Capítulo 5 #2
—Excelente —repitió él con regocijo.
Había sobrevivido a treinta y cinco minutos de turbulencias.
—Bienvenidos a Ísafjörður. Por favor, permanezcan sentados en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado hasta que se haya apagado la señal luminosa —dijo la azafata por el micrófono, primero en islandés, después en inglés.
Luego abrió la puerta, en la parte delantera del avión, y una escalerita descendió hasta tocar el frío asfalto del aeropuerto.
El viento se coló en la cabina. Los pasajeros, con abrigos, gorros y guantes, fueron saliendo uno por uno.
Jakob, sentado en primera fila, había dejado el abrigo y la mochila en el compartimento superior del equipaje.
No pudo abrir el maletero hasta que el pasillo quedó vacío.
—¡Nos vemos! —le dijo la azafata antes de salir.
Jakob se habría jugado los ovillos de su jersey a que lo estaba mirando mientras bajaba del avión. Notaba una agradable sensación de calidez en la espalda. Luego anduvo los cien metros que separaban el avión del edificio de la terminal, recubierto de chapa corrugada.
Los veinte pasajeros se agruparon en torno a la cinta de las maletas esperando a que saliera el equipaje de la bodega.
Finalmente, se abrió la escotilla de la pared y un empleado del aeropuerto fue colocando las maletas sobre la cinta.
Jakob cogió su mochila gris. Tenía esa mochila con ruedas desde el Interrail por Europa.
Allí había conocido a Lena, en el puesto de información turística de la caótica estación de ferrocarril de Budapest. Lena también viajaba sola, en su caso desde Noruega, y decidieron hacerse compañía.
Pasaron una semana romántica en Budapest. Tras caminar por la orilla del Danubio, bañarse en aguas termales y visitar las antiguas bodegas de la parte de Pest, se dieron cuenta de que estaban enamorados.
Fue como en la película Antes del amanecer , pero sin estar en Viena ni separarse el último día del viaje.
Se fueron a vivir juntos a Noruega, y más tarde se mudaron a Finlandia por el trabajo de Jakob.
Jakob echó un vistazo a aquella miniatura de aeropuerto. Sentada en un sofá de cuero de la sala de espera, había una mujer de pelo negro con un abrigo largo hasta los tobillos. Tenía más o menos su edad, expresión severa y un papel en la mano con el nombre de «Jacob».
Jakob se acercó, le tendió la mano y se presentó en inglés.
—Supongo que has venido a recogerme. Soy Jakob, con ka.
Jakob había nacido y vivido unos años en Alemania por cuestiones de trabajo de sus padres. Quizá por eso le pusieron un nombre internacional.
La fuerza de la mujer lo cogió desprevenido: le había apretado la mano como si fuera una barra de halterofilia.
—Yo soy Hildur, con hache. Encantada de conocerte. ¿Qué tal ha ido el vuelo?
—Ha sido horrible, pero he salido indemne.
Hildur miró hacia la puerta de salida, estrujó el papel y lo tiró a una papelera.
—Hoy te llevaré a tu casa de alquiler y te enseñaré dónde está la comisaría. Empezarás a trabajar mañana por la mañana.
«Directa al grano, sin florituras», pensó Jakob, que asintió con la cabeza. Hildur le quitó la mochila y echó a andar arrastrándola.
—Hoy eres el invitado. A partir de mañana, ya podrás cargar tu equipaje.
Las puertas de cristal daban paso a un ventoso aparcamiento rodeado de enormes montañas con la cima plana. Jakob miraba la cordillera pensando en que acababa de sobrevolarla a bordo de un avión de hélices.
Hildur lanzó la mochila dentro del maletero del Škoda y lo cerró de golpe. Jakob se sentó en el lado del pasajero.
—Gracias por venir a buscarme. Supongo que no habrá taxis en un pueblo tan pequeño.
—Por supuesto que hay, al menos dos, pero me apetecía venir a buscarte. Vamos a ser compañeros de trabajo, y quería ver a quién nos habían mandado —dijo Hildur poniendo el coche en marcha.
Se oyó un bocinazo a su lado y Jakob dio un respingo. La azafata, al volante de un enorme Toyota Land Cruiser rojo, lo saludó con una sonrisa. Jakob apenas había alzado la mano cuando ella pisó el acelerador y salió del aparcamiento a toda velocidad. Era Guðrún Davíðsdóttir, la reina de los cielos.
Hildur miró a Jakob con curiosidad.
—Nos hemos conocido en el avión. Ha hecho lo posible por aliviar mi angustia en los momentos más críticos a bordo.
Hildur sonrió.
—¡Es su especialidad! La conozco bien; fuimos compañeras de colegio. En invierno trabaja de azafata y como sustituta en la guardería. Y en verano hace de guía, acompañando a turistas, e incluso consigue que los yanquis hagan fila de forma ordenada.
—¡Cuántos empleos!
—Así es la vida en la isla. Todos hacen un poco de todo. —Hildur puso el intermitente —. Guðrún es bastante... atrevida. Pero también tiene su lado sensible: ha montado una tienda de lanas en el pueblo.
«¡Qué casualidad!», pensó Jakob apoyando la cabeza en el respaldo del coche.
Empezaba a anochecer. Miró el paisaje a su alrededor.
El pueblo estaba frente a ellos; parecía pequeño y con poco tráfico.
La cálida luz naranja de las farolas de la carretera se reflejaba sobre la oscura superficie del mar.
Era una imagen reconfortante. Jakob sintió que había llegado, si no a casa, al menos a una especie de parada intermedia.