34 EN EL AEROPUERTO #5
—El plan original era vigilarla en el polo y tenderle una trampa en suelo americano para coaccionar a su padre...
o viceversa, eso ya lo deduje yo por mi cuenta —prosiguió Daniel con amargura—.
Por eso la engañé y propicié su regreso a España.
Estúpido de mí, creí que mis superiores comprarían mis excusas chapuceras, pero subestimé el alcance de la operación.
Para ellos, este secreto vale más que las vidas de cualquiera de nosotros.
Por eso tuve que desertar en cuanto tuve la oportunidad.
—¿Y los servicios secretos españoles están al corriente de toda esta pesadilla? —interrumpió Adela con la voz temblorosa, incapaz de asimilar que seres humanos pudieran infligir semejante crueldad a cambio de nada, sintiendo además el peso de su propia culpa pasada.
—No lo sé con seguridad. En estas semanas de huida he analizado cada detalle mil veces; la mayoría de mis pautas me las dieron de forma extraoficial, a diez mil metros de altura, de labios de un superior.
No vi rastro de sellos oficiales, aunque pecaría de ingenuo si pensara que el CNI se mantiene al margen de esto.
—Pero entonces el camino es evidente: ¡Alicia puede negociar un canje! Podemos liberar a Juan Luis —exclamó Adela, experimentando un chispazo de energía renovada.
—No tan deprisa —la frenó Daniel, levantando una palma con cautela—. Como te decía, he tenido mucho tiempo para pensar en escenarios oscuros: ¿y si precisamente eso es lo que están esperando que hagamos?
—No te entiendo. Si quieren un trato, se lo daremos.
—Piensa con la cabeza fría: si de verdad me dejaron ver ese informe a propósito —una teoría que cada vez cobra más fuerza en mi cabeza, tal vez usándome como mensajero involuntario—, demuestran que van tres pasos por delante de nosotros. Tenemos que asumir que nos vigilan.
—Empiezo a creer que no se puede confiar en ti, Daniel.
Todo esto suena a una gigantesca y elaborada farsa —dijo Adela reculando en el asiento, con la desconfianza reflejada en cada músculo de su rostro—.
¿Quién me garantiza que no trabajas para ellos, y que esta confesión es solo un plan de contingencia porque Alicia te dio plantón?
—Entiendo tus sospechas, pero olvidas que me estoy jugando la vida en cada segundo de esta conversación.
—No sé qué decidirá ella cuando lo sepa todo —replicó Adela con firmeza, recolocándose el abrigo con movimientos secos—.
Mi recomendación directa será que, si su padre sigue con vida, mueva cielo y tierra para rescatarlo.
Si de verdad la amas, lo entenderás; y si la conoces un poco, sabrás lo que significa ese nombre para ella y... por qué negarlo, también para mí.
—Ese es exactamente mi terror. ¿Quién me asegura que, una vez conseguido su objetivo, ella se arriesgará a salvarme a mí?
—Eso, querido, es algo que solo decidirá ella —zanjó Adela, incorporándose con elegancia y dando por terminada la cumbre. Luego encarando los ojos de Daniel le soltó —Si de verdad la amas debería aceptar su decisión, amar es regalar felicidad de manera desinteresada.
Daniel se quedó petrificado en el asiento, sintiendo que el último clavo de su tumba acababa de ser clavado en la madera.
—Pero ¿y si es una trampa y su padre ya no existe? Si nos equivocamos, los americanos habrán ganado la partida y ella perderá la única oportunidad de limpiar su memoria, un precio desproporcionado para tanto sufrimiento —suplicó el joven, rozando el histerismo.
Adela lo miró por última vez, suavizando ligeramente la expresión al ver el temblor en las manos del muchacho.
—Escúchame bien, Daniel: voy a darte el beneficio de la duda.
Si estás tan convencido de tus sentimientos, harás lo que te voy a pedir.
Sé que como prófugo no lo tendrás fácil.
Lo primero es contrastar la verdad sobre Juan Luis; si sigue con vida, el juego se vuelve extremadamente peligroso porque nos enfrentamos a dos superpotencias, pero el botín merece la pena.
Yo vuelo de regreso a España hoy mismo; he quedado con Alicia este próximo viernes.
Aquí tienes mis datos de contacto directo.
Con un simple mensaje de texto con un «sí» o un «no» bastará.
Si la respuesta es afirmativa, busca la manera de colarte en Nueva York y nos veremos en la estación de autobuses de Port Authority —en la Octava con la calle 40—, exactamente dentro de una semana a esta misma hora.
Dicho esto, Adela dio media vuelta sin despedirse. Daniel la vio alejarse hasta perderse entre el gentío de la calle, se caló el gorro de lana hasta las cejas y salió a la acera, dejándose devorar por el anonimato incesante de la calle 34.
Durante las largas horas de vuelo de regreso, Adela atravesó todos los estados emocionales imaginables.
Desde la fantasía febril de volver a fundirse en un abrazo con Juan Luis y recuperar el tiempo perdido con su hijo, hasta el terror paralizante de que todo aquello fuera una trampa urdida por el espía español para manipularla.
Aunque las probabilidades de éxito rozaban lo imposible, prefirió aferrarse a la ilusión.
Al fin y al cabo, para alguien que ha esperado tanto tiempo, soñar siempre rima mejor con amar.