35 LA CEREMONIA #2
La mente de Sejus no podía desprenderse de la imagen postiza de la princesa; en el fondo sentía que ella era la culpable de todo lo sucedido.
De no ser por su capricho, él seguiría la ceremonia desde las celdas que bordeaban la explanada, donde ahora adivinaba con cierto aire de nostalgia cuerpos asustados tras los barrotes, convidados de piedra que sentían aquella ceremonia con tintes premonitorios.
Hecho el silencio, el sacerdote hizo una reverencia al monarca como solicitando su anuencia, luego se enfrentó al gentío y, suspendiendo de nuevo los brazos, alzó la voz con evidentes gestos teatrales:
—Estos son días para nuestro lamento. La tierra está sedienta de sangre; la enfermedad y la traición azotan nuestros mortales corazones.
Las cosechas se resienten, afligida está la tierra por tanta maldad.
Nuestros pecados descargan sobre ella como plagas, infectadas de almas impías.
El cielo no habla: llora, solicitando venganza, reclamando justicia.
Nuestros impíos enemigos blasfeman, gritan a nuestros oídos que nuestra fe se ha resquebrajado, que la complacencia nos ha vuelto débiles.
Pero yo os digo que no es verdad, que debemos luchar, que somos un pueblo fuerte, que los dioses han escrito un destino maravilloso para nosotros: destinados estamos a ser los dueños del tiempo, a construir un puente por el que descenderán y vivirán entre nosotros.
Hizo una pausa, apuntó a los prisioneros antes de arrodillarse y miró hacia el cielo:
—Poderoso creador, acepta nuestra ofrenda.
Tu poder es tan grande que con un solo pestañeo podrías arrasar la tierra hasta dejarla en el olvido.
Aplacar tu furia pretendemos con este sacrificio, para exaltarte en tu gloria, para reconocer tu poder, para preparar tu regreso, para que nos otorgues tu perdón.
Acepta la sangre que en tu honor va a ser derramada.
El maestro de ceremonias bajó la cabeza simulando hacer una reflexión, dejando que su arenga quedara flotando; con aquel gesto estaba conminando al respetable a imitar la silenciosa oración, a mostrar sumisión y respeto.
En realidad, no lograba que reflexionaran —él lo sabía—, solo estaba dejando que el miedo penetrara en sus corazones.
Acto seguido empuñó un aguzado cuchillo que colgaba de su cintura; la larga hoja relucía impoluta y afilada bajo el ardiente sol. Sujetándola con fuerza por la empuñadura de hueso tallado, la mostró a la masa, que estalló de júbilo.
A un gesto suyo, los soldados deshicieron el fuerte abrazo que unía a madre e hija. Sin contemplaciones, Yuma fue arrastrada en volandas por dos soldados hasta los pies del cadalso; un par de sacerdotes entraron en escena y, de dos tirones, le arrancaron las ropas.
La pobre mujer pataleaba desnuda como un animal enjaulado. Los sacerdotes trataban de marcarla con una espesa pintura del color de la tierra mojada; con gran esfuerzo y utilizando los dedos como brocha, terminaron señalándole la frente, el abdomen y las piernas.
Para lograr terminar con el untado, uno de los oficiantes, descargando toda su furia, propinó a Yuma un fuerte bofetón con el dorso de la mano tras levantarse del suelo, donde había ido a parar después de recibir una patada de la mujer en pleno mentón.
Aturdida por el golpe, la mujer relajó el forcejeo, momento que aprovecharon para cogerla de pies y manos y acabar de colocarla con la espalda sobre un altar formado por tres losas de granito a modo de mesa.
El calor del sol concentrado sobre la piedra deshizo el desmayo. La mujer lanzó un grito que desgarró el alma de su hija quien, producto de la tensión, perdió completamente la consciencia.
El sumo sacerdote recuperó su posición y, obviando el zigzagueo del cuerpo desmadejado de Yuma que intentaba zafarse a la desesperada, alzó los brazos mostrando el cuchillo de forma ceremonial.
Entre dientes mascullaba una plegaria; Sejus, obligado a mirar, sintió el amargo salado de las lágrimas de impotencia resbalando por sus pómulos.
El sacerdote despreció a la ajusticiada con una fría mirada; los pequeños ojos que apenas se mostraban tras la máscara salían casi desorbitados, exentos de humanidad.
Sejus vio en ellos la cara del mal: casi podía adivinar cómo disfrutaba del momento, imaginando bajo la careta una torcida y babosa sonrisa.
En ese instante alzó los ojos al cielo y acto seguido descargó el puñal con ambas manos sobre el pecho de Yuma, con tanta precisión que instantáneamente su cuerpo se desparramó carente de toda vida.
La muchedumbre contemplaba la escena aguantando la respiración, emoción contenida que brotó en gritos de entusiasmo en el instante en que el oficiante elevó la hoja ensangrentada, que goteaba sobre el cuerpo de la ajusticiada.
Iwa apretaba los ojos para marcharse muy lejos, pretendiendo incluso cerrar los oídos; el desmayo la había salvado de presenciar el asesinato. El soldado que la sujetaba con firmeza, asiéndola por el mentón, absorto en la ceremonia ni se percató de ello, pero el griterío resultó esclarecedor.
Y lo peor estaba por venir: su madre, como miembro de pleno derecho de la comunidad, había disfrutado del privilegio de morir apuñalada; en cambio, tanto para ella por alta traición como para Sejus por su condición de esclavo, las leyes les condenaban a morir decapitados.
Y por si aún no lo sabía, uno de los sacerdotes con cara de hiena afilaba a su lado una gran hacha; el roce de piedra contra metal le erizaba la piel y la hacía rechinar los dientes.
Qué triste que aquellas fuesen sus últimas sensaciones.
En estas situaciones, lo terrible ya no es morir, sino presenciar la muerte de quien amas.
Aun sin haberlo visto, Iwa sentía muy profundo el dolor por la muerte de su madre, cuyo cuerpo estaba siendo apartado hacia un lado como un despojo, listo para ser lanzado a la turba que, sedienta de sangre, aguardaba el momento de recibir el cadáver para despedazarlo.
Desde su posición se ahorraría el espectáculo, pero no el siguiente acto del teatral asesinato: ahora le tocaba el turno a Sejus. Iwa buscaba a su alrededor mendigando una brizna de compasión, pero no encontró más que desprecio.
Sejus, mansamente, se dejó empujar hasta el altar.
Un solo paso suyo actuó como una mecha para que el ensordecedor griterío que había nacido con el último suspiro de Yuma se incrementara; bastó verle adelantarse para que su corpachón y su cabeza rapada actuaran como el más potente alucinógeno sobre artesanos, funcionarios, costureras o humildes labriegos, comportándose como una jauría de lobos ante el olor de la sangre.
Sin ofrecer resistencia, se dejó desnudar y pintar; acto seguido, él mismo se tumbó sobre el altar, como si deseara acelerar el final. Las primeras filas no daban crédito a lo que veían, e incluso el monarca se refregaba los ojos estupefactos.
El sumo sacerdote quería víctimas, no héroes; por ello también aceleró los pasos y, continuando con sus teatrales gestos, alargó el brazo solicitando el hacha.
Al verlo entre sus manos, Iwa quiso gritar, pero, carente de fuerzas, solo alcanzó a emitir un gruñido ahogado.
Quería apartar la mirada, pero algún poder interior se lo impedía; de no ser por el soldado que la sujetaba, estaría tendida en el suelo presa de un nuevo desmayo.
Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía, que no podía dominarlo; ya ni siquiera rabia era capaz de sentir.
Cabeza y corazón solo tenían un propósito: que sus ojos se concentrasen en buscar los de Sejus, quien, con la cabeza suspendida fuera de la mesa, hacía otro tanto, intentando despedirse del mundo con su rostro condensado en la retina.
El sacerdote elevó el hacha por encima de su cabeza; el sol se reflejaba destellando sobre el filo ávido de sangre, suspiros de muerte que parecían llegar desde el cielo.
El celebrante se detuvo, congelando la postura, y descargó sus fríos ojos sobre la multitud, que, como si estuviera recibiendo un viento helado, venía enmudeciendo.
La turba expectante aguantaba la respiración, como si el oficiante se dispusiera a lanzar un penalti. En tan álgido instante, incomprensiblemente, la princesa era presa de un ataque de histeria: de un manotazo se quitó la peluca como si le quemara y, con ambas manos, la estrujaba con rabia.
Herida por los celos, había visto cómo los amantes se buscaban en el último segundo.
Un amor como aquel no sería olvidado fácilmente; durante décadas los poetas escribirían sobre ellos, y ella sería la bruja del cuento.
Por un segundo sopesó la idea de interceder por la vida del esclavo ante su padre —quizás así los trovadores recitarían canciones alabando su bondad—, pero solo fue un segundo, y aquel joven no tenía ni siquiera ese tiempo.
El hacha, mellada por otros cuellos inocentes, estaba a punto de descargar su mortal caricia.
De repente, un silbido metálico desgarró en dos mitades el cielo. Cientos de ojos embelesados, en lugar de ver cómo una cabeza rodaba separada de su tronco, vieron cómo su gran sacerdote aparecía atravesado por una flecha a la altura del cuello.
Durante un instante el tiempo pareció desaparecer, como si la tierra hubiera suspendido su avance.
El sacerdote ensartado permanecía erguido, tieso como un pino, y comenzaba a oscilar como un badajo, mecido por el peso del hacha que aún sostenían sus brazos por encima de la espalda, con la sorpresa escrita en los ojos vidriosos abiertos hasta reventar.
Al igual que la totalidad de los presentes, no daban crédito a lo que presenciaban. Desde un costado, el eco de un trueno se abrió paso en el azul celeste del cielo; la muchedumbre debió temer que este llegara de las mismas entrañas de la tierra, ya que esta temblaba bajo sus pies.