Huellas en los fiordos (Hildur 1) 8. Julio de 2019, Hornstrandir
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8. Julio de 2019, Hornstrandir

El sol brillaba en el cielo despejado. El mar en calma relucía como una falda de lentejuelas.

No se oían las olas, ni el viento, sólo el trinar de pájaros.

Era temprano, pero la temperatura ya había alcanzado los quince grados.

Lísa decidió tomarse un descanso. Se sacó el cortavientos y lo sujetó con las cinchas a un lado de la mochila.

Llenó la cantimplora en un arroyo y dio un buen trago.

El agua helada se deslizó lentamente por su garganta.

Hacía un tiempo magnífico. El aire olía a heno y los pajaritos cantaban. Los islandeses lo llamaban « rjómablíða », de suavidad cremosa. Era demasiado bueno para ser verdad. Aquél iba a ser el mejor verano de su vida.

La semana anterior le habían comunicado que su nota de selectividad era suficiente para entrar en la Facultad de Medicina de la Universidad de Islandia.

¡Iba a ser doctora! Si todo iba bien y se aplicaba en los estudios, podría ser cardiocirujana.

Sonreía sólo de pensarlo. Había leído la carta de aceptación tantas veces que se la sabía de memoria.

Podía llegar a ser como los demás. Podía aspirar a lo mismo que la gente de su edad. Un buen trabajo, su propio hogar, quizá hijos. Y, lo más importante, podía ser una buena persona, como todos.

Llegar hasta allí no había sido fácil, ni mucho menos.

Hasta los dieciséis años había vivido con una familia de acogida en una granja del noroeste de Islandia.

Nunca había llegado a reencontrarse con sus progenitores.

Sus tutores eran sus únicos padres. Se ocupaban de ella desde que era una recién nacida.

Lísa había crecido en un hogar estable junto con otros dos niños.

Sus padres la habían querido igual que a sus hijos biológicos, pero a veces no podía evitar sentirse como una extraña.

Ese sentimiento se había ido reforzando con los años.

No la tenían en cuenta para escoger el programa de televisión por la noche o los planes de las vacaciones de Pascua.

Siempre era bienvenida a participar en las actividades familiares, pero a nadie le interesaba su opinión.

Poco a poco, fue distanciándose de ellos.

Tenía un carácter diferente y le gustaban otras cosas.

Lísa no quería seguir viviendo en el campo cuidando vacas y caballos; deseaba otra vida.

Cuando terminó la primaria, quiso continuar los estudios en Reikiavik.

El instituto del centro de la capital era uno de los mejores del país y muchos estudiantes del itinerario de Ciencias Naturales lograban entrar en Medicina.

Eso era lo que ella deseaba estudiar. Sus padres la ayudaron a encontrar y amueblar una habitación de alquiler, e incluso le dieron dos millones de coronas para que no tuviera que pedir un préstamo de estudios.

A pesar de la generosidad de sus padres, Lísa siempre pensó que parecían aliviados con su marcha.

Durante su primer año de instituto, fue a casa en Navidad y Pascua, pero luego las visitas se fueron espaciando.

Hasta los dieciocho años, le habían seguido ingresando dinero en la cuenta, y a veces aún le preguntaban por sus estudios.

Ella los había llamado por última vez las Navidades pasadas, y no había sabido nada de ellos desde entonces.

Lísa no era capaz de explicar por qué las cosas habían acabado así.

Su relación se había enfriado poco a poco hasta romperse por completo.

Pero ese día Lísa no quería pensar en cosas tristes.

Al fin y al cabo, había conseguido su sueño: una plaza en la Facultad de Medicina.

Además, tenía una relación muy cercana con Pétur y Margrét, el cariñoso matrimonio de jubilados que le alquilaba la habitación en Reikiavik.

Eran como una familia para ella. Margrét, ex profesora, la había ayudado a preparar los exámenes de química y matemáticas, y Pétur siempre la animaba a cultivar aficiones al aire libre.

Esta excursión la había organizado Pétur: le había comprado los billetes de autobús y barco a la reserva natural, se había encargado de reservarle los albergues y se había asegurado de que llevara ropa y provisiones suficientes para una excursión de tres días.

Hacía mucho tiempo que Lísa quería visitar la península de Hornstrandir.

Sus compañeros del club de senderismo publicaban constantemente fotos de la reserva natural en las redes sociales.

Acantilados de vértigo cayendo en el mar, zorros árticos vagando por la costa, extensiones de prados interminables.

Había decidido que si entraba en Medicina lo celebraría en aquellos parajes. Sacó del bolsillo de los pantalones una bolsa de siluro deshidratado y arrancó un trozo. Saciante y rico en proteínas, era un manjar para las excursiones.

Ese día había salido de la playa de arena de Aðalvík, seguido por el valle de Reyðardalur a través de la meseta y de allí había llegado a Hesteyri.

Era una ruta técnicamente sencilla, con sólo unos trescientos metros de pendiente, aunque Lísa había rodeado las montañas más altas.

Eso había añadido kilómetros al trayecto, pero también lo había hecho más seguro.

Cuando una caminaba en solitario, debía reducir los riesgos al mínimo. Eso le había enseñado Pétur.

Tras cinco horas de caminata y un par de breves descansos para reponer fuerzas, Lísa vio un albergue como el que le había descrito Pétur. Se trataba de una pequeña cabaña de verano pintada de negro que ofrecía plazas de alojamiento a senderistas.

Antes de entrar, Lísa se quitó las botas y dejó las plantillas aireándose en el patio. A las botas también les vendría bien airearse un poco. Abrió de un tirón agarrando el pomo de madera.

—¡Hola, buenos días!

Nadie contestó. En el pequeño recibidor de la entrada, vio una nota escrita a mano en un taburete amarillo de madera: «He salido, estoy cogiendo hierbas aromáticas en el prado.

Las literas están al fondo del pasillo, puerta de la derecha.

Estáis en vuestra casa. Volveré antes de anochecer.

Pago en efectivo. Hay sopa de pescado en la olla. »

Lísa fue al dormitorio. Cogió el saco de dormir y lo desplegó sobre la litera inferior de la izquierda.

Para su sorpresa, las camas tenían sábanas y almohadas.

No era muy habitual en este tipo de alojamiento.

Intentó que sus cosas ocuparan poco sitio; seguramente llegarían más excursionistas por la noche. En esta zona casi no había albergues.

El suelo crujía agradablemente a cada paso. Se le hizo la boca agua con el delicioso aroma a sopa de pescado que salía de la diminuta cocina. Los tazones y las cucharas estaban ya dispuestos en la encimera junto al hornillo.

Lísa se sentó a la mesa de la cocina con su cuenco humeante.

Se echó un poco de pimienta de un recipiente blanco con forma de delfín.

Una mosca aleteaba furiosa en la ventana.

Se levantó para abrir: le reconfortó verla en libertad.

Se quedó un momento maravillada ante el paisaje.

Las olas rompían suavemente en la arena negra de la playa.

La cima plana de las montañas se perfilaba contra el cielo azul.

Se notaba cansada por la caminata, pero tenía la mente clara y despejada, además de un hambre atroz.

Le apetecía muchísimo la sopa. El cocinero no había escatimado con los ingredientes.

Los trozos de pescado eran grandes. La zanahoria y la cebolla estaban en su punto; no se hacían puré, tenían una textura firme y agradable.

Llevaba tomate, hojas de laurel y sal. Debía acordarse de darle las gracias al cocinero.

Era la sopa más deliciosa que había comido en su vida.

Fue su última comida.