Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

— Jæjja , Jón —saludó Hildur. « Jæjja » era una expresión que variaba según el contexto; aquí significaba «basta de tonterías; vamos al grano»—.

Tenemos motivos para sospechar que un tal Pétur, que se ha dado a la fuga en Reikiavik, se encuentra ahora mismo en tu casa —dijo Hildur, que intentaba ver algo de la oscura vivienda por encima de los hombros de Jón —.

Nos veremos obligadas a llamar a la grúa —añadió señalando el Suzuki con la cabeza.

Luego miró a Jón con severidad.

El anciano se frotó la calva sudorosa. Una gota de sudor se deslizó por la cicatriz. Miró con desconcierto hacia el patio, como para asegurarse de que su coche seguía allí, y soltó un resoplido de resignación.

—El chico está ahí, en el salón. Pero no es mi prisionero: ha venido por su propio pie y no ha querido marcharse.

—Como todos los demás —dijo Hildur, apartando a Jón a un lado —. ¿Hay más chicos en la casa?

—No, no. ¿No os llevaréis mi coche, verdad?

Beta se quedó con Jón junto a la puerta principal mientras Hildur entraba en aquel lugar infecto.

El pasillo tenía un pequeño dormitorio a la izquierda y el salón a la derecha.

La puerta del salón estaba entreabierta.

Un chico de unos quince años roncaba apoltronado en un sillón desvencijado.

Su aspecto coincidía con la descripción del centro de menores: delgado, pelo negro, ropa negra, gafas y un piercing en la nariz.

Hildur le sacudió levemente los hombros.

—Despierta. ¿Puedes levantarte?

El chico murmuró algo incomprensible. Parecía muy dormido.

—Tienes que despertarte —le indicó Hildur subiendo la voz.

Le dio un ligero cachete en la mejilla.

El chico abrió los ojos.

—¡Qué diablos! —gritó asustado.

—No, no soy el diablo. Soy Hildur Rúnarsdóttir, de la policía de Ísafjörður. Mi colega y yo hemos venido a buscarte. Nos han llamado de protección de menores. ¿Te encuentras bien? ¿Te ha hecho algo?

Por su mirada perdida y un inconfundible olor dulzón, Hildur supo que Pétur estaba colocado. Se lo confirmó la cachimba con la cazoleta vacía de la mesa.

—Sólo estaba descansando un poco —murmuró el chico.

—¿Te ha hecho daño? —preguntó Hildur.

—No, no. Ya te he dicho que sólo estaba descansando un poco.

Hildur observó a Pétur. A simple vista, el chico parecía estar bien. No tenía signos de violencia y llevaba la ropa puesta. Hildur lo acompañó fuera y se dirigieron al coche. Beta, detrás de ellos, había confiscado una bolsita de hachís verde oscuro de la desordenada mesa del salón.

—¡No os llevéis el coche! —gritó Jón desde la puerta.

—Por esta vez, no lo haremos, pero vete a hacer la revisión de inmediato. —Hildur no pudo contenerse —: ¡Si vuelves a engañar a otro chico, te destrozaré el Suzuki con mis propias manos y lanzaré las piezas al fondo del fiordo!

Hizo pasar a Pétur al asiento trasero y, dando la vuelta al vehículo, se sentó al volante. Jón murmuró algo desde la puerta, pero Hildur ya no lo escuchaba.

—¿Sabes qué, Beta? A veces no sé si trabajamos en la policía o en gestión de residuos —dijo abrochándose el cinturón —. No hacemos más que reciclar la misma mierda una y otra vez. Crees que ya has cerrado un caso, pero, oh, sorpresa, te vuelve a caer encima en el siguiente turno.

Beta asintió.

—Dudo que sea nuestra última visita a esta casa. ¿Adónde crees que se mudará en noviembre, cuando echen el pestillo a la zona?

—La verdad es que ahora mismo ésa es la última de mis preocupaciones —dijo Hildur, ya de camino al centro del pueblo.

Jón recibiría una citación para ser interrogado por posesión de drogas, pero seguramente sólo le caería una multa.

—Puedes hacerte cargo del interrogatorio de Jón con el finlandés. Llegará mañana por la tarde —dijo Beta.

—¿Cómo dijiste que se llamaba? —preguntó Hildur.

—Jakob. Me dio la impresión de que era un tipo bastante competente.

De todos modos, tengo que admitir que no comprendo por qué alguien querría usar el programa de intercambio de la policía para venir aquí cuando podría ir a Oslo o a Copenhague y adquirir mucha más experiencia.

—Beta miró por el espejo el asiento trasero —: Y a ti, jovencito, te llevaremos primero a hacer los test de drogas y luego de vuelta al centro de desintoxicación.

Protección de menores se hará cargo de tu traslado al sur cuando hayamos terminado —le dijo con una amplia sonrisa.

Pétur la miró con indiferencia y le hizo un corte de mangas.

Según las estadísticas, el consumo de drogas entre los adolescentes había disminuido en las últimas dos décadas en Islandia.

Sin embargo, los que consumían jugaban en otra liga: mezclaban varias sustancias a la vez y podían comprar cualquier cosa por internet.

Eso multiplicaba los problemas. Además, debido a los recortes, habían disminuido de forma alarmante las plazas para jóvenes en los centros de desintoxicación.

Por otro lado, los que conseguían plaza tampoco eran capaces de comprometerse con el tratamiento, pero los centros no contaban con suficiente personal para supervisar los movimientos de todos los internos las veinticuatro horas del día.

—Sería fantástico que te quedaras en el centro. Pondrías tu vida en orden. Si sigues por este camino, no te espera un futuro demasiado prometedor —le dijo Beta.

—Me la sopla.

Beta suspiró y tocó la ventana del coche.

Fuera, seguía lloviendo.