Huellas bajo el hielo 34 EN EL AEROPUERTO #4
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34 EN EL AEROPUERTO #4

—Eso es precisamente lo que me está devorando por dentro.

Pero compréndeme: cuando Alicia descubra toda la verdad, el peso de los hechos hará que me odie.

Si ya asumo que la he perdido, tener que elegir entre pasar un par de años entre rejas soportando el desprecio de la mujer que amo, o podrirme el resto de mi vida en el aislamiento...

la respuesta es evidente, créeme. Si no sintiera nada por ella, te juro que no tendría dudas.

Adela exhaló un suspiro pesado, apretando los labios con firmeza antes de replicar:

—Sinceramente, Daniel, estás profundamente equivocado.

Amar no consiste en contabilizar ganancias; es dar el salto al vacío, superar pruebas demenciales y hacer sacrificios que te destrozan el alma para siempre.

Lo sé bien, te lo aseguro. Pero la vida me ha dado una lección muy dura hace muy poco: siempre hay resquicios, alternativas ocultas...

solo que a menudo las descubrimos cuando ya es tarde.

—Puede que tengas razón en la teoría, pero ahora mismo mi cabeza es un campo de minas.

Por eso es vital averiguar qué esconde Alicia; intuyo que maneja fichas mucho más importantes de las que ha querido mostrar.

Antes de mover ficha, necesito estar seguro de que no he sido utilizado como un peón prescindible.

Si estoy en lo cierto, si ella dispone de información nuclear y está dispuesta a escucharme, tal vez podamos negociar un beneficio mutuo.

Daniel hablaba con una urgencia febril, y a medida que avanzaba, su tono de voz comenzó a elevarse, traicionado por el pánico que latía bajo su fachada calmada.

Adela empezó a asustarse de verdad: ¿tenía delante a un embaucador profesional o asistía al colapso nervioso de un joven cuyas convicciones se derrumbaban como un castillo de naipes?

Aquel chico ya no parecía el espía frío que se había delatado; era un náufrago atrapado en un fuego cruzado entre la ética profesional, el pragmatismo de su juventud y un corazón herido que no sabía a qué bando jurar lealtad.

Adela reaccionó por instinto: estiró la mano sobre la mesa y aferró con firmeza los dedos temblorosos que Daniel mantenía entrelazados. El calor de su contacto pareció frenar en seco la verborrea del joven; las facciones de su rostro se relajaron un ápice mientras tragaba saliva.

Aprovechando el silencio repentino, Adela comenzó a atar cabos en su propia cabeza.

Sus ojos se abrieron de par en par al recordar la frase que el joven se había tragado a medias minutos antes.

Y de repente, un escalofrío helado le recorrió la columna hasta congelarle el aliento: Daniel no había hablado en pasado.

Se había referido a Juan Luis como si respirara en ese mismo instante.

¿Había sido un lapsus provocado por los nervios, o era una realidad demasiado monstruosa y hermosa para asimilarla?

—¿A qué dos te referías exactamente? —interrumpió Adela de golpe, soltando su mano de la de él y clavando los ojos en los suyos con una intensidad feroz que exigía respuestas—. Antes... cuando hablabas de la situación, lo has mencionado en presente. ¿Está vivo?

Daniel dio un respingo en el asiento, asustado por la agresividad de la pregunta. Retiró las manos con brusquedad de debajo de las de Adela, adoptando una postura defensiva. Tras unos segundos de respiración agitada, articuló con cautela:

—Me estás exigiendo que dinamite mi futuro, que cometa alta traición...

—No te pongas a la defensiva ni te escudes en melodramas. Piensa en Alicia; se merece una explicación cara a cara. Te aseguro que a ella solo le mueve lavar la imagen de su padre.

—No hago otra cosa, te lo juro. Lo que no logro entender es por qué de pronto te has alterado tanto.

Creía que venías en calidad de abogada de Alicia, pero hay algo en tu reacción que no encaja —replicó él, entrecerrando los ojos al notar cómo una lágrima traicionera amenazaba con romper la compostura de la mujer, cuyos ojos oscuros habían perdido el brillo—. Me estás ocultando algo importante.

Adela tragó saliva con esfuerzo, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—Porque tengo un hijo que es hermano de Alicia —soltó con voz rota, conteniendo un sollozo—. Contéstame de una vez, Daniel: ¿está vivo?

La pregunta quedó suspendida en el aire denso del bar como un latigazo a punto de restallar. Ambos se mantuvieron inmóviles, midiendo la profundidad del abismo en las pupilas del otro, hasta que Daniel rompió el hechizo con un suspiro cargado de derrota.

—Sí... bueno, supongo que sí. Todavía no he podido confirmarlo al cien por cien; los registros indican que lleva quince años encerrado en el ala de máxima seguridad de un psiquiátrico militar, totalmente incomunicado y bajo una identidad inventada.

Lo capturaron en la Antártida; según consta en los anexos, ni el aislamiento ni las temperaturas extremas consiguieron arrancarle una sola palabra, salvo el coste de perder varios dedos y la razón.

Daniel desvió la vista hacia el ventanal empañado, donde la silueta de los peatones se difuminaba tras la nieve.

—Allí sobrevivió a interrogatorios y suplicios, manteniendo el pacto del silencio.

Con el tiempo, lo trasladaron de jurisdicción y lo recluyeron aquí, esperando que los años ablandaran su voluntad, pero nada cambió.

Cuando comprobaron que era una causa perdida, decidieron echar tierra sobre el asunto...

al menos eso rezaba el informe confidencial que leí por puro azar.

Cuando Alicia reapareció pidiendo respuestas, el caso se reactivó automáticamente y montaron el dispositivo de seguimiento. Fue entonces cuando me asignaron a mí.

Adela escuchaba con las manos crispadas sobre las rodillas, con las lágrimas fluyendo libremente por sus mejillas sin importarle ya guardar las formas.