35 LA CEREMONIA #3
Por este motivo, antes de gritar espantados, hacia ese costado dirigieron la vista, y lo que vieron fue una nube de fuego, polvo, tierra y piedras que se elevaba del suelo con el rugido de un monstruo surgido de las entrañas del infierno.
Hasta el rey perdió su excelsa compostura, descendiendo de un salto del trono sin alcanzar a comprender lo que estaba viendo.
El cuerpo del sacerdote cayó como un saco, produciendo un extraño eco metálico con el repiqueteo del hacha botando sobre las piedras manchadas de la sangre de Yuma, mientras la flecha se tronchaba con el peso del cuerpo.
Sejus, aún tumbado panza arriba y aturdido por los sonidos, desvió la mirada de Iwa para contemplar el mundo al revés: el sacerdote muerto en el suelo y el arma acurrucada a pocos metros como un perro apaleado, como si el cielo lo hubiera castigado por su osadía.
Luego lentamente giró el cuello, sin saber si este respondería. La multitud había enmudecido; desde su posición observó cómo esta parecía suspendida del techo, con miles de ojos dirigiéndose a un punto inconcreto fuera de la explanada.
Instantes después, la abigarrada masa humana se fue abriendo como si algo la fuera apartando hacia los lados, imitando el bíblico pasaje de Moisés en el mar Rojo. Una fila de cabezas rubias venía acercándose en aquel mundo al revés que contemplaba.
Durante un segundo sopesó la idea de estar muerto; si aquello no era el cielo, no podía imaginarlo más bello. Goser y Tarvis escoltaban la rojiza melena de su madre, encabezando un grupo de alenitas armados que se aproximaban a la pirámide.
Goser era consciente de la trascendencia de aquellos cruciales segundos. Por esta razón, cuando alcanzó la cúspide de la pirámide, desoyendo a su corazón —que a gritos le pedía correr a abrazar a su hijo—, se fue derecho a enfrentarse con el rey.
Estudiando cada paso que daba y adoptando una pose lo más estirada posible, sabía que, superada la sorpresa inicial que habían provocado con la explosión y su arrogante aparición, aquella turba enloquecida podía volverse contra ellos y vencerlos en cuestión de minutos.
Solo tenía una opción: dominar a la cabeza visible.
De conseguirlo, la hidra se tornaría en un mimoso gatito; si en el pasado diferentes pueblos les habían recibido como dioses, ahora sería él quien como tal se comportase.
Se acercó al enjoyado monarca y, aprovechándose de su elevada estatura, clavó la mirada con dureza sobre el reyezuelo. Este, atónito, se despojó de su bizarría y también de su corona; presa del pánico, acabó arrodillado.
Goser, envalentonado por el miedo que reflejaban los ojos del rey, de un enérgico tirón arrancó la pieza de oro que cubría su boca.
Luego se encorvó y lo fulminó con la mirada más severa que pudo, lo que provocó que el destronado monarca —cuyos tiritones no le cabían en la piel— terminara por extender los brazos sobre el suelo componiendo la más sumisa de las reverencias.
Goser, exagerando la representación, dio media vuelta ofreciendo la espalda como señal de desprecio.
Avanzó unos pasos y, tras sortear el cuerpo del sacerdote que tan diestramente había abatido el arco de Tarvis, acabó mostrándose mayestático a la atónita multitud que, como un campo de espigas mecido por el viento imitó la reverencia de su rey, mostrando pleitesía a quien ya consideraban un dios surgido del cielo.
Para entonces, Kaliani abrazaba a su hijo, que aún dominado por la sorpresa actuaba desconcertado. Tarvis, por su parte, se enfrentaba desafiante a la muchedumbre con el arco a medio tensar entre las manos, dispuesto a atajar cualquier atisbo de sublevación.
Sejus terminó de incorporarse con la ayuda de Kaliani. Del suelo recuperó sus ropas de esclavo, pero su madre se las quitó, lanzándolas lejos, y sin mediar palabra se despojó de una de sus prendas para abrigarlo.
Mientras la madre se afanaba en ocultar su desnudez, Sejus observó el cambio que se había producido. En lo alto de la plataforma solo los alenitas permanecían en pie; los sacerdotes hacían piña con los soldados formando una alfombra humana, y entre ellos, como sus iguales, el rey y la reina.
La princesa yacía hecha un ovillo en lo alto de su trono, semioculta bajo las sombrillas que los imberbes esclavos habían dejado de sujetar. Y en medio de aquel mar de cabezas a ras de suelo, como un faro erguido hasta el cielo, Iwa rebosaba perplejidad.
Acto seguido, el joven fue en su busca, la alzó entre sus brazos y la besó infinidad de veces.
Goser mantuvo aquella postura durante un par de largos minutos, justo hasta que comenzó a notar cómo el pesado silencio comenzaba a disiparse.
Durante un momento sopesó la idea de hablar a la multitud; era una buena ocasión para impedir que ceremonias como aquella se repitieran en el futuro, pero su corazón no encontraba otra cosa que reproches.
Se giró, abrazó a su hijo —que aún sostenía en brazos a Iwa, a la que también acarició—, luego cogió de la mano a su esposa y comenzó a caminar.