Huellas bajo el hielo 36 JAQUE MATE #2
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36 JAQUE MATE #2

El detalle de quién se apuntaría el tanto histórico de ubicar aquellas ruinas ocultas bajo el hielo quedó al arbitrio de Alicia; un obsequio menor por parte de los servicios de inteligencia.

Para la joven carecía por completo de valor, aunque pensaba que los compañeros de su padre bien podían apreciar ese regalo.

Desde el segundo en que Adela pronunció aquellos síes mágicos, el resto del universo se desvaneció.

A pesar de sentirse amargamente traicionada, su corazón no había dudado en mercadear con el secreto para salvar al padre y en la misma tacada, “por qué no”, al mentiroso amante perdido.

A las puertas del centro médico de Salem, el aire cortante de Nueva Inglaterra parecía congelar las ideas antes de nacer.

Dos agentes de traje impecable y gafas oscuras reglamentarias custodiaban la entrada como gárgolas mecánicas.

Mientras Adela aparcaba el Ford alquilado, Alicia reconoció de inmediato la brillante melena leonina de Rachel; a estas alturas, su capacidad de asombro ante el cínico teatro del espionaje internacional ya estaba curada de espantos.

En ese preciso instante, su bolsillo vibró con un mensajito corto, un único dato numérico: «742».

Guardó el teléfono con una frialdad milimétrica; las piezas del engranaje encajaban.

Con el corazón martilleando contra las costillas y un sudor helado recorriendo la nuca, descendieron del vehículo dispuestas a cruzar la línea de no retorno.

Rachel ofreció una mejilla con una fingida y condescendiente sonrisa de disculpa; la española aceptó el contacto por puro pragmatismo, negándose a regalarles un ápice de complicidad.

El otro agente se limitó a un seco asentimiento de cabeza, marcando el compás.

Los cuatro cruzaron el umbral en un silencio sepulcral, solo roto por el eco metálico de los tacones de Adela sobre el suelo pulido, que rebotaba en los enormes ventanales orientados a un patio interior blindado.

Una silueta blanca y descomunal salió a su encuentro de inmediato: una mole almidonada de hombros mastodónticos y piel oscura, cuyos brazos parecían troncos de roble.

Sin embargo, aquella apariencia de oso pardo contrastaba con la bondad infinita de unos ojos redondos y una sonrisa acogedora. La absoluta ausencia de palabras confirmó que el gigante formaba parte del pacto silencioso.

Guiados por el tintineo metálico de un pesado manojo de llaves colgado del cinto, recorrieron un laberinto de pasillos blancos impregnados de un persistente olor a formol y calmantes químicos.

Al llegar al tercer corredor se detuvieron ante la quinta puerta del flanco derecho, marcada únicamente con un número gris bajo una ventanilla de cristal blindado.

Contar puertas se había convertido en el único ancla mental de Alicia para evitar que el pánico la arrastrase al abismo.

El enfermero introdujo la llave con parsimonia. Para ambas, aquel chirrido metálico equivalía a abrir de par en par las puertas del infierno.

Adela fue la primera en cruzar el dintel.

El golpe de aire viciado, cargado de desinfectante y trazas de sedantes, le pegó de lleno en el rostro.

Bajo una semi penumbra, sentado sobre el colchón de la cama, vistiendo un pijama hospitalario dos tallas más grandes que colgaba lastimosamente de su osamenta, un hombre contemplaba el vacío más absoluto.

No se inmutó lo más mínimo con el ruido de la puerta.

Su pelo ralo y grisáceo crecía revuelto sobre las orejas, y una barba de varios días surcaba un mapa de arrugas profundas, cicatrices mudas de una batalla interminable contra el silencio y el olvido institucional.

Aquella mirada no estaba simplemente perdida; habitaba otra dimensión, atrapada al otro lado de un espejo invisible que el tiempo había empañado para siempre.

Adela sintió que le arrancaban el oxígeno de los pulmones.

Intentó tragar con fuerza el nudo que le desgarraba la garganta.

Aquel despojo humano no guardaba ya rastro del hombre que ella había amado; los años de su juventud se los habían robado en los sótanos oscuros del mundo.

Alzó la vista hacia los ojos nublados del anciano y, con el alma completamente rota, se limitó a inclinar la cabeza hacia los agentes. Lo estaba confirmando.

Era él.

Alicia permanecía inmóvil justo detrás, refugiándose a la sombra protectora de la abogada.

Sus ojos, anegados de terror, descendieron despacio hasta las manos del enfermo: frágiles, nudosas, abandonadas inertes sobre el regazo como un par de pájaros muertos.

Respirando hondo, obligando a sus temblorosas piernas a avanzar sobre un suelo que parecía hundirse bajo sus pies, como un quebradizo lago invernal, cogiendo una gran bocanada de aquel infecto aire dio el paso definitivo al frente.

El enfermero, con una mueca de genuina y profunda compasión, rompió el hielo con un susurro:

—Lleva años sin pronunciar una sola palabra. Nadie ha logrado arrancarle ni un sonido.

Alicia rompió a llorar en silencio, conteniendo el grito que amenazaba con desgarrarle el pecho.

Se arrodilló a medias junto al jergón y alargó los dedos con infinita delicadeza hasta rozar aquella piel fría.

Hundió la mirada en el fondo de aquellos ojos marchitos, buscando desesperadamente el hilo invisible del que aún pendía su vida.

De pronto, como si un resorte milenario hubiera saltado en lo más profundo de su cerebro, el anciano experimentó un violento estremecimiento.

Sus fosas nasales temblaron, aspirando el aire con una avidez desesperada, como quien intenta atrapar un rastro borrado por la ventisca.

Sus ojos apagados se abrieron de par en par y, en su rostro surcado por el olvido, se dibujó una sonrisa infantil, torcida y dolorosamente hermosa.

Aquel cuerpo abandonado recibió de pronto el soplido de un viento antiguo. Por el puro, indestructible poder del amor, la chispa prendió de nuevo.

—Ali... Alicia, cariño, has venido —susurró con una voz rota, ciega, incapaz de enfocar la silueta.

La joven se abalanzó sobre su pecho con un grito ahogado, rompiendo por fin el dique de la contención.

Adela cayó con ellos en un abrazo indisoluble, fundiendo las tres vidas en un llanto colectivo que retumbó en las paredes de la celda.

Hasta Rachel, en un inusual destello de humanidad, desvió la mirada para secarse disimuladamente una lágrima bajo las gafas oscuras.

El gigante de enfermería, profundamente conmovido, celebró el milagro marcándose un cómico y discreto paso de baile mientras esbozaba una amplia y sincera sonrisa.

El prodigio respondía a una lógica inapelable: Alicia llevaba usando exactamente el mismo perfume de azahar desde que era una niña. Aquella fragancia era el único cordón umbilical que el largo cautiverio de Juan Luis no había conseguido seccionar.

Ocho horas más tarde, el bullicio de hormiguero prenavideño del aeropuerto de Dulles engullía a la comitiva.

Adela empujaba con firmeza una silla de ruedas donde Juan Luis, enfundado en un vistoso chándal de colores que contrastaba con su palidez, parecía volver a hundirse en su letargo.

Ambas sabían que harían falta litros de gazpacho y muchas tortillas de patatas aderezadas de paciencia para que el mundo reconociera en él a una persona real.

Escoltados de cerca por cuatro armarios exentos de facciones, caminaban a paso ligero hacia la terminal internacional. Tenían prisa; una urgencia visceral, casi animal, por salir de aquel país antes de que expirara el frágil ultimátum firmado en las sombras.

Tras estampar las últimas firmas con una rapidez febril, Rachel tomó el relevo en la garita de control para devolverlas a la zona de embarque, despidiéndose con un respetuoso y tenso saludo militar.

Una vez superados los filtros de aduana, protegidas temporalmente por la sombra de los agentes que custodiaban el perímetro, consiguieron unos minutos de tregua.

Juan Luis cabeceaba en la silla con los ojos abiertos.

Alicia lo contemplaba con angustia, cerrando los párpados por segundos para intentar borrar la lacerante imagen de fragilidad que se le clavaba en el alma.

A pocos metros, los guardaespaldas miraban impacientes sus relojes, deseando librarse de aquel incómodo paquete diplomático.

En ese instante, una puerta lateral se abrió con brusquedad.

Tres hombres trajeados de la agencia rival se acercaron con paso firme y amenazante, tensando de inmediato a los escoltas americanos.

Alicia se puso en pie con una fría, letal y elegante autosuficiencia. Obvió por completo el saludo protocolario y, mirando fijamente a los ojos al oficial al mando, dictó una cifra y una ubicación exacta con absoluta claridad.

Con idéntica frialdad mecánica, el agente anotó los datos en una tableta: el número de una taquilla concreta en la bulliciosa y abarrotada estación central de Nueva York. Inmediatamente, la maquinaria invisible del contraespionaje mundial se puso en marcha.

A esa misma hora, en las entrañas de Manhattan, el viejo electricista disfrutaba de la ciudad tras cumplir su arriesgado cometido.

Disfrazado como un turista jubilado más, se acercó a la estación, alquiló la taquilla señalada y depositó en su interior el voluminoso maletín que llevaba horas quemándole en las manos.

Al salir de nuevo a la acera, tecleó el mensaje con los tres dígitos que Alicia acababa de soltar en Dulles.

Disfrutando como un chiquillo tras una travesura mayúscula y con la euforia de quien le ha ganado una partida a la muerte, se perdió raudo entre la marea humana de la Gran Manzana.