Capítulo 9
Dos bacalaos de tamaño medio dan coletazos en el suelo de la barca.
Levanto el remo y golpeo al más grande en la cabeza.
Me quedo mirando al pequeño. El pobre sigue moviendo las branquias, como si tratara de mantenerse con vida.
Lo golpeo con fuerza en el cuello. No hay que dejar que un pez agonice demasiado rato.
El sufrimiento afecta a la calidad de la carne. Se debe al ácido láctico.
Llevo la barca de vuelta a la orilla. Me siento eufórico. Ha sido un éxito. Dos bacalaos. Son fáciles de limpiar y podré hacer un buen guiso. O quizá prepare una sopa.
Apago el motor y lo saco del agua. Las olas mecen la barca hacia la orilla. Por suerte, hay marea alta, así que no tengo que caminar mucho por el agua.
Arrastro la barca hasta la arena. Amarro la soga. Corto las cabezas y las agalla de los peces, y observo cómo se desangran.
Un pescador se convierte en depredador cuando lleva comida a casa.
La sopa de pescado borbotea en el fogón. Me sirvo un cuenco y lo llevo a la mesa, con un cucharón y una rebanada de pan. Me siento. Me centro en mi comida.
Sé que estoy haciendo lo correcto. Recibí la confirmación final cuando el sol llegó a lo más alto.
Llevaba todo el otoño preparándome para llevar a cabo mi plan.
Todo tenía que suceder ahora, siete años después de su muerte, pero una fuerza superior intervino en el juego y llevó una captura a mi red, totalmente inesperada.
Era una niña encantadora. Pero no podía hacer una excepción. De ningún modo.
El pescado más delicioso es el que uno mata con sus propias manos. Ahora tengo tiempo para centrarme y comer a mi ritmo. En la casa del tejado rojo, los demás me daban órdenes. No volveré allí jamás.
Según la palabra de Dios, la mano de los diligentes señoreará, mas la negligencia será tributaria.
A mí nadie me dará órdenes. Ya no.