34 EN EL AEROPUERTO
E l martes a las nueve de la mañana salía un vuelo desde Barajas con destino al JFK de Nueva York.
Alicia bajó del taxi con ostentación de turista: la cabeza cubierta por un sombrero modelo cazador estilo pija de los años cincuenta, a juego con el verde oliva de su abrigo; un largo pañuelo de seda de llamativo rosa fucsia enrollado al cuello, con las puntas ondeando al viento frío de la mañana madrileña como la bandera de una diva presumida; unas chillonas gafas tintadas talla king size, y, para rematar, unas relucientes y sonoras botas que cubrían sus nerviosas piernas hasta la altura de las rodillas.
Con una estudiada pose de superioridad, aguardaba turno tras un grupo de tres parejas jóvenes que arrastraban sus maletas con la ilusión de la aventura pintada en los ojos y fuertes risas por las exageraciones que se prometían cumplir en la Gran Manzana.
Alicia mataba el tiempo intentando sin éxito ubicar los pares de ojos que sin duda la vigilaban y que sentía como pellizcos sobre su piel.
La larga cola de grupos familiares empujando carritos cargados de maletas que se estaba formando a sus espaldas le trajo a la memoria los largos e intensos días precedentes.
Comenzando por la mágica noche del viernes en compañía de Adela —donde, dejándose guiar por la abogada, habían diseñado y anotado hasta el mínimo detalle de aquel plan de viaje—, al mediodía del sábado cualquiera pudo verlas bajar de un taxi y penetrar en la señorial y remozada estación de Puerta de Atocha, donde se despidieron de una forma más efusiva de la que esperaban, con lágrimas verdaderas.
El resto del fin de semana transcurrió lento en el interior de su piso, matando las ansias con páginas repletas de fotos y pocas letras, y numerosas visitas vía Google a un cibernético Nueva York, divertida ante la idea de que aquello era la constatación de sus intenciones.
El lunes salió decidida hasta unos grandes almacenes y regresó cansada de cargar las bolsas con la vestimenta que ahora lucía; fue entonces cuando encendió el ordenador de sobremesa y comprobó en su pantalla que su petición para poder visitar los Estados Unidos había sido aceptada.
Todo marchaba a pedir de boca, como siguiendo un guion. La última noche apenas durmió: en la inmensidad de su cama mató la soledad y los nervios con la obra que había encumbrado a Salinger y que, tal y como opinaba el chico de la librería, no era para tanto.
Al llegar al control de pasaportes, los nervios dificultaban hasta la respiración; tenía tanto calor que, si no hubiera sido por el miedo que le infundía mostrarse cara a cara con la policía, gustosa se hubiera deshecho del disfraz.
La agente miró la foto del documento sin demasiada eficacia y, con un escueto «buen viaje», se lo devolvió.
Ya en la sala de espera, los pasajeros se aborregaban en filas desiguales a la espera de que la compañía abriera la rampa de embarque.
Los auxiliares de vuelo llegaron limpiándose del cuello de sus azuladas camisas los restos del último cigarrillo de verdad.
En el atestado vestíbulo, Alicia comprobó asombrada cómo a su alrededor los teléfonos móviles de la época y los pequeños reproductores aparecían y desaparecían de bolsillos y bolsos, como si aquellos viajeros aguardasen la resolución de un parto en lugar del despegue de un avión.
A los pocos minutos, y tras un aviso en un castellano rápido y neutro —sin pasión— y un inglés indescifrable, las varias columnas humanas fueron desapareciendo como tragadas por un embudo por la rampa abierta detrás del mostrador.
De repente, Alicia comenzó a sentirse indispuesta, como si le faltara el aire; dejó que la gente que la precedía en la cola continuara avanzando.
Diferentes voces se dirigieron a ella interesándose por su estado, al que ella trataba de restar importancia.
Una vieja enjoyada incluso se permitió la licencia de opinar que el miedo a volar era del todo injustificado; Alicia se apartó de aquellos comentarios con estadísticas y porcentajes del todo increíbles y se dejó caer sobre un asiento metálico de la terminal.
En pocos minutos el vestíbulo quedó despejado de cuerpos, toses y zapatos repicando sobre el frío enlosado.
Alicia mitigaba su malestar abanicándose con el sombrero cuando la azafata se acercó contoneando su uniforme color cielo oscuro.
Alicia expuso a media voz que no estaba en condiciones de viajar y que prefería que la dejaran en tierra; la asistente, sin apenas prestar atención a las palabras de la enferma, espetó que si no volaba no podría reclamar el importe pagado.
La deshumanización de aquella auxiliar terminó por convencerla de que no volaría esa mañana, no al menos en ese avión.
Su afeminado compañero se aproximó y, aunque con poco énfasis, parecía sincero en su preocupación por Alicia.
Esta vez con mayor convicción, repitió su deseo de quedarse en tierra, y los dos auxiliares se marcharon encogiéndose de hombros.
Minutos más tarde, Alicia se irguió. Visiblemente recuperada, retomó el pasillo y regresó al control de pasaportes; justo antes de alcanzarlo, aparecieron los abrigos cuyos ojos antes buscaba.
Sin protestar, se dejó guiar con una media sonrisa torcida y acabó en el interior de una pequeña sala contigua a otra ocupada por una hilera de pesadas pantallas de tubo vigiladas por uniformados agentes de policía.
Los abrigos le ofrecieron un vaso de agua en vaso de plástico y comenzó el bombardeo de preguntas.
Ella no soltó prenda, solo repitió dos frases: pretendía viajar en busca de Daniel, pero no pudo subirse al avión por una indisposición pasajera.
De nada sirvieron a los agentes las alusiones a las consecuencias de mentirles ni las amenazas soslayadas; Alicia se limitó a decir que, si tenían algo contra ella, la detuvieran y la dejaran hacer efectivo su derecho a no contestar y a llamar a su abogada.
En pocas horas estaría de regreso desde Córdoba.
Conforme escuchaba su propia voz, pensaba que había sido muy bien aleccionada por Adela, aunque seguía dudando de sí misma; creía que no estaba preparada para continuar imitando un aplomo que en nada reflejaba la realidad.
Al final los agentes la dejaron marchar, pero no fue hasta bien avanzada la mañana que regresó a su piso.
Antes lució su ropa nueva paseando tranquilamente por el Parque del Retiro y la Gran Vía; ya en su piso, soltó los restos de la tensión en forma de lágrimas.
Cabía la posibilidad de haber perdido la última oportunidad de reunirse con Daniel.
EN EL WICKER BAR
Al día siguiente, miércoles, un joven barbado empujó la puerta batiente del bar del hotel Seton, en la neoyorquina calle 34, arrastrando una ráfaga de aire gélido que hizo tiritar al camarero.
Tomó asiento en un taburete del principio de la barra y pidió un descafeinado con leche, frotándose las manos engarrotadas por el frío.
Se quitó con desgana el gorro de lana, dejando al descubierto el cabello revuelto, y se desabrochó el cuello alto de la cazadora para expulsar el vaho que aún se acumulaba en su pecho.
Cuando el camarero terminó de llenarle la taza —que lucía el anagrama del hotel en verde jade—, Daniel sonrió con una amabilidad mecánica y tomó un sorbo rápido, quemándose levemente la lengua.
De manera aparentemente desenfadada, pero con el rabillo del ojo alerta, se giró para escanear el local.
El Wicker Bar era una alargada estancia de tonos verdosos con una hilera de mesas atornilladas a la pared de grandes ventanales paralelos a la acera; el aire caliente del interior, denso y cargado con un olor dulzón a madera vieja y café quemado, le acarició las mejillas con la pesadez de otra época.
Daniel clavó los ojos en el enorme reloj de esfera ajada que presidía el centro de la barra: faltaban cinco minutos para el mediodía.
En poco menos de una hora aquello se convertiría en un hervidero irrespirable; decenas de ejecutivos de corbata floja y secretarias de rostros hastiados almorzarían junto a periodistas de redacción y banqueros de pulso rápido.
Todos llegarían en tromba buscando refugio, un sándwich grasiento y cafeína pura, persiguiendo alargar el flirteo de la mañana o cerrando los ojos ante la perspectiva de otra noche solos en la gran ciudad.
Pero en ese momento, el silencio del local era casi palpable, roto solo por el tintineo metálico de las cucharillas.
Hacia el fondo, junto al letrero de los aseos, una pareja de orientales con los abrochados abrigos puestos repasaba con dedos torpes por el frío los últimos encuadres digitales en sus cámaras; cerca del centro, una madura morena de aspecto huidizo y marcados rasgos hispanos tenía la mirada clavada en un punto ciego de la madera, ajena al flujo ininterrumpido de piernas y abrigos que desfilaban tras los cristales empañados; y cerca de la entrada, un trío de ancianos encorbatados, escondidos bajo sus gorras de los Yankees, mascullaba una disputa sorda sobre la última columna de opinión del Times.
Todo aquello era para él un decorado ajeno, una realidad superpuesta.
Era el tercer miércoles que acudía a su propia y absurda cita y, como en las anteriores, sus expectativas rozaban el suelo, pero la parálisis le impedía hacer otra cosa: solo cabía esperar.
Se giró de nuevo hacia la barra, tamborileando con las yemas de los dedos sobre la superficie fría mientras observaba cómo el camarero secaba un vaso con desgana, con la mente puesta, sin duda, en cualquier playa del sur donde no nevara.
—Disculpe, joven. No me importaría disfrutar de un poco de compañía; resulta desalentador tomar un café a solas en una ciudad tan desmesurada —escuchó de pronto, articulado en un castellano impecable que contrastaba con el bullicio neoyorquino de la calle.