Huellas bajo el hielo 34 EN EL AEROPUERTO #2
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34 EN EL AEROPUERTO #2

Al girarse en el taburete, la madera protestó con un chirrido seco.

Vio a la madura morena de pie a su lado, apoyando una mano enfundada en un guante de piel oscura sobre el borde de la barra.

Una sonrisa medida, calculada al milímetro, centelleaba entre unos labios carnosos y exageradamente acarminados.

Lo escrutaba de arriba abajo con la insolencia de quien domina el tablero, y él, por inercia defensiva, replicó con una mueca gélida:

—Lo siento, señora, estoy esperando a alguien.

—Lástima. Otra vez será —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza antes de empezar a girar sobre sus talones, midiendo el impacto de sus palabras.

El joven se encogió de hombros, esbozando una sonrisa educada que no alcanzaba a tocar sus ojos oscuros.

—Bueno, si en algún momento cambia de criterio, estaré por aquí. Aunque supongo que alguien de su edad busca alicientes más estimulantes que perder el tiempo esperando entrar en el país de las maravillas.

Daniel contuvo la respiración. La mano que sujetaba la taza se quedó suspendida en el aire mientras se giraba despacio, fingiendo buscar su reflejo en los espejos oscurecidos del fondo; a través del cristal ahumado, vigilaba cada uno de los movimientos de la mujer.

No era la primera vez que intentaban tantearle el terreno, y aquella desconocida, pese a los años, destilaba un control de la situación que encendía todas sus alarmas. Él no estaba allí para juegos de salón.

Por su cabeza cruzó una ráfaga de paranoia; cuando la supervivencia se convierte en tu único oficio, la amabilidad ajena siempre es una emboscada en potencia. De pronto, un calambre le recorrió la columna y sus músculos se tensaron bajo la cazadora.

«Alicia en el país de las maravillas».

La sangre le zumbó en los oídos con la violencia de un motor revolucionado.

Se sintió desprotegido, expuesto como un blanco móvil en medio de un estadio abarrotado; cada vez era más evidente que aquella mujer no había tropezado con él por casualidad.

¿Era una trampa para cortarle la retirada o una enviada de la propia Alicia?

Daniel se incorporó de un salto, el taburete atrás con un golpe sordo contra el suelo que hizo volverse al camarero.

Obligándose a tragar saliva y a relajar los puños apretados en los bolsillos, escudriñó el perímetro con fingida naturalidad.

Dos mujeres acababan de cruzar el umbral; una de ellas, sacudiéndose los copos de nieve de los hombros, se desabrochaba la bufanda con movimientos torpes junto a la primera mesa.

Aparentemente nada había cambiado, pero el mundo exterior se había encogido de golpe, haciendo que la puerta de salida pareciera hallarse a kilómetros de distancia.

Al volver los ojos hacia la española, sentada de nuevo en su rincón, comprobó que el disfraz de gata en celo se había desvanecido por completo: ahora, con la barbilla apoyada levemente en la palma de la mano, su mirada reflejaba un cansancio antiguo y una profunda melancolía.

«No puede ser policía, nunca actúan en solitario, y esos turistas orientales no encajan como cobertura», pensó Daniel, sintiendo el sudor frío en la nuca.

«Tengo que largarme de aquí. Si Alicia aparece ahora mismo, caeremos los dos en la ratonera.

Pero... ¿y si solo es una falsa alarma? ¡Maldita sea, salgamos de dudas de una vez por todas! »

—¿Sigue en pie su invitación? —preguntó, girándose de nuevo hacia ella con una rigidez fingida.

La mujer apartó los ojos de los cristales con un leve movimiento de hombros, volviéndose despacio. Una chispa de triunfo cruzó sus ojos oscuros.

—Por supuesto. ¿Se cansó de esperar a su fantasma, o era solo una coartada de mal estudiante para espantar a las veteranas?

En cualquier caso, me alegra que haya reconsiderado la oferta.

Siéntese, por favor. Me llamo Antonia —dijo, tendiéndole una mano firme, de dedos largos y sin anillos, con una naturalidad que asustaba.

—Damián. ¿De dónde es usted? —contestó él, ocupando el asiento de enfrente, sintiendo el metal aún templado por su propio cuerpo.

—¿Tan rápido ha olvidado el deje de mi acento? —respondió ella, arqueando una ceja con socarronería mientras se acomodaba, dejando un sutil rastro de perfume clásico en el aire.

—Cierto, fallo mío. Y a mí... ¿tanto se me nota que soy un intruso en esta ciudad?

La mujer soltó una exhalación corta, casi burlona, apoyando los codos en la mesa.

—Digamos que no encaja en el perfil del broker estresado ni en el del paleto de escalinata. ¿Y bien, Damián? ¿Qué se supone que espera encontrar en este dichoso país de las maravillas?

El tono, oscilando milimétricamente entre la ironía y la advertencia, dejó a Daniel sin margen de maniobra.

Estaba convencido de que aquella desconocida no buscaba un ligue de barra de hotel, sino tantear su temple.

Cansado de andar de puntillas al borde del abismo, decidió cortar por lo sano, inclinándose hacia delante para acortar la distancia entre ambos.

—Mire, no estoy para acertijos ni jueguecitos de salón. Pongamos las cartas sobre la mesa: ¿quién demonios es usted y qué pretende de mí?

Antonia no parpadeó; al contrario, su sonrisa se afiló con un matiz de fría complicidad, clavando en él sus pupilas oscuras.

—Vaya, qué poca paciencia tienen los muchachos de su quinta. No se ponga a la defensiva, Damián. Yo sé perfectamente quién soy; lo interesante aquí es averiguar si usted es exactamente la pieza que necesito encontrar.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De lo que esté buscando en este callejón sin salida.

—Siga tanteando el terreno —replicó ella con una calma glacial, reduciendo aún más el espacio entre ambos—. Quizá descubra que puedo ofrecerle respuestas mucho más sólidas que su fe ciega en los cuentos infantiles.

Daniel contuvo la respiración, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de apretar el borde de la madera. Evaluó la opción de levantarse y salir corriendo, pero sus piernas pesaban como el plomo.

—Confié en mí, muchacho —susurró Antonia, bajando el tono con una autoridad que no admitía réplica.

—Creo que ha sido un malentendido. Ya le he advertido que aguardo a otra persona.

—¿A una muchacha, supongo?

—Veo que le apasiona indagar en vidas ajenas. No será usted agente de la ley, ¿verdad?

—Por favor, hijo. Solo soy una andaluza que intenta no aburrirse en medio del asfalto neoyorquino. Y usted... ¿qué oculta bajo esa barba de náufrago? Algo me dice que sus motivos en esta ciudad no constan en ninguna guía turística.

—Esperar. Únicamente eso —respondió Daniel, cediendo con un suspiro pesado que agitó los pelos de su barba, volviendo a hundir los codos en la mesa.

—¿Ah, sí? ¿Y espera mucho tiempo?

Daniel vaciló, sintiendo cómo el reloj marcaba ya diez minutos pasados del mediodía. La frágil esperanza de ver abrir la puerta del hotel se desvanecía en la calle helada. Si aquella mujer venía a detenerlo, al menos pondría fin a la agonía mental que lo consumía.

—A veces se aguarda lo imposible... a la protagonista de una historia que ya no sabe cómo terminar.

—¡Qué romanticismo tan trágico! ¿No ha valorado la opción de que esa tal Alicia se haya topado con obstáculos insalvables antes de encontrar la salida del laberinto?

—Es probable. Prefiero pensar eso, o que jamás llegó a leer mi mensaje, antes que asumir la cruda certeza de que simplemente eligió no venir a verme.

—En los asuntos del corazón rara vez hay certezas absolutas, muchacho, solo circunstancias que nos sobrepasan. A veces uno no acude a donde quiere, sino a donde le imponen las reglas del juego.

—Eso lo comprendo mejor de lo que cree. De hecho, mi vida entera se resume en esa maldita frase.

—Entonces... aclarémoslo de una vez, Damián. ¿O deberíamos empezar por admitir que los nombres falsos son un vicio recurrente en su gremio?

Daniel sintió un vuelco seco en el estómago; la sangre pareció retirársele de la cara por un segundo.

—Y yo le pregunté antes si trabajaba para el Estado —replicó con voz ronca, entornando los ojos.

—Digamos que juego en otra liga —zanjó Antonia con sequedad, antes de cambiar de registro con un parsimonioso movimiento de hombros—. Pero ya que exigía poner las cartas sobre la mesa... ¿Y si le dijera que vengo en representación directa de Alicia?

Daniel contuvo el aliento de golpe. Sus músculos se contrajeron con violencia, debatido entre el impulso visceral de huir y la urgencia desesperada de creerla.

La mujer lo sostenía con la mirada, firme e inquebrantable, evaluando cada microgesto de su rostro para decidir si continuaba o guardaba silencio para siempre.

—Muy bien —articuló él al fin, pasando una mano temblorosa por su nuca—. Empezaré a creerle cuando me demuestre de qué bando está.

Antonia deslizó con parsimonia la mano hacia la abertura de su bolso de piel, extrajo una fotografía revelada en brillo y la desplazó con suavidad sobre la madera pulida de la barra.

Los ojos de Daniel se posaron en la imagen al instante: Alicia, embutida en un abultado traje de supervivencia polar, aparecía abrazada por la cintura por los brazos de Brenda y al fondo la inmensidad blanca, estéril y cegadora de la Antártida.

A pesar de que los rostros quedaban casi ocultos bajo las capuchas y las gafas oscuras, el peso de aquel instante congelado pareció golpear el estómago de Daniel con la fuerza de un puñetazo físico.

Antonia se inclinó ligeramente hacia delante, marcando el terreno con autoridad silenciosa, y le indicó con un leve y elegante movimiento de dedos que diera la vuelta a la instantánea.

Al dorso, trazada con la caligrafía rápida e inconfundible de Alicia, reposaba una hilera de lo que a ojos ajenos le parecerían coordenadas geográficas: -170,18,3 - 170,18,4, coronadas por un rotundo y definitivo «te quiero».

Superado el momento de melancolía, fue la mujer quien rompió el hielo, inclinándose levemente hacia delante y apoyando los codos sobre la madera pulida por miles de almuerzos, como si buscara cerrar el cerco: