2. Noviembre de 1994, Ísafjörður
Desde la ventana del salón se veía la nieve arremolinarse de un lado a otro del patio. Se acercaba una tormenta.
La tripa de Lóa era suave y cálida. «Parece papel de seda», pensó Björk.
La gata ronroneaba dulcemente con sus delicadas caricias.
Una máquina quitanieves despejaba la calzada amontonando la nieve en la parcela vacía de al lado.
Las luces de advertencia teñían la estancia de naranja; los golpes y chirridos resonaban por toda la casa.
La gata se desperezó, estiró las patas contra el sofá de pana y, con los ojos entornados, miró con satisfacción a su joven cuidadora.
A Björk le daba rabia no poder tener su propio gato. Su madre era alérgica. Tampoco le dejaban adoptar a un perro. Tenían caballos, es cierto, pero con ellos no podía jugar en el sofá del salón.
Por eso les había hecho tanta ilusión que Jón, un viejo amigo de su madre, les preguntara, a ella y a su hermana Rósa, si podían cuidar de su gata.
Necesitaba graduarse las gafas y, como en Vestfirðir no había ópticas, tenía que ir a Reikiavik.
Seis horas de coche y un par de noches en un hotel barato de las afueras no era un buen plan para la vieja Lóa .
Su gata no soportaba ir con el transportín en el asiento trasero y siempre acababa vomitando en el coche.
Björk y Rósa habían ido directas a casa de Jón después del colegio para estar más tiempo con Lóa .
Tras darle un par de lenguas de bacalao, le habían puesto una medida de bolitas de pienso en el cuenco.
Por suerte, gracias a la gatera de la puerta de entrada, Lóa podía salir fuera a hacer sus necesidades.
Björk no quería separarse de ella. Su pelo era tan suave y estaba tan calentita...
—En serio, tenemos que marcharnos. Se nos va a escapar el autobús —le dijo Rósa, de ocho años, a su hermana pequeña.
—Déjame que le rasque un poco la barriga. Le encanta: mira cómo me frota con la cabeza. Misi, misi, misi.
Rósa la esperaba en el recibidor con su mochila My Little Pony a la espalda.
El autobús escolar que las llevaba cada día a casa, al otro lado de la montaña, saldría en cinco minutos del colegio, y Rósa sabía que el conductor no esperaba a los rezagados.
Pero a Björk, que hacía primero de primaria, le daban igual los minutos.
Rósa, en cambio, iba a tercero y ya tenía noción del tiempo.
Por suerte Jón vivía justo al lado del colegio. Su madre les había contado que Jón tenía otra casa, una cabaña de veraneo en el campo, donde Lóa podía correr por los prados sin riesgo de ser atropellada.
—Bueno, yo me voy. Quédate aquí si no quieres volver a casa —dijo Rósa ya casi en la puerta —. Mamá nos prometió que hoy haría lummur , ¿recuerdas?
A Björk le encantaban las lummur con sirope y mermelada de ruibarbo. Esas tortitas hechas a la sartén eran su comida preferida. Su madre las hacía con forma de flor y corazón.
Björk se levantó lentamente del sofá y acarició una última vez a la gata.
—Muy bien. Vámonos. Pero espera un momento, que tengo que ir a hacer pis.
Al marcharse, Rósa cerró la puerta y se aseguró de oír el chasquido. Si no quedaba bien cerrada, podría abrirse con la corriente y entraría nieve dentro.
Las niñas cruzaron el patio dando zancadas sobre los montículos de nieve. Sólo en los dos últimos días se había acumulado medio metro de nieve. Las dos miraban las fascinantes formas que había esculpido el viento mientras hacían planes para bajar en trineo por la colina de detrás de su casa.
Al llegar a la calle, el autobús escolar blanco pasó de largo por delante de ellas. Rósa salió corriendo detrás del vehículo agitando las manos. Pero el conductor no la vio, o no quiso detenerse.
—¿Cómo vamos a volver a casa? ¿Qué vamos a hacer? —Björk estaba enfadada —. Tengo los zapatos llenos de nieve. Mamá dice que me constiparé si voy con los pies mojados —dijo con voz llorosa.
Rósa se quedó pensativa. El colegio había cerrado.
Los niños se habían ido andando a sus casas, o alguien los había ido a recoger.
El autobús se había marchado. En ese momento su madre debía de estar dando de comer a los caballos, y no entraría en casa hasta una hora después.
Su padre había salido con el barco pesquero.
No volvería a puerto hasta el fin de semana siguiente.
—Podemos ir a casa de alguien —propuso Björk.
—A mamá no le va a hacer ninguna gracia tener que venir a buscarnos.
—Y si... ¿Y si volvemos andando?
Björk sabía que lo tenían terminantemente prohibido. Era fácil perderse con la tormenta de nieve, y además, el túnel todavía no se había inaugurado. De todas maneras, a los peatones no se les permitía utilizarlo.
Las obras del túnel habían empezado dos años antes. Medía varios kilómetros de largo y conectaría los pueblos a ambos lados de la montaña. Sus habitantes, aparte de ir más rápido, evitarían tener que circular en invierno por una peligrosa carretera llena de curvas.
—Está prohibido caminar por el túnel. Además, aún no está terminado —dijo Rósa, asustada.
—Oí que mamá y papá decían que ya se podía atravesar la montaña. Ya está hecha la carretera —dijo Björk, con la vehemencia de una niña de seis años.
—Bueno... Tenemos que volver a casa como sea. Si el túnel aún no está abierto, tampoco habrá coches.
—Pero a mí me da miedo la oscuridad y los túneles están muy oscuros.
—Iremos cogidas de la mano, muy despacio, una detrás de la otra, por el borde de la carretera. No te soltaré hasta que lleguemos a casa. Piensa en las tortitas de mamá.
Björk se armó de valor y le dio la mano a su hermana.
Las dos echaron a andar por la carretera hacia la boca abierta en la montaña. Volvía a nevar y empezaba a anochecer. En unos minutos reinaría la oscuridad dentro y fuera del túnel.
—Por suerte, allí abajo no nieva. Ven, vamos —dijo Rósa tirando de su hermana.
Rósa y Björk entraron en el túnel cogidas de la mano. Lo último que se vio de ellas fue una mochila roja My Little Pony. Después, desaparecieron.