Capítulo 2
Notaba la tela a cuadros del sillón muy áspera. El suelo era un laminado gris sucio, y al mover las suelas de goma de las Vans se oyó un chirrido desagradable. Pétur se ajustó el gorro negro de lana y trató de relajarse mirando la estantería negra de Ikea de delante.
En los estantes había un batiburrillo de objetos. Rollos de papel de cocina, folletos publicitarios y cajas de pizza vacías. Vacas decorativas de porcelana y un ejemplar de Salka Valka , la novela de Halldór Laxness. Una fina película de polvo cubría la vieja capa de pegajosa suciedad.
En los últimos dos días sólo había comido un yogur de fresa que había robado en una estación de servicio. Tenía hambre, pero ahora no podía pensar en comida. Estaba demasiado nervioso.
Había tenido suerte de que aquel joven médico polaco se hubiera parado al verlo en la cuneta y lo hubiera acercado a Ísafjörður.
Llevaba poco tiempo en el país y no hablaba islandés, pero a Pétur no le había importado.
Se defendía bien en inglés, aunque no lo había aprendido en el colegio (ni siquiera había terminado la primaria), sino gracias a YouTube y los foros de internet.
Por eso había podido charlar con el médico tanto rato.
¡Qué suerte toparse con un extranjero! Eso reducía las posibilidades de que lo hubiera reconocido.
Los islandeses tenían primos y tíos en cada maldito fiordo, así que hacer autostop siempre conllevaba un riesgo.
Pétur se revolvió en el sillón y miró con timidez hacia la mesa del centro del salón.
Jón, sentado de perfil, con la barriga embutida en una camisa de franela roja, había llenado de marihuana la cazoleta de una cachimba.
Con sus gafas de leer rotas, examinaba su obra.
La concentración le acentuaba la cicatriz de la frente.
—Ya era hora. Llevo todo el día esperando.
¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó mientras fijaba la cazoleta al mástil —.
Me has decepcionado. —Dejó la cachimba y el mechero en la mesa baja del salón, delante de Pétur, que lo miraba con expresión ausente —.
Pero no te preocupes. Eres un buen chaval.
Seguro que se nos ocurre algo que me ponga de mejor humor.
Jón volvió a sentarse a la mesa y, reclinado con las manos en la nuca, observaba al adolescente. Parecía disfrutar con la situación.
—Sí, claro. Fue difícil de cojones salir de la residencia. Esos celadores son más listos que el hambre —dijo el chico, presionado por su mirada punzante.
—Por suerte, nosotros lo somos más, ¿o no? —dijo Jón, que sonrió señalando la pipa.
Pétur cogió la cachimba. Con manos expertas, prendió la cazoleta y aspiró con ansia. La estancia se llenó con el borboteo y la respiración profunda de Jón. «Por fin», pensó Pétur. El vapor le inundó los pulmones y su cuerpo se relajó por completo. Los brazos dejaron de picarle.
—Fuma tranquilo, chico, no hay prisa. Te sentará bien. ¿O no?
Sin dejar de mirar al adolescente, que seguía dando caladas, Jón se desabrochó el cinturón con lentitud teatral.