35 LA CEREMONIA
T ras los barrotes de madera, los tres presos contemplaban con diferente interés la procesión de aldeanos que, ocupando todo el ancho de la calzada, se dirigía a la ceremonia.
Desde primeras horas de la mañana el trasiego fue creciendo, y no mermaría hasta unos minutos antes del mediodía, hora en la que un ruidoso y acelerado grupo pasó ante ellos sin apenas detenerse a mirarlos.
Las familias caminaban agrupadas, arrastrando miedos y creencias de camino a una obligada romería que, impregnada en el ambiente, para el alenita traducía como la más inútil y macabra superchería que nunca pudo imaginar.
Si para Sejus no eran más que un rebaño aborregado de rostros esculpiendo un dibujo cotidiano —la resignación, sentimiento que vivía enmascarando la cobardía de un pueblo subyugado por el miedo—, en cambio para las dos mujeres la sensación era bien distinta.
Los que solo unas horas antes podían considerarse amigos les lanzaban miradas de consuelo; los más ortodoxos escupían hasta tres veces como muestra de repudio, exagerando el gesto si en aquellos momentos se sentían vigilados por los soldados, aunque lo cierto es que la mayoría ocultaba la mirada dirigiéndola hacia el suelo que marcaba sus pasos, dominados por el temor de saber que, con el primer error, podían ser ellos los que ocuparan el mismo lugar, o como pidiendo perdón por la imposibilidad de interceder por ellas.
Poco después del mediodía, el cortejo real se abrió paso al son de los tambores, apartando del camino a la columna de hombres, mujeres y niños que, rezagados, se dirigían con prisas a la explanada.
Cuando la fila de tronos y guardias reales fue engullida por el serpenteante camino, un batallón de soldados irrumpió en la celda y, tras encadenar con una correa de cuero fuertemente anudada al cuello a las dos mujeres, tiraron de ellas para acabar de sujetarlas a unas parihuelas de fuertes cañas.
A pesar de que en ningún momento opuso resistencia, golpearon a Sejus con saña antes de maniatarlo sobre la espalda. Luego colocaron un par de fuertes lazadas sobre el cuello cuyos extremos eran sujetados por cuatro recios soldados; sería conducido al patíbulo como un cabestro.
Una vez el oficial al mando comprobó la resistencia de los nudos, les hicieron salir a trompicones al centro del camino y, a latigazo limpio, se pusieron en marcha en busca de su último paseo.
A pesar de los golpes y de la evidente humillación, el joven alenita aún percibía en sus mejillas el suave roce de los labios y las yemas de los dedos de Iwa.
Con el doloroso placer de saber que aquellas serían las últimas caricias de su vida, se dejó conducir dócilmente.
A medida que avanzaban, la tristeza se fue apoderando de su corazón.
Uno de los soldados que les escoltaban apenas tendría su edad; aun empuñando una larga lanza, parecía más asustado que él.
Eso le hizo pensar que hacía solo unos meses había dejado de ser un niño y, antes de convertirse en adulto, desaparecería de este mundo sin dejar otra huella que un postizo rubio en manos de una niña caprichosa.
Los tres prisioneros caminaron orgullosos durante cerca de una hora.
El silencio se desparramaba a su alrededor como si, detrás de cada árbol o de cada piedra, el mundo les estuviera observando; hasta los pájaros encaramados en las copas de los árboles habían enmudecido, y solo un monótono roce de pies mataba la quietud.
Ninguna palabra, ningún lamento, ningún gesto gratuito por parte de los soldados, como si en el fondo quisieran también ellos respetar la solemnidad de la ceremonia.
Los reos caminaban mirando al frente, dispuestos a enfrentarse a su destino sin conceder un segundo de arrepentimiento; hasta en tres ocasiones rechazaron beber de las calabazas huecas que les ofrecían los soldados, que, formando un rectángulo a su alrededor, los arrastraban al patíbulo en una especie de jaula humana.
El polvo sin pisotear del centro del camino crecía bajo sus pies descalzos, convertido en lodo por culpa de la tormenta.
El sol brillaba cegador sobre un impoluto cielo azul; el barro se alojaba pegajoso entre los dedos de los pies de las dos mujeres, que avanzaban con aquella dificultad añadida precediendo a Sejus, como si se vieran obligadas a arrastrar el peso del camino.
A pesar de todo, ninguno de los tres sintió calor alguno; el corazón parecía galopar ralentizado, como embotando los sentidos. Solo el oído era capaz de percibir hasta el más leve crujido; fuera como fuera, nada más allá del tan-tan de su pecho parecía tener vida.
Al culminar una ligera loma, el viento trajo el rumor del gentío.
A los pocos metros, el murmullo dio paso a vítores de fiesta; al solo verlos llegar, miles de brazos se alzaron al son de un fuerte redoble de candombes, al tiempo que centenares de flautas chirriaban sus macabras notas componiendo una fantasmal sinfonía que ya olía a sangre.
Brazos y ojos apuntaban al cosmos, solicitando con plegarias la justicia del cielo protector.
Sejus, horrorizado por semejante espectáculo, advirtió cómo muchos tomaban grandes tragos de un líquido amarillento del interior de unas calabazas que se pasaban los unos a los otros sin distinción de sexo o edad.
Los soldados modificaron su formación rectangular hasta componer un rombo de brazos entrelazados que arrastraba a los reos entre olas de cuerpos convulsionantes y gritos cargados de una exagerada histeria, como un barco en medio de una agitada laguna de cuerpos embadurnados de pinturas y ojos narcotizados.
El griterío era tal que Sejus no lograba escuchar ni sus pensamientos.
Entre pedradas y salivazos, cruzaron la explanada hasta llegar a las cercanías de la pirámide en construcción; ninguno de los tres llegó ileso, y Sejus, el más asediado, presentaba el rostro sesgado por un reguero de sangre que manaba de la frente.
Los soldados cambiaron la formación romboide por tres pequeños rectángulos; de esta guisa ascendieron la rampa hasta alcanzar la plataforma superior, donde ya esperaba la familia real al completo.
Sentados mayestáticos sobre unos improvisados tronos de madera y ataviados con sus mejores galas, el oro de sus pechos refulgía en concordancia con el mismo sol, de cuyos rigores estaban protegidos por unas sombrillas de paja que sujetaban jóvenes y escuálidos esclavos.
Hasta media docena de sacerdotes les flanqueaban, danzando como posesos y orando al cielo, engalanados para la ocasión con amorfas y coloreadas máscaras que pretendían ser interpretaciones de dioses o demonios.
Los cuerpos, cubiertos por túnicas confeccionadas con huesos, apenas dejaban ver más que brazos y tobillos embadurnados de vivas pinturas; las caras ocultas y el sonido tintineante de sus vestiduras servían para realzar la teatralidad del momento.
En una esquina, la regordeta princesa lucía su peluca rubia, hecho que logró que a Iwa le brillaran los ojos de nostalgia y rabia.
Durante un segundo buscó la mirada de la heredera, pero enseguida lo descartó: sabía que allí tampoco encontraría piedad.
La princesa observaba con desgana a la masa embrutecida que aclamaba la llegada de los ajusticiados, redoblando la intensidad de sus gritos a medida que ascendían.
Los prisioneros fueron recogidos por los miembros de la guardia real quienes, tirando de las riendas, los condujeron hasta el centro. Las mujeres fueron colocadas en un lateral del cadalso de piedra que, aguardando su bautismo de sangre, presidía el recinto.
Una vez liberadas de su yugo, las dos mujeres se fundieron en un abrazo.
Yuma, como cualquier madre, pretendía proteger al fruto de sus entrañas con un escudo de brazos a todas luces inútil; en su rostro comenzaba a reflejarse la desesperación de la inminente muerte, como si hasta alcanzar la cúspide de la pirámide a medio construir hubiera esperado que el cielo se abriera y sus dioses las rescataran.
Ahora solo esperaba que aquel suplicio acabara.
Miraba al cielo rezando para que fuera ella la primera en morir —no soportaría ver cómo asesinaban a su hija—, aunque ¿para qué rezar?
Aquello no tenía nada que ver con sus dioses, por lo tanto, no tenía razones para esperar ser escuchada; ella sabía que solo era culpable de amar a su hija.
Era a los sacerdotes a quienes debía pedir ser ajusticiada en primer lugar, en lugar de suplicar clemencia; esto fue lo que, desesperada, comenzó a gritar. Iwa apretaba la cabeza contra el pecho de su madre: ni quería ni podía escuchar nada, su mente estaba perdida en una nebulosa de lágrimas.
Sejus, por su parte, prefería mirar hacia la embrutecida multitud; prefería aquello antes que ver el sufrimiento de la única alma caritativa que había encontrado desde su apresamiento, cualquier cosa antes que escuchar cómo su amada lloraba al borde del colapso.
Un anciano y robusto sacerdote apareció por un costado con el cuerpo embadurnado de una aceitosa capa de pintura amarilla, atravesada por gruesos trazos rojos que representaban la comunión entre el sol y la sangre; la cara la llevaba oculta tras una cuernilarga e intimidante máscara ciclópea.
El aspecto grotesco de aquel repintado panzudo desapareció en el momento en el que, alzando los brazos, se presentó a la enardecida masa que atestaba la explanada.
Esta lo recibió saltando y redoblando sus chillidos. El sacerdote se dejó aclamar durante un par de largos minutos antes de agitar las manos para solicitar silencio; murmullos y gritos fueron desapareciendo como barridos por un viento cargado de respetuoso compromiso.