Huellas bajo el hielo 34 EN EL AEROPUERTO #3
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34 EN EL AEROPUERTO #3

—Primero cuéntame lo que ocurre en realidad. Si estás metido en algún lío, puedo ayudarte; soy abogada y mi nombre es Adela.

Daniel soltó una risa seca, sin alegría, pasándose una mano áspera por la barba antes de negar con la cabeza.

—No intento menospreciarla, pero le aseguro que ni una legión de letrados puede sacarme de esto.

Estoy envuelto en un buen embrollo; y lo gracioso, ¿sabe?

, es que la culpa no es ni de Alicia —una víctima inocente en todo este circo— ni de las imperfecciones del sistema.

Todo marchaba sobre ruedas hasta que colisionó el amor.

Y lo que más me quema por dentro es que Alicia no se merece lo que le he hecho.

Trabajo —o trabajaba, ya ni de eso estoy seguro— para el servicio secreto español.

Me ofrecieron una misión bajo la supervisión directa de la inteligencia americana; acepté sin dudar un segundo, creyendo que era la oportunidad de mi vida.

Mis jefes me lo vendieron como un trámite sencillo, aparentemente inocuo: tan solo tenía que vigilar a Alicia a su llegada a McMurdo.

Daniel detuvo el relato un instante, apretando los labios con frustración, mientras sus ojos se perdían en el reflejo de la barra.

—Aparentemente nadie sabía con certeza en qué estaba metida; en el CNI sospechaban que tenía relación con el legado de su padre —o al menos eso decían los americanos—.

Nosotros éramos meras comparsas, actores secundarios que ni siquiera conocíamos el libreto completo.

O eso al menos creí cuando leí el informe antes de volar hacia el Polo Sur.

Lo que no figuraba en el guion es que terminaríamos enamorados hasta la médula; eso dinamitó los planes.

Tenía órdenes explícitas de regresar a Estados Unidos junto a Alicia; aún ignoraba el propósito exacto, pero algo dentro de mí gritaba que, si de verdad la quería, tenía que sacarla de este país antes de que la maquinaria se pusiera en marcha.

Adela entrecerró los ojos, clavando en él una mirada crítica mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

—Espera un momento —le cortó Adela con sequedad, ladeando la cabeza—.

Dices que la engañaste y la despachaste de vuelta a España para mantenerla a salvo y alejada del radar americano.

Si tanto temías por su seguridad y querías protegerla de esta ratonera, ¿qué sentido tiene que le envíes un mensaje críptico para que cruce el Atlántico y se plantee reunirse contigo aquí, en la boca del lobo?

Daniel apretó la mandíbula, asumiendo el golpe con un gesto de amargura.

—Tienes toda la razón. En ese momento, huir y salvarla a distancia parecía la única salida cuerda —respondió él bajando la voz, con un matiz de culpa—.

Pero todo cambió cuando accedí a los archivos internos y descubrí la verdad sobre su padre, además de confirmar que estábamos siendo vigilados.

Me di cuenta de que huir ya no servía de nada: nos cazarían tarde o temprano.

Si quería tener una oportunidad real de defendernos —y de que ella no tomara una decisión a ciegas que la destruyera—, tenía que verla cara a cara, jugármela a una sola carta y contarle todo.

El mensaje no era una trampa, era un acto desesperado.

Adela lo evaluó en silencio durante unos segundos interminables, sopesando el peso de su respuesta antes de asentir levemente y dejarle continuar.

—Cuando me presenté solo en Nueva York —continuó Daniel bajando la voz, con un matiz de amargura—, mis superiores no se tragaron la coartada que improvisé sobre la marcha.

Al parecer, a pesar de mi entrenamiento, mi actuación fue pésima —quiero pensar que fue el amor reflejado en mis ojos lo que me delató—.

Eso sí, lo que todavía ignoran es que encontramos pruebas prácticamente irrefutables de que su padre decía la verdad.

Creo que esa es nuestra única baza, aunque también la más peligrosa.

No puedo salir de aquí, y si Alicia supiera lo que descubrí, lo dejaría todo en manos de los americanos por pura desesperación.

Por eso necesitaba que viniera: quería sincerarme con ella antes de que el impulso de su corazón arruinara cualquier estrategia racional.

Daniel clavó una mirada cargada de pánico en los ojos de Adela.

—Yo, por mi parte, estoy sentenciado. Doy por hecho que acabaré en una celda militar; y si algo de este escándalo trasciende, aquí me silenciarán y en España borrarán mi expediente.

Lo cruel es que hasta lo entiendo: cualquier mínimo interés oficial por mi persona supondría una debilidad para ellos.

Adela frunció el ceño, procesando el golpe con una lentitud desesperante, y cruzó los brazos sobre el pecho como si intentara protegerse del frío.

—A ver si lo he entendido bien: ¿todo este engranaje se mueve solo porque el gobierno estadounidense quiere apropiarse de un descubrimiento arqueológico?

—¡No, por Dios, no! Lo que persiguen con auténtica obsesión es la máquina del tiempo.

Si Alicia logró encontrar por sí sola rastros de una civilización de la que nadie había oído hablar hasta que el inventor la usó para avalar su teoría, lo lógico es deducir que posee información mucho más delicada.

La CIA lleva tras esa pista desde los años ochenta; sufrieron el robo de unos documentos de un proyecto ultrasecreto, presuntamente perpetrado por un español al que la tierra pareció tragarse, hasta que ataron cabos al verle reaparecer en televisión junto al padre de Alicia.

Aquello les estalló en la cara; lo intentaron todo, pero no consiguieron los planos.

Después vigilaron a Juan Luis hasta que se esfumó, y el asunto quedó congelado en un cajón.

Daniel se frotó la nuca con gesto tenso, sintiendo el peso de la confesión.

—Supongo que a estas alturas el inventor ya habrá muerto; la única conexión viva era Juan Luis.

Por eso, de manera cíclica, los servicios secretos españoles espiaban a su hija como parte del peaje con los americanos.

Si antes de pisar la Antártida Alicia era una pieza menor, en cuanto averigüen lo que descubrimos allí, destinarán más recursos a cazarla que para dar con el cerebro del 11-S.

Al fin y al cabo, a él lo tienen bien atado en corto, y los yanquis no van a arriesgarse a que...

—Daniel frenó en seco, apretando los dientes al percatarse del borrón verbal, pero continuó intentando disimular el tono—: Quiero decir... que la amenaza sigue latente.

Adela permaneció inmóvil, con la mirada fija en el vacío, intentando encajar aquellas piezas que resonaban en su memoria con el eco de un escalofrío mortal.

—¿Y tú qué crees que le conviene hacer a Alicia? —preguntó al fin, con un hilo de voz.

—Sinceramente, no lo sé. De momento, solo sé lo que me conviene a mí. Ella fue extremadamente astuta: dejó que me enamorase a ciegas hasta el punto de jugármelo todo a una carta. Cuando me vi solo en la terminal, asumí que, al menos en apariencia, su amor no era simétrico.

—¿Por qué dices semejante estupidez? —saltó Adela, incorporándose con brusquedad, con un destello de indignación en los ojos—.

¿Olvidas que se ha jugado la vida por ti, arriesgando incluso el buen nombre de su padre?

¿Olvidas que fuiste tú quien le escatimó la verdad desde el primer día?

Para presumir de estar tan enamorado, demuestras muy poca memoria.

—Ya, pero... ella jamás llegó a confiar del todo en mí —respondió Daniel a la defensiva, encogiéndose de hombros con amargura—.

Nunca me explicó cómo obtuvo las coordenadas exactas; solo deslizó que guardaba un diario de su padre.

Siempre supe que me ocultaba parcelas enteras de su vida, y lo respeté.

—¿Y pretendes justificar tus dudas escudándote en eso?

—No, por supuesto que no. A mí me preocupa su integridad; me interesa que sea Alicia quien tome el timón, que decida cuándo y cómo usar la información que retiene. Si ya antes de separarnos traía un plan entre manos, lo que descubrí a mi regreso me confirmó cuál era el único camino viable.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó Adela, entrecerrando los ojos con suspicacia.

—Aún no te lo he contado todo.

—¿Y a qué diablos esperas?

—No es tan simple. Escúchame bien: hasta este momento, si me entrego voluntariamente, solo podrán acusarme de interferir en una investigación abierta; me declararé culpable y afrontaré un consejo de guerra.

La condena oscilará entre una inhabilitación perpetua o unos meses de suspensión —apuesto por lo primero—.

Pero al negarme a colaborar, alegando únicamente que actué cegado por el amor, probablemente pase una larga temporada en una prisión militar.

Mientras tanto, ambas agencias se enfrascarán en un tira y afloja de despachos, buscando rentabilizar mi error como moneda de cambio para el futuro.

Los servicios secretos viven de eso: un mercadeo continuo para justificar presupuestos desorbitados cuando no hay un enemigo visible.

Daniel se inclinó hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero que exigía atención absoluta.

—Pero hay más. Si te desvelo el resto de la historia, ni tú ni, por supuesto, Alicia podréis mantener la boca cerrada.

Y entonces no solo perderé la libertad, sino la única oportunidad de recuperar lo que ya doy por perdido: a Alicia.

Me acusarán de alta traición y la condena mínima será una cadena perpetua.

Y eso me ha arrastrado a este dilema moral: quiero ayudarla —táchame de egoísta si quieres—, pero el miedo me paraliza.

Ponte en mi lugar, Adela: ¿entregarías el resto de tus días por un amor al que ya das por amortizado?

Es un planteamiento muy novelesco, lo admito, pero profundamente estéril.

Adela negó con la cabeza con lentitud, sintiendo una punzada de dolor sordo en el pecho.

—Perdona, Daniel, pero me he perdido. Creía que cuando uno ama de verdad, la única prioridad es la otra persona, sin calcular los daños colaterales.