1. Octubre de 2019, Ísafjörður
El océano gemía suavemente. El oleaje venía de lejos. La tormenta que había caído sobre Groenlandia días atrás llegaba ahora a la escarpada costa noroccidental de Islandia. Las olas rompían contra las rocas. Los rociones entraban borboteando en las cuevas volcánicas.
Todos necesitamos volver cada cierto tiempo a aquello que nos conecta con nuestra esencia.
Para la detective Hildur Rúnarsdóttir, eso era el surf.
Nadie podía prever con exactitud los movimientos del mar.
El agua ocultaba un fondo oscuro y gélido que las previsiones no mostraban y al que había que prestar atención.
A Hildur le fascinaba el peligro. Jugar en ese mundo gélido la hacía sentirse viva.
Hildur se recogió la trenza en un moño bajo y se ajustó la capucha de neopreno a la cabeza.
El agua debía de estar a unos cinco o seis grados.
Llevaba un traje de neopreno de cuerpo entero.
Era el modelo más grueso, con un par de milímetros menos en las extremidades para facilitar el movimiento de manos y pies.
También llevaba guantes y escarpines para surfear en aguas frías.
El traje le sentaba como una segunda piel.
Si le quedase flojo, dejaría pasar agua y se enfriaría, y si le fuera demasiado ceñido, no podría moverse con agilidad.
La luz grisácea de finales de octubre se filtraba entre las nubes deshilachadas. El pueblo no veía el sol en invierno. Las montañas lo tapaban de noviembre a febrero, así que ésos eran sus últimos días antes de desaparecer hasta primavera.
Hildur cogió su tabla de surf verde y entró con cautela en el agua. A pesar de la gruesa suela de goma, notaba las afiladas rocas volcánicas. Se tendió sobre la tabla y se alejó remando con sus brazos musculosos. Los movía rítmicamente, con la respiración agitada.
Uno se adentra en el mar tanto como le deja la mente.
Ese día Hildur quería alejarse de la costa todo lo posible.
Las olas no tenían altura, pero eran largas, como siempre después de una tormenta en Groenlandia.
Le gustaba remar a contracorriente, aunque fuera agotador: donde el cuerpo se exige, la mente se aclara.
La tabla se adentraba en mar abierto. Su respiración era cada vez más agitada.
Un cuervo negro la sobrevolaba desde hacía rato.
Al volverse para mirarlo, el mar la embistió y se tragó un tromba de agua.
Superado el ataque de tos, remó varios metros y se quedó esperando la siguiente ola.
Ésa sería su ola. La playa estaba vacía.
En aquel pequeño pueblo de dos mil habitantes no había muchos aficionados al surf. Ese día, tenía el mar sólo para ella.
Una hora larga más tarde, Hildur se encaminaba con la tabla bajo el brazo hacia su coche.
Lo tenía aparcado en la península de Arnarnes.
Le había sentado bien desconectar un rato.
Esa mañana se había despertado con mucha ansiedad.
La angustia había desaparecido, pero seguía con un mal presentimiento, con la sensación de que iban a darle una mala noticia.
Hildur trabajaba para la policía nacional de Islandia: ocupaba el cargo de jefa de la unidad de niños desaparecidos en las regiones poco pobladas y detective en la comisaría de policía de Ísafjörður. Era la única detective de Vestfirðir.
A punto de llegar al coche, oyó que le sonaba el teléfono. Se quitó los guantes de surf, abrió la puerta y cogió el móvil del asiento delantero.
—Al habla Hildur —dijo con voz jadeante mientras se secaba la frente y se bajaba la capucha de neopreno.
Era su jefa, Elísabet Baldursdóttir, Beta. Llamaba por un asunto urgente. «Para variar», pensó Hildur.
—Voy para allá. Estoy de camino. Sólo tengo que pasar un momento por casa para cambiarme.
A la gente le tranquilizaba pensar que lo bueno siempre estaba por llegar. Hildur no lo entendía. Para ella, la felicidad consistía en no esperar nada. Sólo había que dejar que las cosas siguieran su curso natural. En cuanto asomaban las expectativas, todo se torcía.
No siempre había sido así. De pequeña, ella también esperaba con ilusión la llegada de la Navidad, los cumpleaños de sus compañeros de clase, las largas excursiones a caballo de los fines de semana y las primeras nieves de finales del otoño.
Pero el día que todo cambió, dejó de esperar cosas buenas.
Hildur tiró la toalla en el asiento del copiloto y se puso al volante. Con un rechinar de neumáticos, salió rumbo al centro de Ísafjörður, donde vivía y trabajaba.