Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

—No se preocupe, señor, esto es completamente normal.

La azafata trataba de tranquilizarlo, pero Jakob tenía los nudillos blancos de aferrarse a los reposabrazos. Su cara también estaba lívida como la nieve.

El avión de hélices perdió un par de metros de altitud. Para Jakob fue como un puñetazo en el estómago y dejó escapar un gemido.

—¡Dios mío! ¿Estamos cayendo en picado? —dijo mirando a la azafata, en el asiento del personal de vuelo.

Jakob Johanson ocupaba un asiento del pasillo, pero su hilera estaba vacía y veía el paisaje por la ventana ovalada.

Detrás de un velo de nubes, se divisaba una inmensa extensión deshabitada y estrechas franjas de mar entre las montañas.

El paisaje de los fiordos resultaba extraño desde las alturas.

Las cimas eran tan planas que parecían cortadas a cuchillo.

Pero Jakob no podía disfrutar de las vistas. El avión volvió a dar una sacudida y se agarró a los reposabrazos. La azafata le sonrió cerrando un instante los ojos. El típico gesto para transmitir calma y seguridad: «Esto ya lo he vivido antes. Confía en mí.»

—No vamos a caer. Estas turbulencias son normales. Se producen cada vez que el avión pierde altitud mientras sobrevuela las montañas y vira hacia el fiordo.

«¿Ha dicho “cada vez”? ¿Siempre hay estas turbulencias espantosas?», pensó Jakob, alarmado.

Sabía que ese avión de hélices volaba entre Reikiavik e Ísafjörður dos veces al día durante todo el año. Y le habían advertido que los cambios de horario y las cancelaciones eran habituales en ese trayecto, debido a la mala visibilidad o a los fuertes vientos.

La azafata inhaló profundamente y le explicó que las condiciones de vuelo eran excepcionales ese día.

Jakob había observado aquella curiosa costumbre de los locales en el aerobús: antes de decir algo que les parecía importante, hacían una gran inhalación.

Posiblemente fuera para dar énfasis a sus palabras, pero a Jakob le daba la impresión de que su interlocutor estaba agonizando.

Él también se sentía así ahora. El avión volvió a vibrar y se inclinó con brusquedad.

Había llegado de Finlandia esa misma mañana y, en el mismo aeropuerto, había decidido tomar un vuelo nacional a Ísafjörður.

Si hubiera ido en coche, habría tardado más de seis horas.

Y no se había visto con ánimo de lidiar con un vehículo de alquiler, sobre todo en aquella época del año en la que anochecía tan temprano.

—Aterrizaremos en diez minutos. Puedes seguir disfrutando del paisaje —le dijo la azafata con voz suave y señalando la ventana con la cabeza.

—No creo que pueda. Me limitaré a esperar a que esto pase cuanto antes.

Jakob trató de sonreír, pero sólo pudo hacer una mueca.

—¿Vas a quedarte mucho tiempo en Ísafjörður? —le preguntó la azafata para distraerlo.

—Por lo menos seis meses. He venido a trabajar.

—¡Vaya, todo el invierno! Tendrás que hacer este trayecto cada vez que necesites ir a Reikiavik.

—La próxima vez iré en bici.

Jakob vio que se aguantaba la risa. «¡Menudo ridículo!

», pensó. La miró con detenimiento por primera vez.

Debía de tener su misma edad. Melena rubia, ojos oscuros y una amplia sonrisa, de esas con hoyuelos.

Irradiaba seguridad y experiencia, también cierta dureza.

Quizá se debía a su postura erguida: más que el asiento del personal parecía un trono.

El avión llevaba un rato sin dar sacudidas y Jakob estaba más relajado.

—¿Dónde vas a trabajar?

—Soy policía. He estudiado en Finlandia. Vengo de intercambio laboral.

—¿A Ísafjörður? Ni siquiera los islandeses son capaces de señalarlo en el mapa. ¿Cómo has venido a parar aquí?

Jakob no sabía qué responder. Faltaban pocos minutos para el aterrizaje y no tendría tiempo de contárselo todo.

Tampoco le apetecía hacerlo. El divorcio, su ex mujer noruega, Lena, que no le dejaba ver a su hijo y hablaba mal de él a todo el mundo.

Desde entonces tenía insomnio, estaba deprimido y lleno de rabia.

Había cambiado de profesión y se había ido del país para no volverse loco.

Antes de estudiar para ser policía, Jakob trabajaba de profesor de Biología.

Le quedaban muy pocos créditos para obtener la diplomatura.

Gracias a sus compañeros se enteró de la posibilidad de acceder al Nordcop, un programa de intercambio entre países nórdicos para estudiantes y profesorado, y escogió Islandia sin dudarlo.

Había visto un documental sobre Vestfirðir, la zona más occidental del país, y se había enamorado de sus paisajes, su naturaleza y su silencio.

Necesitaba un poco de paz, navegar en aguas más tranquilas.

No habría ido a una ciudad grande, como Copenhague o Estocolmo, aunque le doblaran el sueldo.

Después de tanto sufrimiento, sólo buscaba espacio y calma a su alrededor.

Escribió a la comisaría de Ísafjörður, el pueblo más grande de Vestfirðir, para hacer allí las prácticas.

Para su sorpresa, lo aceptaron de inmediato.

Jakob respiró profundamente y se cruzó de brazos, enfundado en un mullido jersey de lana. Quizá fuera mejor contarle una versión más liviana de la historia. No quería mentir, pero podía contarle la verdad a medias. Sólo cambiaría el punto de vista.

En los momentos más difíciles, después del divorcio y durante la batalla por la custodia, Jakob había descubierto una afición.

Un conocido neurocientífico y psicólogo afirmaba en una entrevista que hacer manualidades contribuía a relajar la mente, ralentizar la frecuencia cardíaca y reducir la presión arterial.

Jakob había probado todo tipo de cosas hasta entonces: ansiolíticos para el insomnio, ejercicio, meditar, sesiones de terapia y grupos de apoyo para víctimas de narcisistas.

Llegados a este punto, tejer no podía hacerle ningún mal.

Para poder cursar sus estudios en la Escuela de Formación Profesional Policial, se había instalado en Tampere.

En la primera mercería que encontró en la calle Ilmarinkatu, pidió lana, agujas y un patrón para tejer un jersey.

Era consciente de que un barbudo con cuerpo de gimnasio no encajaba con la clientela habitual, pero lo atendieron de maravilla.

La vendedora lo ayudó a elegir la lana y las agujas, le explicó cómo descifrar patrones y le recomendó varios grupos de Facebook.

Desde entonces, Jakob compraba allí el material.

Le gustaban sobre todo los jerséis islandeses.

Era un reto tejer las complicadas cenefas de sus canesús.

Además la lana islandesa, la Lopi, era muy suave, y eso hacía más agradable la tarea.

Tricotar le ayudaba a controlar el estrés y a sobrellevar las decepciones.

Si perdía un punto o cometía un error de patronaje, tenía que deshacer esa parte y volver a empezar.

Era una forma de aprender a transformar la frustración en éxito.

Por otro lado, tejer era como la vida misma: impredecible, e incluso un poco caótico.

Aunque manejaras con destreza las agujas y mantuvieras los hilos bajo control, nunca estabas seguro del resultado.

Siempre podía suceder algo inesperado. A veces era mejor seguir el patrón, aunque no siempre.

Nunca sabías si un jersey había quedado bien hasta terminarlo.

Igual que no sabes si serás capaz de hacer algo hasta que no lo pruebas.

Reflexionaba mientras tejía, y así iba recuperando la confianza en sí mismo.

No podía saber lo detestable que era Lena sin conocerla.

Y si no se hubieran conocido, no tendría a Matias.

Su hijo era lo más importante de su vida, a pesar del poco tiempo que pasaban juntos.

Eso le resultaba doloroso, pero no lo convertía en un fracasado.

Jakob apoyó la cabeza contra el respaldo y se dispuso a hablar de los jerséis de lana.

—Tenía ganas de aventura. Me encanta tejer jerséis islandeses, pero nunca había venido hasta aquí. Así que, cuando surgió la posibilidad de combinar trabajo y placer, no me lo pensé.

Jakob se dio cuenta de que la azafata le estaba mirando el jersey.

Era obra suya. Cualquier principiante reconocería el patrón: un Riddari, uno de los jerséis islandeses más conocidos en todo el mundo.

Lo había tejido hacía unos años. Ahora ya diseñaba él mismo sus propios patrones.

Eso lo hacía todo más difícil pero más divertido.

La azafata se rascó la coronilla y se atusó el cabello de la raíz a las puntas.

—El misterioso finlandés del jersey de lana —dijo, y se inclinó hacia Jakob bajando la voz —: Si echas de menos la sauna, en la piscina municipal tenemos una estupenda. Hay turnos para hombres varias veces por semana.

¿Le había guiñado el ojo? ¿Estaba coqueteando con él? No podía asegurarlo. La azafata le gustaba, pero hacía años que no flirteaba con nadie. Ni siquiera creía que todavía fuera posible. Después de todo, quizá no estaba tan acabado...

—¿Y no hay turnos mixtos en esa sauna? —preguntó Jakob con una sonrisa picarona.

—Esos turnos van aparte.

La azafata le devolvió la sonrisa y lo miró de arriba abajo.

El avión volaba a apenas unos cientos de metros de altitud. Viró hacia el fondo del fiordo, hizo un brusco giro por encima de una urbanización y puso rumbo a la estrecha pista de aterrizaje, junto a la falda de la montaña.

Le dio la impresión de que el avión se ladeaba demasiado hacia la izquierda. Por la ventana sólo se veía el mar. El pánico volvió a apoderarse de Jakob.

—Al final hay que hacer un giro completo.

Debido a la dirección del viento, es necesario aterrizar mirando hacia el norte, a mar abierto.

Estos giros hacen que resulte imposible aterrizar aquí cuando no hay buena visibilidad, por la cercanía de las montañas, pero ahora la visibilidad es excelente —le explicó la azafata.

Las ruedas golpearon la pista de aterrizaje y el avión frenó violentamente. Jakob salió disparado hacia delante y sus rodillas rozaron las piernas de la azafata.