7. Noviembre de 2019, Ísafjörður
Beta abrió la nevera de la sala de descanso de la comisaría. Recordaba que había una pizza margarita Dr. Oetker en el congelador y quería calentársela para comer. Pero se llevó un chasco. Tras mirar unos segundos el contenido, o, mejor dicho, lo poco que quedaba, cerró la puerta de golpe.
Fue al despacho y cogió el teléfono de su mesa con rabia.
En ese pequeño pueblo, la jefa de policía, además de llevar investigaciones y hacer trabajos de administración, tenía que encargarse de todas las tareas rutinarias que nadie podía asumir por falta de tiempo.
El presupuesto no llegaba para contratar a un ayudante.
Ni siquiera podían permitirse un guardia de prisiones.
Cuando algún camorrista pasaba la noche en el calabozo, alguien tenía que quedarse a hacer horas extra.
Beta llamó a Júlíus. Después de dos tonos de llamada, una sosegada voz de hombre respondió al teléfono. Beta se presentó, aunque sabía que Júlíus reconocería su número.
—Tenemos un pequeño problema. El congelador está lleno de hielo. Por lo menos hay una pizza atrapada. Hace días que la nevera hace un zumbido fuerte. Habría que echarle un vistazo.
Beta gruñó un par de veces y colgó el teléfono satisfecha. Júlíus Arason, el encargado de mantenimiento del municipio, estaba en el pueblo de al lado purgando los radiadores del centro de negocios. A finales de semana iría a cambiar la nevera de la comisaría.
Había un restaurante bastante decente al lado de la comisaría.
El olor a salchichas grasientas llegaba hasta allí.
Beta estaba muerta de hambre, así que decidió bajar a buscar un par de perritos calientes con todos los complementos.
Sería más fácil aguantar el largo turno de trabajo con el estómago lleno.
En la puerta, se topó con Hildur y un hombre que le seguía los pasos.
—Elísabet, éste es Jakob, el finlandés. Llegó hace un par de días. Jakob, ella es Elísabet Baldursdóttir, nuestra jefa.
En Islandia nadie usa los apellidos, todos se presentan con el nombre de pila y se tutean.
—Un placer —dijo Jakob tendiéndole la mano.
Elísabet se la estrechó y saludó a su nuevo subordinado. Le gustó desde el primer momento. Le causó la misma impresión en persona que por videoconferencia: tranquilo, curioso y no tan joven.
—Puedes llamarme Beta, si quieres. Todo el mundo me llama así.
Se ofreció a comprarles algo para comer, pero ellos no tenían hambre.
—Ahora hablamos —dijo Beta, y salió apresurada.
Hildur y Jakob entraron en la comisaría. Una escalera llevaba al segundo piso, donde había un vestíbulo amueblado con dos pequeños sofás y una mesa con un montón de revistas viejas apiladas. Una foto del presidente de Islandia y un mapa enmarcado decoraban las paredes, de un tono gris claro.
—Las investigaciones las llevamos Beta y yo, y a partir de ahora también tú.
De los turnos de patrulla se encargan siete compañeros un poco más jóvenes.
Magnús y Ari han salido este año de la academia, Sigga lleva ya unos años sobre el terreno, y Tómas se graduará la próxima primavera.
Después están Elin, Atli y Svenni, que no tienen formación, pero qué le vamos a hacer.
—¿No tienen formación?
Jakob quiso asegurarse de que había oído bien.
—Exacto. No hay manera de atraer a agentes con formación policial a estos parajes, así que no nos queda otra que jugar las cartas que nos han tocado.
En las parejas de trabajo, al menos uno debe tener formación oficial como policía, pero el otro puede ser un conductor de carretillas elevadoras al que han despedido de la fábrica de conservas.
—Pero ¿cómo es posible?
Jakob no podía disimular su desconcierto.
—Bueno, de alguna forma, funciona —dijo Hildur con un encogimiento de hombros.
Se detuvieron ante el enorme mapa. Los límites de Vestfirðir estaban marcados en rojo.
—Básicamente, hay valles y montañas —dijo Jakob, que observaba el mapa y se mesaba la barba.
Sabía que no había ido a ningún núcleo urbano. Vestfirðir era la región menos habitada de Islandia y las distancias eran largas. Entre sus pueblos podía haber una distancia de cientos de kilómetros.
—¿Quieres decir que diez policías se encargan de todo lo que suceda en esta región, incluyendo el tráfico?
Hildur tocó dos pueblos marcados con alfileres amarillos.
—Estos pueblos tienen una pequeña comisaría. En cada una hay cuatro agentes de policía. Si alguien cae enfermo, nos prestamos el personal de un pueblo a otro.
Jakob miró los nombres llenos de consonantes en los extremos de varios fiordos y pensó que tardaría en aprender a pronunciarlos bien.
Del vestíbulo del piso superior salía un estrecho pasillo sin ventanas en el que había tres puertas.
La primera era el despacho de Beta; la segunda, la sala de descanso, y la tercera, una pequeña sala de reuniones.
Al final del pasillo había un espacio de trabajo diáfano y una ventana orientada al sur, con vistas al fiordo y a las montañas.
Hildur encendió las luces del techo.
—Éste es nuestro despacho. Puedes sentarte ahí, frente a mí. Si quieres un biombo, puedo ir a buscarlo al almacén del primer piso.
Al lado de la mesa de madera había una cajonera con ruedas y una maltrecha silla de oficina revestida de tela.
—Los baños, las duchas y los vestuarios están en el piso de abajo, al igual que las celdas. En la cocina hay una nevera que apesta y un horno. Aquí al lado hay un pequeño restaurante que sirve comida de ocho de la mañana a once de la noche.
—Estupendo —dijo Jakob, y se sentó en la que iba a ser su silla.
Beta apareció en la puerta con dos perritos calientes.
—Veo que ya habéis entrado en calor. ¿Nos quedamos aquí mejor? Mi despacho es un caos absoluto y si nos metemos tres se acaba el oxígeno.
Beta se sentó en un taburete junto a la pared. El olor a salchichas llenó la estancia.
—Vamos a hacernos un café primero, así te enseño cómo funciona la máquina. Bueno, tomas café, ¿no? —preguntó Hildur.
—Por supuesto. Sin leche y con azúcar, si hay.
Hildur preparó dos tazas con la cafetera de cápsulas. Puso una cucharadita de azúcar en una, miró a Jakob, añadió una segunda, y volvió a mirarlo con cara de interrogación.
—Una más. Es mi único vicio —dijo el finlandés con una sonrisa.
Hildur negó con la cabeza con incredulidad.
—Aquí tienes tu azúcar con café. Te ha tocado la taza roja de la Alianza Socialdemócrata, Samfylkingin . En ese armario tenemos tazas de todos los partidos políticos y todos los equipos de fútbol.
De vuelta en el espacio de oficina, Beta repasó las cuestiones prácticas.
—Hildur será tu pareja de trabajo durante el periodo de intercambio.
Me han dicho que tienes especial interés en las actividades de la unidad de menores desaparecidos.
Colaborarás con ellos y además ayudarás en las investigaciones criminales.
Vosotros os comunicaréis en inglés, pero Hildur será la encargada de hablar sobre el terreno.
—Comprendido.
Jakob no sabía islandés, pero hablaba noruego de forma fluida y confiaba en que lo ayudaría a aprender islandés.
—Islandia siempre ha tenido una relación estrecha con Estados Unidos.
Aquí casi todo el mundo sabe inglés. Sin embargo, no todos se atreven a hablarlo, así que debemos ser comprensivos.
Si tienes alguna duda, puedes preguntarnos a Hildur o a mí.
Somos una comisaría muy pequeña, pero responsable de un área muy grande.
Aquí no hay allanamientos de morada ni robos de vehículos y los homicidios son contados.
—Parece el valle de los Mumin —dijo Jakob.
Las dos mujeres sonrieron. Los Mumin, los entrañables personajes de la literatura finlandesa, eran muy conocidos en Islandia.
—Se produce una media de un asesinato al año.
Pero tenemos otros problemas que nos ocupan a diario —se apresuró a aclarar Hildur, refiriéndose a los conductores borrachos o sin carnet, a la violencia doméstica y a los delitos relacionados con las drogas.
Los delitos sexuales también habían aumentado en los últimos años.
—En Finlandia pasa lo mismo.
Jakob explicó que en realidad lo que se reflejaba en las estadísticas era que habían aumentado las denuncias.
Hildur y Beta reconocían el patrón. Las víctimas cada vez se atrevían más a hablar y denunciar su caso.
En muchos sentidos, Islandia era un modelo de igualdad.
Fue el primer país que tuvo una presidenta elegida democráticamente, hacía años que existía una ley de igualdad salarial y su modelo de permiso de paternidad animaba a los padres a quedarse en casa con sus bebés desde hacía un par de décadas.
Sin embargo, las agresiones sexuales, sobre todo cuando las víctimas eran mujeres, a menudo quedaban ocultas, en especial si se producían en el ámbito familiar.
Y cuanto más influyente o conocido era el agresor, mayores eran las probabilidades de que no se presentara denuncia.
Se pactaban acuerdos y se compraba el silencio de la víctima.
El movimiento «Me Too» había contribuido a visibilizar esta realidad.
—Ahora la mierda sale a la superficie con más facilidad —dijo Hildur antes de acabarse el café de un solo trago.
Beta miró el reloj. Tenía una reunión por videoconferencia en unos minutos. Necesitaba terminar rápido.
—Te proporcionamos el uniforme y todo el equipamiento. Esposas, porra extensible y espray de pimienta. Puedes ir con Hildur al almacén del primer piso y recoger todo lo que necesites.
—¿Y el arma reglamentaria? —inquirió Jakob.
—Los agentes de policía islandeses no llevan armas de fuego. Están guardadas bajo llave en una caja dentro de los coches patrulla. Para usarlas, necesitan el permiso específico del jefe. Como no tienes autoridad policial en Islandia, no puedes utilizar un arma —le explicó Beta.
—Entendido.