Huellas en los fiordos (Hildur 1)
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1. Verano de 1550, Mosfellsheiði
Sleipnir se lanzó al galope con la crin oscura llameando al viento. Espumeaba y los ojos le brillaban de excitación por la carrera.
Sentado a lomos del fogoso animal, Haraldur inhaló el aire fresco de finales de verano. Llevaba las riendas en la mano derecha y en la izquierda una cuerda atada a los dos caballos de reserva. El cuchillo sujeto a la cintura le golpeaba la pierna al ritmo del galope.
Al exhalar, soltó un «Sooo» largo y grave a través de su espesa barba pelirroja. Si no lo calmaba, Sleipnir seguiría hasta la extenuación. Era un buen caballo; sólo trataba de complacer a su jinete. Pero aún les esperaba el ascenso a Mosfellsheiði, y no quería quedarse sin su mejor montura.
Llevaba tres días cabalgando. Había salido de su casa en Fellsströnd, a orillas de Breiðafjörður, al enterarse de que un clan rival planeaba matar a su primo Njáll, uno de los granjeros más influyentes del sur de la isla.
Se conocían desde niños, y Haraldur no había dudado en emprender el viaje.
Con dinero y tierras, siempre había enemigos al acecho.
El sol de la tarde teñía el paisaje de naranja.
La atmósfera era otoñal. Los pájaros ya no trinaban y los prados se habían cubierto de un manto cobrizo.
Poco antes de oscurecer, Haraldur llegó a una sæluhús en la meseta de Mosfellsheiði.
Descabalgó frente a la choza de turba, dio de beber a los caballos y los llevó a un prado cercado por un muro de piedra.
Al abrir la puerta de la sæluhús , se encontró en un pasillo lúgubre de techo bajo. Quería pasar la noche y continuar el viaje por la mañana temprano. Le quedaba medio día de camino hasta la granja de Njáll, a orillas del caudaloso río Ölfusá.
—Tres caballos y un hombre. Una noche. ¿Hay sitio? —gruñó Haraldur. La melena pelirroja le enmarcaba el rostro y le acentuaba la mandíbula prominente.
Una chica con sayal y una lámpara de aceite apareció en el pasillo. La luz tenue acentuaba el verdor de sus ojos.
—Allí al fondo hay sitio para dormir. Se paga por la mañana. Nada de trucos —dijo señalando hacia atrás con un rápido gesto de cabeza.
Úna rondaba la treintena y provenía del sur. En invierno trabajaba como sirvienta en una granja del fiordo vecino, y en verano se hacía cargo de los huéspedes de la sæluhús de las tierras del granjero. Todos los que viajaban desde el oeste hacia el sur hacían una parada allí.
Úna observaba al viajero. No solía fijarse en los huéspedes, pero éste era atractivo.
—¿Tienes hambre? Puedo ir a ver qué encuentro en la cocina.
Partieron un trozo de bacalao seco con un poco de pan de algas que arrancaban de una hogaza dura. Haraldur le habló de sus tres caballos, de su granja de ovejas y de Breiðafjörður, donde había tantas islas que nadie había logrado contarlas. Úna dijo que se le daba bien esquilar ovejas.
Ella no solía invitar a los viajeros a su cama, pero ese día hizo una excepción.
Haraldur parecía diferente. Le hablaba de igual a igual.
Le preguntaba su opinión, la escuchaba sin interrumpir y le contaba cosas de su vida.
A la mañana siguiente, él le preguntó si podía pasar a buscarla en el viaje de vuelta.
«Si no tardas mucho, quizá me vaya contigo», le dijo ella.
Cuando él se marchó, Úna se sentó a hacerse una trenza.
El sol entraba por un estrecho ventanuco aquella mañana de verano.
El haz de luz parecía dividir la estancia en dos.
Úna se levantó y cerró los ojos para disfrutar del calor en la cara.
Haraldur llegó a la ribera del Ölfusá antes que los enemigos de Njáll.
Esa noche, los dos celebraron el reencuentro hasta la madrugada, y al día siguiente, Njáll puso a dos de sus hombres de confianza como guardaespaldas.
Luego le dio a su amigo una bolsita de cuero llena de klippings como agradecimiento.
Dos días más tarde, Haraldur llegaba a la sæluhús con sus caballos y las monedas de plata y cobre tintineando en el bolsillo. Úna empaquetó sus pocas pertenencias, subió a lomos de la joven yegua de Haraldur y se marchó con él rumbo al oeste, hacia Breiðafjörður y sus islas incontables.
Úna y Haraldur no tenían por qué haberse conocido, pero sus caminos se cruzaron y acabaron formando una familia numerosa.