Capítulo 4
Al salir del trabajo, Hildur se puso el casco y sacó la bici del trastero.
En Ísafjörður, nunca las dejaban aparcadas fuera, pero no por miedo a los robos: si alguien se atreviera a robar una bicicleta, lo pillarían al día siguiente.
Además, las llaves del coche se dejaban puestas, y la puerta de casa ni siquiera se cerraba con pestillo.
La gente del pueblo no creía que pudiera pasar nada malo.
Todos se conocían y estaban al tanto de los asuntos de los demás.
Lo peligroso no eran sus vecinos, sino los vientos que llegaban del mar.
Por eso se guardaban las bicicletas en el trastero.
A finales de otoño, las lluvias eran muy abundantes y los temporales cada vez más violentos.
El viento del norte procedente del Atlántico era capaz de derribar la bicicleta de montaña más robusta y causar destrozos más graves que una rotura de luz delantera.
A medida que se acercaba el verano, las tormentas disminuían.
Hacia finales de mayo, la nieve y el hielo se fundían y los vientos amainaban.
Era entonces cuando algunos vecinos de Ísafjörður rescataban las bicicletas y los patinetes de los sótanos y se animaban a dejarlos en el patio durante la noche.
Hildur tenía un espacioso piso de dos habitaciones con balcón en una casa de madera dividida en dos viviendas en pleno casco antiguo, cerca de la comisaría de policía. En el otro piso vivía Freysi Gunnarsson.
Freysi tenía treinta años y estaba soltero.
Trabajaba en el colegio del pueblo como profesor de gimnasia.
Podía correr una maratón en menos de cuatro horas y fumaba como un carretero.
Se había mudado hacía un par de años, y pronto se hicieron amigos íntimos.
Al principio, salían a correr juntos de vez en cuando.
Después vinieron las sesiones de estiramientos en sus respectivos salones, y de ahí no tardaron en pasar al dormitorio.
Se veían casi a diario, pero no podría decirse que fueran pareja.
Después de la primera noche juntos, Hildur había sentido alivio cuando Freysi le dijo que no estaba interesado en una relación de pareja.
Eso era exactamente lo que ella buscaba: una relación sin ataduras, sin cuentas bancarias comunes y sin tener que dar explicaciones.
En fin, alguien con quien verse de vez en cuando.
Era muy práctico que Freysi viviera a unos pocos pasos de su puerta.
De hecho, sólo se veían en casa, pero los dos sabían que su romance estaba en boca de todo pueblo.
«Que digan lo que quieran», pensó Hildur mientras salía con la bici. Freysi estaba fumando en el patio. Lo saludó con la mano.
—Hola, ¿cómo va la cosa? —preguntó Freysi, que apagó el cigarrillo y tiró la colilla a la papelera del patio.
—Ha sido un día duro. Voy a comer a casa de mi tía, a ver si me despejo.
—Te iba a preguntar si querías salir a correr; no había caído en que hoy es lunes —dijo Freysi con una sonrisa cómplice que le marcó los hoyuelos.
—Sí, los lunes toca ir a comer las salchichas de mi tía. Pero podemos hacer algo divertido a finales de semana —dijo Hildur montando en la bici.
Freysi silbó a su espalda.
Hildur le sonrió y pedaleó con más fuerza. Tomó el sinuoso carril bici que bordeaba el fiordo. A unos dos kilómetros del centro del pueblo, al fondo del fiordo, se encontraba la flamante urbanización de Ísafjörður, donde su tía se había construido una casa enorme con un hermoso jardín.
Pero a ella aquel barrio de casas nuevas no la impresionaba. Prefería vivir cerca de su lugar de trabajo. Las casas de madera del casco antiguo eran más pequeñas y los patios más estrechos, pero le encantaba la familiaridad del pueblo y tener todos los servicios cerca.
Hildur señaló a la derecha con la mano y giró hacia la urbanización. Su tía, Tinna Atladóttir, había sido profesora de canto, pero desde que se había jubilado su vida transcurría entre manualidades y audiolibros. Hildur sabía que su tía era feliz allí, lejos del centro y rodeada de jardines.
Como siempre, entró sin llamar. Tinna, que la había oído llegar y la esperaba en el recibidor, corrió a darle un abrazo.
—¡Me alegro de verte! Siento haber llegado tarde; el trabajo se ha alargado más de la cuenta.
—Aquí no tienes que fichar —dijo Tinna dándole dos besos en la mejilla.
Los islandeses saludan a los seres queridos con un ligero beso. Tinna daba dos en lugar de uno, y tampoco se conformaba con un leve roce, sino que te plantaba dos besos húmedos y ruidosos en la mejilla.
Hildur entró detrás de ella en la inmensa y luminosa cocina y se sentó a la isla central.
Su tía removió la salsa que borboteaba en el fogón y un delicioso olor inundó la estancia.
Hildur cerró los ojos, dejándose llevar por la agradable languidez que se apoderó de sus brazos y piernas, y por un momento se sintió feliz.
Adoraba esas visitas semanales a casa de su tía.
Cuando murieron sus padres, Hildur todavía era menor de edad.
Se instaló allí, en casa de Tinna, su tía materna.
Su madre tenía otra hermana, pero vivía en las Islas Feroe y casi nunca se veían.
Con su tía Tinna, en cambio, tenía una relación muy cercana.
Durante sus estudios en Reikiavik, se llamaban al menos una vez al día.
Y desde que había regresado al fiordo hacía diez años, su vínculo se había fortalecido aún más.
Su tía le había preparado su comida preferida: slátur , salchicha de entraña de cordero frita con mantequilla.
Como siempre, Tinna llevó las ollas a la mesa y le pidió a Hildur que sirviera un trozo grande de salchicha y patatas cocidas en cada plato, con una buena cucharada de salsa blanca por encima.
Hildur mordió la salchicha y se deleitó con su sabor salado. La grasa le resbalaba por la barbilla. Se limpió con una servilleta de papel.
—Está delicioso —dijo con la boca llena.
Esa salchicha de piel crujiente tenía el sabor de su infancia.
El slátur entonces era una comida de lo más normal y corriente.
En casa, siempre cenaban a las siete. Cuando oían que empezaban las noticias de la tarde en la radio, Hildur y sus hermanas entraban corriendo con las mejillas arreboladas y el pelo revuelto y se sentaban a la mesa, en el banco de madera de la cocina.
Su madre ponía la olla y el pan de centeno en medio de la mesa y se sentaba delante de ellas, al lado de su padre.
El mejor slátur era en otoño, después de la matanza, cuando su padre hacía las salchichas en casa.
Ahora ya nadie comía salchichas caseras; todo el mundo las compraba envasadas al vacío en la charcutería del supermercado.
—Cariño, pareces cansada. ¿Cómo te van las cosas?
—Nah, como siempre. Ha sido un día un poco duro en el trabajo.
—Ya. ¿Y lo demás? Sé que estos días siempre son difíciles para ti. —Tinna hizo una pausa antes de continuar —: Hace casi veinticinco años que las niñas desaparecieron.
Hildur se estremeció. Su tía tenía razón: finales de otoño siempre era una época difícil.
Le recordaba la desaparición de sus hermanas pequeñas, pero no quería pensar en eso ahora.
No quería hablar de las llamadas angustiadas a los vecinos, los lummur enfriándose en la bandeja marrón y los policías plantados en casa sin decir nada.
—No tengo ganas de hablar de eso —dijo Hildur.
Sabía por experiencia que hacerlo no la ayudaría.
Hacía días que no se lo quitaba de la cabeza.
Tenía las emociones a flor de piel, y si ahora sacaban el tema, volverían a recordar todos los detalles, y sería aún más doloroso.
Además, tampoco ayudaría a esclarecer lo ocurrido; sólo empeoraría su ansiedad.
Hildur había empezado a sufrirla de pequeña.
De hecho, no recordaba vivir sin ansiedad.
A menudo tenía la sensación de estar en el lugar o el momento equivocado; de saber mucho, pero no lo suficiente; o de estar en todas partes, pero nunca del todo presente.
Por una u otra razón, siempre sentía que había algo en ella que no encajaba, y eso la desequilibraba profundamente.
La mañana del día de la desaparición de sus hermanas, Hildur se había despertado con mucha ansiedad.
No se vio con fuerzas para subir al autobús escolar con la mochila.
Se quedó en la cama y sus hermanas se fueron al colegio.
Si hubiera ido con ellas, las niñas quizá no hubieran desaparecido.
Se dio cuenta de esa posibilidad con doce años, y desde entonces vivía con esa carga.
Entre octubre y noviembre, aquel peso se volvía aún más intenso y asfixiante.
Hildur engulló el último trozo de salchicha.
Dio un trago de cerveza casera mirando por la ventana.
Estaba muy oscuro ahí fuera; si no, habría visto las barreras antiavalanchas instaladas en la falda de la montaña para proteger al pueblo, en un ingenuo intento humano por tratar de controlar lo incontrolable.
Tinna le cogió la mano.
—El legado de Hrafntinna es una carga complicada. Te ha tocado llevarla a ti, aunque tú no lo hayas elegido.
Hildur no soportaba que le sacara este tema. Su tía lo hacía con buena intención, pero sus palabras sólo añadían más lastre. En ese momento no se sentía con fuerzas para escuchar un sermón sobre el legado familiar.
—Sí, bueno. La verdad es que ahora no me apetece hablar de eso.
Tinna le dio unas palmaditas en la mano y le ofreció otro trozo de salchicha.
Hrafntinna, la amma o abuela materna de Tinna, fue en su día la vidente más famosa de Islandia.
Lo veía todo: hablaba con la naturaleza y la naturaleza le hablaba.
Muchos islandeses viajaban hasta el Álftafjörður, el Fiordo de los Cisnes, para pedirle consejo y hacerle consultas.
En aquellos tiempos era normal comunicarse con el pueblo oculto; hoy en día sería considerado una enfermedad mental.
Ahora consultamos los pronósticos para el año próximo a expertos analistas de traje oscuro, pero éstos no viven en Álftafjörður, sino en mansiones frente al mar en la costa de Reikiavik.
Según la tradición, el don de la clarividencia era hereditario, pero no se transmitía a todos los miembros de la familia. La tía Tinna creía que el don de Hrafntinna se había saltado dos generaciones hasta llegar a Hildur y se había debilitado por el camino.
Por eso Hildur no podía adivinar el futuro con precisión.
Poco antes de una tragedia, presentía que algo terrible iba a pasar, aunque no podía concretar ni qué, ni cuándo ni dónde.
Sufría ataques de pánico y ansiedad, pero no sabía qué los provocaba.
Esa angustia había sido excepcionalmente intensa aquella mañana de invierno de veinticinco años atrás.
Cuando se hizo mayor, Tinna le contó que esos ataques eran la manifestación del don de Hrafntinna.
Hildur no tenía claro si creía en la clarividencia.
Lo que sí podía asegurar es que no creía en la inmaculada concepción ni en el sometimiento de la mujer, así que abandonó la Iglesia nada más cumplir la mayoría de edad.
Hildur seguía mirando la oscuridad por la ventana. Un programa de interiorismo retumbaba en la televisión. Tinna recogía los platos. Le dio un abrazo al pasar por su lado.
—Se te marcan los huesos de los hombros. Si te descuidas, pronto parecerás un oso polar hambriento. Espero que te acuerdes de comer todos los días y no sólo los lunes, ¿eh?
Tinna puso el postre en la mesa: macedonia de frutas con nata agria y yogur cremoso.
—Me alimento bien, tía querida. Es que entreno mucho. —Hildur cambió de tema —: A partir de mañana tendré un nuevo compañero, un policía finlandés. Llega en el vuelo de la tarde. Nos falta tanto personal en la comisaría que lo esperamos con los brazos abiertos. Será mi pareja de patrulla.
—No te olvides de contarle que los gnomos te anuncian el porvenir. A los extranjeros les encantan esas cosas —dijo Tinna con una mueca burlona.
—Sí, que hablo con gnomos se lo digo seguro. También le daré a probar tiburón podrido. No puede perderse nuestro exquisito plato nacional —dijo Hildur riendo a carcajadas.
En la puerta, Tinna la abrazó fuerte y le dio un táper azul.
—Aquí tienes el resto de las salchichas. Puedes calentarlas en el micro para desayunar. Ah, y prométeme que saldrás por ahí de vez en cuando. ¿Por qué no visitas más a menudo a tu vecino? —le dijo dándole un suave pellizco en la mejilla.
—Así que ya te has enterado, ¿eh?
—Todo el mundo sabe que Freysi y tú estáis liados. La vecina me ha contado que en la sala de profesores siempre le preguntan cuándo te va a pedir matrimonio. ¡Eres un buen partido!
—¡Tinna! Si ni siquiera estamos saliendo. Sólo... bueno, nos vemos de vez en cuando.
—Sí... ya lo sé. Ahora os toca pasarlo bien. No hagáis ni caso de lo que digan los demás —dijo Tinna, y le dio otro abrazo.
Se había hecho de noche. Hildur encendió la luz delantera de su bici, se puso el casco y ató con un pulpo el táper al transportín.
Gracias al viento favorable del sur, hizo el trayecto en menos de diez minutos.
Las ruedas le salpicaban de agua los bajos del pantalón.
A punto de llegar al centro, caía aguanieve.
Su casa estaba entre el parque de bomberos y la comisaría. «No podría haber encontrado un lugar más seguro para vivir», pensó. El hospital también estaba a apenas un kilómetro, así como el único bar del pueblo.
Reparó en un cuervo apostado en el tejado de la torre iluminada del parque de bomberos.
No era nada extraordinario; Ísafjörður tenía una enorme población de cuervos.
Pero aquel espécimen era excepcionalmente grande y parecía observarla desde arriba.
En la mitología nórdica, los cuervos eran observadores y mensajeros de los dioses.
Sabían qué guerreros sobrevivirían, cuáles morirían y, de entre ellos, los que irían al paraíso, a los luminosos salones del Valhalla.
El cuervo graznó tres veces. Eso significaba la muerte.