a boli en los márgenes.
Los examinó con más detenimiento tratando de descifrar la apretada letra de Freysi.
Al notar un soplido en el pelo y una mano en el hombro, se sobresaltó y tiró el tazón al suelo de un manotazo.
—¡Joder!
Oyó una risa a su espalda.
—Mi intención era asustarte y parece que lo he conseguido.
Freysi había sido extremadamente sigiloso al entrar en la cocina.
—Te he visto ahí, con el trasero en pompa, tan enfrascada en los papeles que no he podido resistirme.
Hildur hizo un puchero y fingió estar ofendida, pero no tenía dotes de actriz.
—Un día me vas a provocar un infarto.
Recogió el tazón del suelo, que milagrosamente no se había roto, mientras Freysi limpiaba las salpicaduras de leche con una bayeta húmeda. Luego, enjuagó la bayeta bajo el grifo, la dobló y la depositó en el borde del fregadero.
—Tenía que contarte una cosa sobre esos papeles.
Hildur, que estaba llenando el lavavajillas, gruñó para indicarle que continuara.
—Últimamente me he dedicado a investigar mi árbol genealógico, y me gustaría comentar contigo algunas de las cosas que he encontrado.
Hildur se quedó congelada con una cuchara en la mano. Un estudio genealógico era algo muy personal. Su relación con Freysi no había llegado al nivel de hablar de sus amigos o de sus padres, mucho menos de parientes lejanos.
—Investigar el árbol genealógico es una clara señal de la llegada a la mediana edad. Creo que todavía no estoy en ese punto.
—Pero esto que te quiero explicar es muy interesante.
Freysi se apoyó en el fregadero con los brazos cruzados. Parecía totalmente dispuesto a seguir hablando del tema.
En ese momento se oyó el móvil de trabajo de Hildur.
Lo cogió del bolsillo de su jersey, colgado de la silla.
Al otro lado, la voz de Beta sonaba muy alterada.
Hildur no daba crédito a sus palabras, pero mantuvo la calma.
Había aprendido a poner la cara de póker de policía.
Mientras hablaba por teléfono, se ató los zapatos en el recibidor.
—Nos vemos en la comisaría dentro de diez minutos. Adiós.
Él la miró con gesto inquisitivo.
—Tengo que marcharme. Es urgente. Luego nos vemos.
Freysi enjuagó la cafetera y la dejó sobre un paño de cocina en la encimera. Hildur, ya con el abrigo y la capucha puestos, se despidió con la mano. Desapareció antes de que él pudiera responder.