36 JAQUE MATE
E ra jueves por la tarde. El sol anunciaba su declive, dibujando sombras y borrando montañas sobre un abrupto horizonte plagado de olivos en la sierra cordobesa.
Adela conducía bajo los efectos de la cafeína de dos países distintos.
La prudencia la había guiado por un largo rodeo de carreteras secundarias desde Lisboa, al volante del coche japonés de su hermana —la funcionaria de la junta—, aunque en su interior sentía que venía conduciendo desde el mismísimo Manhattan.
Durante el vuelo apenas había pegado ojo.
La posibilidad real de que Juan Luis siguiera vivo se lo había impedido.
Su mente transitaba del paraíso al infierno en mil tonalidades distintas, con una pregunta planeando sobre su cabeza como una bomba de relojería: ¿qué demonios debía contarle a Alicia?
Solo pensarlo dolía. Tapar todas las fugas que ocasionaría soltar una mínima pista ya era un reto comparable a escalar un abismo con las manos atadas.
Y, por si fuera poco, les tocaba esperar.
Anhelar la respuesta de Daniel iba a desgastar las esferas de todos los relojes.
El agridulce sufrimiento del amor se había instalado en su alma; independientemente de lo que tardaran en llegar las noticias, necesitaría el tiempo de otra vida para cicatrizar.
El resultado marcaría su forma de actuar, o quizás ya daba igual.
Verdad o mentira, aquel joven —estuviera del lado que estuviera— había encendido una mecha imparable.
Ambas sabían que nada detendría a Alicia si creía que existía la más mínima esperanza.
Era la vieja paradoja de los afectos de la que hablaba el viejo bardo: los sentimientos más elevados resultaban ser también los que infligen las heridas más profundas, los únicos capaces de empujarte a la locura, de jugártelo todo por quienes amas.
Ahora solo estaba cansada. Quería una ducha, abrazar muy fuerte a su hijo y dormir como no lo había hecho en años. Aún quedaba mucha tela que cortar: al día siguiente volaría a Madrid para enfrentarse cara a cara con aquella disyuntiva.
Al día siguiente aún no había tomado decisión alguna.
Alicia abrió la puerta de su piso y, sin darse cuenta, se vio atrapada por un abrazo de Adela, tan rápido y abrumador que le impidió verle la cara.
En una mano sujetaba una bolsa de papel pintada de azul y amarillo, con el símbolo más famoso de Nueva York.
Pero no traía souvenirs, solo una colección de temores.
Durante la espera, en sus constantes desvaríos, Alicia había intentado no ilusionarse; era mucho más probable que la abogada regresara con las manos vacías.
Adela tomó asiento en el sillón sin esperar invitación, pero esta vez no había espacio para charlas triviales.
Tenía el rostro tenso, la mirada esquiva y las manos frías.
¿Cómo decirle a la joven que había encontrado a Daniel, que el chico resultaba ser un agente del servicio secreto, pero que al mismo tiempo juraba estar perdidamente enamorado y haber desertado por ella?
Adela se ahogaba intentando dosificar un golpe tan devastador.
Automáticamente, Alicia se colocó a la defensiva.
Era evidente que Adela venía cargada de respuestas insoportables, pero el miedo a escuchar la verdad la paralizaba.
La abogada intentaba amortiguar el impacto anclándose en nimiedades del viaje, estirando artificialmente el tema mientras sus profundos ojos oscuros esquivaban los de la joven.
Con cada pausa Alicia lo intentaba, pero algo se lo impedía: quería saber, pero no se atrevía a preguntar, como si necesitara aferrarse a aquella incógnita para seguir respirando un día más sin romperse del todo.
Adela, sintiendo que la decepción y la sospecha empezaban a cristalizar en los ojos de Alicia, se estiró hacia la bolsa de papel, dispuesta por fin a confesarle el enredo de Daniel y el riesgo en el que se metían.
En ese preciso instante sonó su móvil: salvada por la campana. Con una coqueta sonrisa de póker pidiendo clemencia, miró la pantalla; era un mensaje.
Fue leerlo e inmediatamente su rostro cambió de manera radical.
Sin dejar de mirar la pantalla, se levantó repitiendo «¡Sí, sí, sí!
», levantando los brazos y saltando como si su equipo hubiera marcado un gol.
Instintivamente se abrazó al cuello de Alicia, quien, aún más confundida y al borde de la exasperación, seguía fuera de juego.
Cuando logró zafarse del abrazo, comprobó angustiada que Adela lloraba a lágrima viva, manifiestamente emocionada; la barbilla le temblaba componiendo una media sonrisa que le impedía articular palabra.
Alicia descubrió signos de miedo, de mucho miedo, y de un manotazo le arrebató el móvil de la mano.
Entonces pudo ver sobre la pantalla un simple mensaje: «SÍ», repetido tres veces y en mayúsculas.
—¿Quieres explicarme qué demonios ocurre? —dijo un tanto enfadada, conteniendo un temblor de impaciencia.
Cuando Adela logró serenarse, cogió a Alicia de las manos y, tirando de ella, se sentaron en el sofá. Sacó un pañuelo de papel del bolso y, tras desatascarse sonoramente buscando serenidad, se enfrentó a la joven.
—Es un mensaje de Daniel... —comenzó Adela, tragando saliva antes de soltar la verdadera bomba—. Pero antes de hablarte de él y de todo lo que descubrí en Nueva York, tienes que saber lo que significa este mensaje. Tu padre está vivo.
Alicia sintió todo el peso del mundo sobre sus hombros, como atrapada en medio de un maremoto, como si terminara de nacer.
Y en realidad así era: se vio a sí misma arrastrada al fondo del océano y, cuando ya no le quedaba ni una gota de aire en los pulmones, pedaleó con todas sus fuerzas y regresó a la superficie, sintiéndose una persona diferente en un mundo distinto.
Porque aquello lo cambiaba todo; aquella noticia barrió de un plumazo cualquier reproche, convirtiéndose en el punto de apoyo que movería su mundo sin necesidad de hacer palanca.
El resto de la tarde fue una de esas fechas que jamás olvidas.
Lloraron, hablaron, rieron y soñaron como nunca volverían a hacerlo; idearon mil planes que desbarataron y volvieron a comenzar cientos de veces.
Al final se dieron cuenta de que todo pasaba por dejar de soñar y atreverse a lanzar un órdago a los servicios secretos.
Aunque a ambas se les erizó la piel con solo pensarlo, ninguna tuvo dudas de seguir adelante.
Alicia preparó sus maletas y juntas se marcharon.
Pasó el fin de semana en Córdoba donde, aparte de diseñar su plan, disfrutó de buenos guisos y muchas risas con su nuevo hermano, quien —tal y como imaginaba su madre— recibió la noticia con cierta indiferencia, aunque parecía disfrutar de la compañía de una hermana a la poder chinchar.
Esa semana, Adela y Alicia hicieron multitud de llamadas, contactaron con las autoridades y también con viejos compañeros de Juan Luis, entre ellos un viejo electricista jubilado al que Alicia —tras una breve parada de incógnito en el banco de Toledo— hizo una visita.
Este, sin hacer más preguntas de las necesarias, se ofreció a ayudarlas en todo lo que fuera preciso.
Cuando subieron al avión aquel sello estampado en su pasaporte había sido el resultado de unas arduas negociaciones a tres bandas durante los últimos diez días: en un lado, los enfadados servicios secretos españoles, que para no quedarse fuera de juego aceptaron su papel de mediadores; en el otro, las supuestas poseedoras del secreto de la máquina del tiempo, que solo perseguían la liberación de Juan Luis y de rebote un indulto para Daniel; enfrente, los codiciosos carceleros de ambos.
Una operación gestada en la sombra como en los mejores tiempos de la guerra fría que obligó a hacer un encaje de bolillos con la legalidad internacional, blindando la políticamente correcta reputación de unos servicios especiales estadounidenses cuya maltrecha imagen pública no podía permitirse escándalos, y que alegaron oficialmente que su único fin era recuperar el material robado.
A cambio de liberar a Daniel —quien, acuciado por la necesidad de despejar el destino de Juan Luis, se había entregado voluntariamente al enemigo la mañana siguiente de la entrevista con Adela— y de garantizar su regreso a España libres de cargos, Alicia había tenido que ceder.
El precio exigido fue entregar el legado del inventor y guardar un silencio sepulcral sobre la prolongada amnesia y el secuestro institucional de su padre.
Para garantizar que el protocolo se cumpliera al milímetro, el trayecto hasta el centro médico en Salem no lo hicieron solas; un discreto vehículo oficial con una pareja de agentes de los servicios secretos españoles las escoltaba de cerca, asegurándose de que la delicada operación transcurriera sin interferencias locales mientras ellas tomaban el volante del Ford Explorer alquilado.
—¿De verdad crees que se tragarán lo del artículo médico? —murmuró Alicia, con la vista fija en la carretera mientras conducían hacia Salem.
—Tienen que hacerlo —respondió Adela sin apartar las manos del volante—.
El gobierno español ha redactado una historia enternecedora: un hombre sin memoria recuperado tras dos décadas de olvido, ensalzando el celo del "altruista" sistema médico americano.
Es la coartada perfecta para evitar que nos obliguen a cambiar de identidad.