Huellas bajo el hielo 35 LA CEREMONIA #4
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35 LA CEREMONIA #4

La comitiva de alenitas, encabezada de nuevo por Goser, Kaliani y Tarvis, descendió de la pirámide y, con Iwa entre ellos, desapareció por donde había llegado. La muchedumbre permaneció largo rato en estado catatónico, lo suficiente para hacer desaparecer el miedo de sus cuerpos.

Durante décadas, la leyenda de aquella tarde viajó de boca en boca hasta convertirse en la parte fundamental de sus creencias.

Aquella fue conocida como la jornada en la que la tierra bramó y los dioses se dejaron ver entre los mortales para recuperar a su enviado.

Alguien lo adornó diciendo que los dioses habían enviado a su hijo como una muestra de bondad; otros tradujeron que aquello era parte de una profecía mal interpretada.

Para unos era una prueba para tentar a los simples mortales; para otros, el mensaje estaba claro: el cielo no necesitaba más sangre derramada, sino más tolerancia en la tierra.

Pero en lo que todos coincidieron fue en que se necesitarían siglos para lavar la vergüenza por el infame trato dispensado; y, enquistando ese pecado en el aprensivo corazón de los hombres, sustentaron su poder.

Iwa fue elevada a los altares, entendiendo que había sido ungida con el poder de la bondad y la clarividencia.

Sus humanos errores se convirtieron en proezas, y la historia acabó lustrando su propia leyenda como un vínculo perpetuo entre dioses y hombres.

Hasta la peluca de la princesa pasó de capricho a reliquia, un motivo de disputas que refrendó la crueldad que a menudo atesoran las religiones.

Nada de esto se puede achacar a los alenitas; ellos solo buscaban rescatar a los suyos.

Pero su aparición nos hace racionalizar teorías más amplias: hace solo unos años, cuando éramos tan pocos y teníamos tan pocas cosas superfluas de qué preocuparnos, todo cuanto ocurría a nuestro alrededor nos atañía; no existían los problemas ajenos.

Aún no teníamos muy claro que el ser humano era lo importante: la vida caminaba de la mano con los movimientos planetarios, y la oscuridad natural de la noche acercaba el cielo al día a día.

Poco después, con solo observar la inmensidad del cosmos, comprendimos que el hombre estaba aquí de paso, pero también que formábamos parte de ese mundo.

Por entonces no nos considerábamos sus dueños; interactuábamos con él.

Quizás por esa razón ciertos individuos consideraron que esos puntos brillantes del cielo eran en realidad ojos que nos vigilaban, y sabíamos tan poco de nuestro entorno que resultaba sencillo creer que seres superiores regían nuestros destinos.

Por tanto, es comprensible entender que entregar vidas humanas como ofrenda al cielo era para ellos no solo justo, sino a veces un precio necesario.

Hoy día somos tantos y tan diferentes que, a pesar de que el mundo parece haberse encogido, estamos tan alejados los unos de los otros y al mismo tiempo tan preocupados por hacernos oír que, en más ocasiones de las que deberíamos, no concebimos cómo el resto del mundo piensa distinto a nosotros.

A diferencia de los primeros humanos, nos preocupamos antes de enseñar que de aprender.

Quizás por esta razón, miles de años más adelante, cuando los indígenas se toparon con los conquistadores españoles, sus blancos rostros les evocaron este tipo de leyendas e, ingenuos de ellos, les trataron como divinidades. Todos conocemos las trágicas consecuencias de adorar falsos ídolos.

Y aquí se termina el papel, pero no la historia.

Estas páginas continúan emborronando folios con otros nombres; posiblemente conviven entre nosotros, y muchos descenderán de ellos.

Su origen es tan inquietante como el del resto de la humanidad: tienen las mismas posibilidades de ser producto de la evolución que de provenir de otro planeta.

Ese eslabón perdido que buscan los genetistas bien pudiera hallarse en unas ruinas, o quizás el origen de su historia sea la continuación de una bondadosa mentira que los primeros alenitas concibieron para justificar sus pintorescos rasgos físicos en un mundo hostil donde la singularidad siempre generaba intolerancia.

Para los teóricos de la conspiración existen pruebas que señalan la intervención extraterrestre en nuestra historia, algo tan factible como el resto de los relatos religiosos con los que a menudo se confunden.

Cada vez que pensamos en ovnis, imaginamos culturas avanzadísimas y seres superiores a los que inevitablemente atribuimos rasgos humanos.

Por eso no entendemos las razones por las que se acercan a hurtadillas: o no se fían de nosotros, o no tenemos nada que ofrecerles, o simplemente no están ahí.

Aunque la lógica dicta lo contrario —sería injusto que solo un grano de arena de la playa que compone el cosmos disfrutara de la luz, pues no merecemos ser tan especiales y nadie debería pensar de esta manera—, quizás la explicación sea más sencilla.

Las razones por las que los alenitas, o como quiera que hoy día se llamen, continúan esperando el regreso de seres de otro planeta obedecen a causas estrictamente humanas: la necesidad de tener esperanzas.

Me gusta pensar que de momento no tenemos razones suficientes para dejar de esperar.