Huellas en los fiordos (Hildur 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Todos los que hubieran pasado algún tiempo en Ísafjörður conocían al anciano solitario y de dudosa reputación que vivía al final de Fjallavegur.

Jón Jónsson, de unos setenta años, había recibido varias sentencias por posesión de drogas y comportamiento inapropiado en las dos últimas décadas, pero sólo había pasado un año en la cárcel, a principios de los 2000, cuando le pillaron con medio kilo de hachís en casa.

Después de aquello, en su historial sólo había multas, aunque todo el mundo sabía que se aprovechaba de jóvenes en situación de vulnerabilidad.

Les prometía drogas gratis a cambio de que lo miraran mientras se masturbaba.

Hildur no podía comprender aquellas condenas tan leves. ¿Por qué los delitos económicos conllevaban años de prisión e indemnizaciones descomunales, mientras que los delitos que atentan contra la integridad de otras personas se solventaban con los malditos servicios a la comunidad?

—Ya estuvimos allí el verano pasado por el mismo motivo. ¿No se puede hacer nada con ese cerdo? —dijo Hildur agarrando el volante con rabia.

—Me temo que no. Los chicos acuden a su casa por voluntad propia porque el viejo les da droga.

No admiten el acoso, y si lo hacen es imposible demostrarlo.

Como mucho, a Jón podríamos llevarlo a juicio por posesión de marihuana o algo así —explicó Beta, consciente de que Hildur lo sabía perfectamente.

El Škoda salió de la rotonda por la carretera que llevaba al hospital y a la biblioteca en dirección a la urbanización de la falda de la montaña.

Fjallavegur era la calle más larga de aquella tranquila zona residencial.

Las casas blancas adosadas eran de los sesenta.

Las casas de madera más antiguas de la calle se habían construido antes de que Islandia proclamara su independencia durante la Segunda Guerra Mundial.

Hildur miraba a su alrededor sin sobrepasar los treinta kilómetros por hora.

Los habitantes apreciaban su privacidad: todas las ventanas que daban a la calle tenían las cortinas corridas.

Algunas estaban decoradas con unos cuadritos de la tienda del pueblo que repetían tonterías como AQUÍ VIVE LA FELICIDAD , EL HOGAR ESTÁ DONDE ESTÁ LA FAMILIA o LA FELICIDAD ES EL MEJOR HOGAR .

En la mayoría de los patios se veían enormes barbacoas de gas.

Sus residentes podían alardear de su felicidad de clase media asando chuletas de cordero a la vista de todos los vecinos cada fin de semana.

Los más pudientes tenían sus propios jacuzzis exteriores.

La calle de la felicidad se extendía a lo largo de un par de kilómetros más con el mismo nombre.

Después de las casas de madera y las adosadas, empezaba una zona de cabañas dispersas.

Con el transcurso de las décadas, la ladera de la montaña se había ido llenando de cabañas de veraneo.

Algunas eran pequeñas casetas con huertos comunitarios, pero otras tenían grandes jardines y terrazas cubiertas.

Debido a la cercanía de las montañas y a las copiosas nevadas, sólo podían habitarse de mayo a principios de noviembre.

Era peligroso pasar allí el invierno. Las avalanchas, por pequeñas que sean, pueden destrozar una casa.

Hildur y Beta ya habían ido a su casa muchas veces.

Jón siempre seguía la misma táctica: a través de internet trababa amistad con chicos con problemas de adicción y les prometía drogas gratis y alojamiento.

A cambio los magreaba y se masturbaba delante de ellos.

Muchos chicos acudían no sólo en busca de drogas, sino porque no tenían a nadie más.

Hildur aparcó el coche patrulla delante de una pequeña cabaña verde en la misma calle Fjallavegur. La pintura estaba desconchada y el agua de los aleros medio caídos goteaba por toda la fachada. Esos aleros no se limpiaban desde hacía años.

Hildur abrió el portón oxidado y subió con Beta los peldaños de la entrada. Beta llamó a la puerta con los nudillos, pero nadie abrió. Llamó otra vez más fuerte. Tampoco hubo respuesta.

—La luz de la cocina está encendida y el viejo Suzuki de Jón está ahí aparcado. Este hombre no va andando a ninguna parte. Tiene que estar en casa —dijo Hildur.

Se dio cuenta de que una de las ventanas del piso inferior estaba abierta y se asomó.

—¡Abre la puerta! Somos de la policía. Sabemos que estás ahí y que no estás solo. Si no abres ahora mismo, nos llevaremos tu Suzuki a la comisaría. No has pasado la revisión anual —gritó golpeando el cristal.

A veces Hildur parecía una pastora gritando para que no se le desperdigaran las ovejas; no se daba cuenta de que con las personas se requería un poco más de delicadeza.

Había solicitado el puesto de detective de policía porque no le gustaba tener que interactuar constantemente con otras personas, y los turnos de patrulla obligatorios de sus primeros años de servicio habían sido una tortura para ella.

No soportaba tener que hacer controles de alcoholemia, interrogatorios y detenciones a decenas de personas cada día.

Se oyó un ruido dentro y la puerta se entreabrió con un chirrido.

Un anciano desaliñado, medio calvo y con cara de susto se asomó por la rendija.

Tenía una enorme cicatriz en la frente. Se rumoreaba que de niño se había empotrado contra el escaparate de una panadería.

Su camisa roja parecía no haber pasado nunca por la lavadora.

Llevaba los vaqueros desabrochados. Un hedor pestilente a aire viciado salía del interior.