7. Noviembre de 2019, Ísafjörður #2
A Jakob no le extrañó esta normativa; a fin de cuentas, la policía noruega tampoco llevaba armas de fuego.
Sin embargo, este asunto de las armas reglamentarias de la policía era polémico, pero todavía no se habían producido cambios en la legislación.
Los islandeses no eran contrarios a las armas.
Muchos de ellos practicaban la caza, por lo que había una gran cantidad de armas repartidas por todo el país.
Beta no las echaba de menos. Según su experiencia, un agente de policía islandés normal y corriente rara vez necesitaba un arma en Vestfirðir.
—Si nos enfrentamos a una situación peligrosa, avisamos a la unidad especial de policía armada de Reikiavik. En los últimos diez años, hemos recurrido a ellos una sola vez.
Jakob asintió, abrió su bandolera de cuero y sacó un trozo de jersey de lana gris perla. Se dispuso a organizar los hilos. Hildur y Beta lo observaban en silencio.
—¿Os molesta que teja mientras hablamos?
—Ni mucho menos. Sólo me ha sorprendido tu rapidez. Apenas llevas veinticuatro horas en Islandia y ya has tejido medio jersey —dijo Beta, sorprendida de los buenos acabados de la pieza. «Dudo que esta sea su primera labor», pensó. Lamentó no haber sacado tiempo para tejer en los últimos años.
Jakob la miró y cogió las agujas.
—En Finlandia no se considera una afición muy masculina que digamos, así que estoy acostumbrado a las miradas. Tejer me ayuda a organizar mis pensamientos. Me da paz para afrontar el día a día.
Hildur observaba fascinada su destreza con el hilo de lana.
—Beta, igual tú y yo también deberíamos empezar a tejer.
—Habla por ti, que yo soy muy zen. Tejería si tuviera tiempo, pero últimamente los niños no paran de caer enfermos y mi marido siempre está viajando por trabajo —explicó Beta estirando los brazos —.
Tengo una videoconferencia con Reikiavik en breve.
Algo de planificación administrativa, creo.
Ventajas de ser la jefa... —añadió de camino a su despacho.
Hildur y Jakob se quedaron solos. Hildur miraba a su nuevo compañero.
Le gustaba lo que veía. Jakob parecía ser un tío decente con el que sería fácil llevarse bien.
Ni demasiado estirado ni un auténtico cretino.
Quizá fuera un poco parco en palabras, aunque eso podría deberse a la barrera lingüística.
Después de charlar un rato sobre las academias de policía en Finlandia y en Islandia, Jakob se puso a leer un folleto informativo sobre la policía islandesa y Hildur se enfrascó en sus tareas administrativas. La oficina se llenó con el sonido del teclado y el tintineo de las agujas de tejer.
Al cabo de un rato, Jakob rompió el silencio.
—¿Ésas son tus hijas?
Se refería a una fotografía tamaño postal de dos niñas con coletas y monos de nieve. Hildur había colgado la foto en un panel de corcho cerca de la mesa.
—No.
Hildur siguió con los papeles rezando para que Jakob diese por terminado el interrogatorio.
Era una de las pocas fotografías de sus hermanas que había encontrado entre las pertenencias de sus padres.
En realidad, era posible que fuera la única.
Como pasaba más tiempo en el trabajo que en casa, había colgado la foto en la pared de la oficina.
Había olvidado esconderla en el cajón antes de que llegara su nuevo compañero.
«Maldita sea», pensó. No tenía ningunas ganas de hablar de ello.
—Es que se parecen mucho a ti —dijo Jakob mientras cambiaba de hilo.
—Son mis hermanas —respondió Hildur en voz baja —. Bueno, eran.
Siguió mirando fijamente los papeles que tenía delante para darle a entender a Jakob que no quería seguir hablando del tema.
—Lo siento, no era mi intención ser entrometido.
El semblante de Jakob había cambiado de repente: seguía tejiendo, pero con la cara tensa y la mirada baja.
Hildur sintió un leve remordimiento. Puede que hubiera sido demasiado brusca.
Jakob no había preguntado con mala intención.
Sólo trataba de conocerla y la foto de las niñas era una excusa para preguntar.
Una foto en la pared era una invitación a hablar sobre ella; era ella quien la había dejado ahí olvidada.
Respiró hondo un par de veces. No sabía qué decir.
Si dependiera sólo de ella, no diría nada en absoluto.
Pero tarde o temprano Jakob acabaría enterándose de todo y algunas de las historias que circulaban sobre sus hermanas eran completamente inventadas.
Quizá lo mejor fuera contárselo ella misma; así, se evitaría tener que corregir los chismes.
Además, ahora eran pareja de trabajo, y deberían poder confiar el uno en el otro.
—No quería ser borde. Es que es un tema un poco complicado.
Jakob dejó de tejer y no dijo nada. Le dio el espacio para hablar sin presionarla.
—Son mis hermanas pequeñas, Björk y Rósa.
Hildur le contó que habían desaparecido hacía veinticinco años. Un día no volvieron a casa después del colegio.
—Tenían seis y ocho años cuando desaparecieron. Esa foto fue tomada el mismo invierno que...
—Qué horror. Lo siento muchísimo —dijo Jakob, y parecía totalmente sincero. Su expresión se había relajado y su mirada volvía a expresar franqueza.
Hildur se frotó las sienes.
—La gente hace muchas conjeturas, aunque nadie sabe lo que pasó. Habían ido al colegio, pero no subieron al autobús de vuelta por la tarde.
Lo más duro seguía siendo la incertidumbre.
Nadie parecía saber nada. Nadie vio a sus hermanas después de la escuela.
Sus padres las buscaron desesperadamente.
Los vecinos y la policía removieron cielo y tierra.
Incluso se movilizó un equipo voluntario de rescate, pero todo fue en vano. No se encontró ni rastro de las niñas.
—Fue como si de pronto hubieran desaparecido de este mundo —dijo Hildur, e hizo un sonido de globo deshinchándose —. Se esfumaron. En un abrir y cerrar de ojos.
Muchos pensaron que las niñas se habían ahogado en el mar o perdido en la montaña durante la tormenta de nieve. Pero nunca se encontró ningún indicio.
—Mis padres jamás llegaron a recuperarse. Murieron poco después de la desaparición.
Los días posteriores a la desaparición, la madre de Hildur se pasaba horas y horas delante del espejo cepillándose furiosamente el pelo.
Hildur recordaba su cuero cabelludo en carne viva y sangrando.
No hubo manera de que su madre dejara de cepillarse.
Finalmente, se cortó el pelo al rape y empezó a usar pañuelos.
—Planeaban vender la casa y mudarse a la capital, lejos del fiordo. No creo que hubieran sido felices allí, pero quedarse aquí no era una opción para ellos.
—Ya. A veces es mejor marcharse y cambiar de aires para poder seguir respirando —dijo Jakob sin dejar de avanzar con su labor.
Hildur se miró las manos e hizo una breve pausa antes de continuar.
—En cualquier caso, nunca llegaron a mudarse. Murieron en un accidente de tráfico un año después de la desaparición de mis hermanas. Y ahora yo me dedico a investigar accidentes de tráfico y dirijo la unidad de menores desaparecidos en la Islandia rural. Qué ironía, ¿no te parece? ¿Tienes hijos?
—Sí, un niño de cinco años, Matias, pero ahora vive en Noruega.
—¿En Noruega?
—Es una larga historia. Otro día te la cuento, si te parece bien.
Hildur comprendió que no merecía la pena seguir preguntando.
Hablaron un buen rato sobre las rutinas diarias en la comisaría y luego Hildur aprovechó para repasar los dos casos más urgentes.
Los propietarios de una planta local de procesamiento de pescado parecían estar utilizando mano de obra ilegal.
Habría que llevar a cabo un registro y hablar con los supervisores y los trabajadores.
También tenían que preparar el interrogatorio de Jón, de Fjallavegur, y una presentación para la reunión de la Federación de Hogares de Acogida.
Al final de la jornada, Hildur le explicó dónde estaba la piscina climatizada del pueblo, le mostró en el mapa algunas rutas para salir a correr y le recordó que el supermercado cerraba a las siete de la tarde.
Hildur fue la última en salir de la oficina, después de desenchufar la cafetera y apagar las luces. La oscuridad ya era total a las cinco de la tarde. Pasó por el restaurante para comprar unas pizzas de pepperoni. Mientras esperaba, envió un mensaje a Freysi, que la invitó a su casa.
Al llegar a su edificio, no subió por la escalera de la fachada, sino que fue por el patio trasero, donde estaba la entrada de Freysi.
Abrió la puerta y entró en el recibidor.
El suelo crujió de forma acogedora, como hacían los viejos edificios de madera.
Freysi la esperaba con una fina camiseta blanca y unos pantalones de deporte muy ceñidos.
Cogió las pizzas con una sonrisa mientras Hildur se quitaba la parka de capucha peluda y buscaba un hueco en el perchero.
—La esperada visita sorpresa de la detective. Acabo de llegar de correr, así que hoy ya no tengo que volver a salir.
Las casas viejas tenían recibidores pequeños.
Freysi vivía solo, pero su perchero estaba a rebosar de abrigos.
Hildur colocó su parka encima y el mueble crujió de forma amenazante.
Los estantes del pasillo, de una conocida tienda de muebles sueca, estaban repletos de guantes, gorros y ropa de correr.
Cuando pareció que la parka iba a quedarse en su sitio, Hildur se alejó con cuidado del perchero.
—Quizá deba hacer un registro exhaustivo de la propiedad —le advirtió apretándole el brazo.
—Sólo si puedo registrar primero a la señorita inspectora.
Freysi le besó la nuca.
—Bueno, primero vamos a comernos esas pizzas —dijo Hildur entrando en el cuarto de estar y cerrando la puerta.
Esa noche cayó una fortísima nevada. A la mañana siguiente, había llegado el invierno.