Capítulo 3
Hildur estacionó el Škoda Octavia delante de la comisaría.
Se quedó dentro dando golpecitos al volante y mirando por la ventanilla.
Desde allí se veía el aparcamiento del restaurante de la esquina.
Un hombre con una americana fina y el pelo engominado hacia atrás subía a un Range Rover negro con pinta de caro.
Tenía llantas especiales y la placa de la matrícula customizada.
Ella no conocía el modelo, pero estaba segura de que con ese dinero podría comprarse dos pisos en el pueblo y aún le sobraría para un par de viajes al extranjero.
El Range Rover se fundió con el paisaje gris y el hombre trajeado se difuminó al volante hasta desaparecer.
Puso en marcha los limpiaparabrisas. Se deslizaban perezosamente, con segundos de intervalo. Había empezado a llover. El viento del sur siempre traía precipitaciones. Los días fríos y despejados aún se harían esperar. El otoño era largo y oscuro en aquella parte del mundo.
Hildur encendió la radio mientras aguardaba a Elísabet.
Era la primera jefa que le caía bien. Beta sólo llevaba unos años en Ísafjörður.
La familia de su marido, Óliver, programador informático, era de la región.
Desde el nacimiento de sus mellizos, fantaseaban con dejar Vestfirðir y mudarse a un pueblo tranquilo.
Cuando se abrieron las candidaturas para comisario de policía, se presentó y consiguió el puesto.
Óliver teletrabajaba para una empresa de Reikiavik y los niños iban a la guardería local.
Beta era muy seria con el trabajo, pero era agradable y tenía los pies en la tierra.
Nada de broncas innecesarias, nada de relaciones demasiado estrechas con los políticos locales.
Ni siquiera asistía a las reuniones semanales de los masones, aunque la habían invitado varias veces.
Al empezar su nuevo cargo, Beta les había dejado claro que sólo ambicionaba ser comisaria de policía de su pequeña circunscripción y no tenía ningún interés en competir por un puesto en la jefatura del Departamento de Policía de la capital.
Había venido a Ísafjörður para estar más cerca de la gente y trabajar a pie de calle, con honestidad, al margen de su rango.
Hildur, en cambio, no había elegido su puesto, sino que el puesto la había elegido a ella. Ella había nacido en aquella región remota.
Los montañosos fiordos de Vestfirðir se encuentran en la parte noroccidental de Islandia, muy lejos de las ciudades, los semáforos, las boleras y los aeropuertos internacionales.
Una vieja leyenda cuenta que una noche dos troles colosales intentaron separar Vestfirðir del resto de Islandia, pero amaneció antes de que la hubieran arrancado e, incapaces de soportar los rayos del sol, quedaron petrificados.
Por eso Vestfirðir está unida a la isla por una franja de tierra de unos siete kilómetros.
En las dos escarpadas y serpenteantes carreteras de montaña que conectan Vestfirðir con la isla, casi no hay tráfico.
Esta región comprende una quinta parte de la superficie del país, pero apenas el dos por ciento de sus habitantes vive al otro lado de la estrecha carretera.
En total son unos siete mil niños y adultos.
Pescadores, profesores, camioneros, trabajadores del sector turístico y varios agentes de policía.
Hildur miró a su alrededor y suspiró. El repiqueteo de la lluvia en la ventana se había acelerado.
En Vestfirðir, cuando llovía, llovía en serio; y si soplaba el viento, sus azotes y gemidos se oían por todos los fiordos y rincones del territorio.
Islandia estaba lejos de todo, a miles de kilómetros de Europa y de Estados Unidos.
Era una pequeña isla solitaria, cubierta de lava y glaciares, en medio de las gélidas aguas del océano.
Y aquí, en la región más remota, alguien fundó un asentamiento.
¿A quién se le ocurriría instalarse en un lugar tan remoto?
Hildur golpeteaba el volante con los dedos tratando de recordar la historia.
Si la memoria no le fallaba, el primer habitante se llamaba Helgi.
Llegó a la costa islandesa desde Noruega hacía unos mil años buscando un territorio donde vivir con su familia.
Se instaló en aquel fiordo y, como había encontrado un arpón para cazar focas en la orilla, lo bautizó como Skutulsfjörður, Fiordo del Arpón.
Más tarde, también a orillas del mismo fiordo, se construyó una iglesia y se estableció un mercado que recibió el nombre de Ísafjörður.
La leyenda de Helgi se le había quedado grabada durante una clase de historia sobre la colonización de Islandia.
El pasado y las vidas de la gente siempre la habían fascinado.
El primer libro largo que había leído de niña contaba la leyenda de Fjalla-Eyvindur, «Eyvindur de las Montañas», un forajido que vivió en las regiones salvajes de Islandia durante el siglo XVIII .
Había encontrado el libro en la estantería de sus padres y lo había devorado de principio a fin.
Todavía hoy podía pasarse horas leyendo biografías o viejos artículos de prensa sobre personajes de la historia.
En verano, cuando viajaba por Islandia, solía parar en todos los museos regionales y bombardear al personal con sus rebuscadas preguntas. Para ella, el pasado era un muro sólido en el que apoyarse.
De ahí que Hildur decidiera estudiar Historia en la Universidad de Islandia.
Ella había nacido y vivido con sus padres y hermanas en Vestfirðir, pero después de la tragedia se había mudado a casa de su tía, que vivía en la misma región.
Al terminar la secundaria, alquiló un piso de estudiante para ella sola en el centro de Reikiavik.
Hoy en día, los precios habían subido tanto que ya no podría vivir en ese barrio, uno de los más caros de la ciudad, con su sueldo de policía.
Al principio Hildur disfrutaba de la carrera, pero una vez licenciada no quiso seguir en el mundo académico, a pesar de que le encantaba analizar los avances sociales y los grandes acontecimientos de la historia.
En realidad, anhelaba un poco más de acción.
Prefería sudar en el gimnasio y surfear olas gélidas que encerrarse en un aula de la universidad.
Había descubierto el surf gracias a su novio de entonces.
Se había dejado llevar, literalmente, por las olas.
Le obsesionaba la idea de cabalgarlas; de dominar el océano por un instante.
Hacía surf al salir de clase, los fines de semana y todos los días libres.
Poco a poco, fue dejando los estudios de lado.
Cuando empezó a saltarse clases para entrenar, comprendió que se había equivocado de camino.
Un verano solicitó una plaza en la academia de policía. El primer día de clase supo que estaba en el lugar correcto. Le gustaba el compañerismo que se respiraba y la dureza física de los entrenamientos.
Cuando terminó su formación, Hildur trabajó varios años en la comisaría de policía de Reikiavik, donde colaboró estrechamente con los servicios de protección al menor.
Si se producía algún delito relacionado con niños o jóvenes, Hildur hacía de intermediaria entre la policía, los servicios de protección y los psicólogos infantiles.
Sentía que estaba haciendo algo importante cuando ayudaba a los niños.
Quizá creía que así compensaba lo sucedido en el pasado.
O que si no hacía al menos eso, todo sería aún más difícil.
La unidad de menores desaparecidos, con sede en Reikiavik, había recibido financiación adicional y el modelo se había exportado a las regiones rurales.
Cuando la comisaría de policía de Ísafjörður abrió una convocatoria para encontrar a un agente que dedicaría parte de su jornada laboral a esta unidad, Hildur supo que había llegado su oportunidad.
Presentó su solicitud, obtuvo la plaza y regresó a la tierra de su niñez con la tabla de surf en la baca del coche.
Casi habían pasado diez años desde entonces.
Hildur estaba encantada con la apacible rutina de la vida de pueblo y, sobre todo, con sus magníficas condiciones para el surf.
La puerta del lado del pasajero se abrió de golpe y sacó a Hildur de su ensimismamiento. Beta, pequeña y vivaracha, subió al coche, cerró con fuerza y suspiró. La lluvia le había aplastado los rizos, aunque a Beta eso no le importaba lo más mínimo.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Hildur.
Beta se abrochó el cinturón.
—Vamos a Fjallavegur. Las dos patrullas de turno están a casi una hora de distancia, así que nos encargaremos nosotras.
Hildur asintió y esperó más información.
—Han llamado de un centro de acogida para jóvenes en el sur: un tal Pétur, que seguía un tratamiento de desintoxicación, se ha fugado durante la noche. Sospechan que ha venido a Ísafjörður para conseguir drogas.
—¿Por qué aquí, precisamente? —le preguntó Hildur mientras arrancaba el coche.
Ísafjörður no estaba de camino a ninguna parte, así que nadie había ido a parar allí por casualidad. Quien llegaba al fiordo, lo hacía con un propósito. Se tardaba varias horas en coche desde la capital.
—Pétur está sin teléfono. Se lo habían confiscado los del centro por una pequeña infracción. Por lo visto lo ha llamado varias veces un hombre mayor que vive en Ísafjörður. Los de desintoxicación supieron enseguida de quién se trataba.
—No me jodas. ¿Se ha ido a casa de aquel viejo asqueroso? —dijo Hildur.
Salió del patio de la comisaría dando un acelerón y cogió la carretera principal que rodeaba el pueblo. Llovía con fuerza. Hildur aumentó la velocidad del limpiaparabrisas para ver por dónde iba.