Huellas bajo el hielo 33 LA HUIDA #3
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33 LA HUIDA #3

Dio un salto sobre la espalda de Sejus, aferrándolo por el cuello.

El peso del impacto fue suficiente para que, con el bamboleo, la lanza acabara penetrando en el cuello de Aspir, quien en cuestión de segundos se ahogó en su propia sangre.

Sejus forcejeó con el soldado, que parecía una cadena colgada de su cuello; las piernas de este golpeaban el aire, pero la tenaza era tan potente que no lograba deshacerla, mientras las flechas que colgaban de su espalda sembraban el suelo.

En ese momento entraron varios soldados, alertados por los ruidos que escapaban entre la tormenta. En cuestión de segundos redujeron a Sejus, abalanzándose con sus cuerpos mojados y resbaladizos hasta dejarlo maniatado como a un potro salvaje.

Los soldados contemplaron el cuerpo sin vida de su jefe.

Yacía ensartado con la asta de la lanza partida por la mitad, pareciendo más un animal abatido, con los ojos vidriosos perdidos en la nada.

La babosa sonrisa había dejado paso a una mueca de sorpresa con la que abandonó este mundo, pero ninguno de los presentes mostró señales de lástima, sino al mirar a las dos mujeres, para las que sin duda no se avecinaban buenos tiempos, como dando a entender que si de ellos dependiera no les importaría dejarlas marchar; sin embargo, en el diccionario de su oficio no existía la clemencia.

Los tres prisioneros fueron conducidos bajo los estertores de la tormenta hasta una celda maloliente situada al borde del camino que daba entrada al pueblo.

Los soldados no dejaron de golpear a Sejus, que caminaba trastabillado por los impactos que estoicamente recibía sin ofrecer resistencia, sujeto como un animal por un nudo corredizo a la altura del cuello.

Iwa, abrazada a su madre, tiraba de ella; la mujer permanecía en estado de shock desde el instante en que comprendió las consecuencias de su derrota.

La joven, por su parte, caminaba con la frente bien alta: no se permitió soltar ni una lágrima ni lanzar reproche alguno por su mala suerte.

En cambio, interiormente no dejó un segundo de lamentar el destino que aguardaba a la mujer que le había dado la vida.

Ambas sabían que serían ofrecidas como sacrificio al dios Sol si nada lo remediaba; los tres serían decapitados.

La otra posibilidad resultaba inaceptable: a ambas se les ofrecería la opción de disfrutar de la clemencia del monarca y que este les perdonara la vida al convertirlas en esclavas.

La diferencia con la vida subyugada al poder por medio del miedo que venían disfrutando no diferiría demasiado, pero las dos mujeres sabían que el orgullo de una y otra no lo permitiría.

Por esa razón, Iwa nuevamente maldecía el instante en el que Aspir se había fijado en ella y convencido al sacerdote para que se la entregara en matrimonio.

Deploraba no haber escuchado a la razón, que desde el principio le gritaba palabras de huida, cosa que habría hecho de inmediato si su corazón no se hubiera prendado del esclavo de pelo amarillo, cuyos ojos irradiaban una bondad que su pueblo desconocía.

Incapaz, incluso ahora, de reflejar desprecio hacia sus captores, aquellos ojos claros como el cielo solo ansiaban libertad.

Por eso, cuando a su desesperación por el cercano matrimonio —que para ella constituía la más cruel de las cárceles— se unieron los gritos silenciosos de aquellos ojos compasivos, decidió plantarle cara al destino que para ella habían escrito de forma errónea las estrellas.

Infringiendo todas las leyes de su pueblo, arriesgó lo único que tenía: a sí misma.

Apostó todo a una carta, buscando la libertad de Sejus como único medio de alcanzar la suya.

Esa misma tarde se le permitió la entrada a una vecina.

Traía un poco de agua, comida y grandes dosis de sincero consuelo; entre susurros de comadre relató los comentarios provocados por la triste noticia de su encarcelamiento.

Desgraciadamente, las consecuencias ya corrían de boca en boca: el rey había decidido que los tres serían ofrecidos al día siguiente como regalo a los dioses en una especie de bautismo de sangre en la nueva pirámide que se estaba construyendo, justo donde Sejus había trabajado antes de que la princesa se encaprichara de sus cabellos.

Envuelto por una manta de pensamientos, Sejus parecía haber sucumbido a la derrota y al dolor provocado por la ira de los soldados, motivada casi siempre más por el miedo a las represalias que por la rabia de verse burlados.

Tendido en el suelo, con la mirada apagada y atado de pies y manos a un grueso poste clavado en la tierra, parecía dormitar en otro mundo.

Iwa besó la frente de su madre, que, acurrucada en un rincón, se estaba dejando abrazar por el sueño, y se acercó a Sejus. Primero con un trozo del vestido empapado en saliva y después directamente con los labios, limpiaba los restos de sangre en su cara y hombros.

Sus miradas se encontraron frente a frente: cuatro ojos que intuían que no les restaba sino un puñado de horas de vida.

En silencio suspiraban, ofreciéndose mutuo perdón y todo el consuelo posible; no perdieron el tiempo lamentando que la vida les hubiera tratado de manera mezquina, sin rastro de arrepentimiento, más bien resignación.

A pesar de la pareja de centinelas armados que dormitaban a escasos metros de la puerta, la joven se atrevió a desanudar las muñecas de Sejus. Necesitaba sentirse abrazada; aunque fuera de aquella manera, necesitaba dar y recibir amor.

Cuando eres un prisionero sentenciado a muerte y sientes que, a pesar de la injusta sentencia, lo vivido ha merecido la pena, ya no te permites el lujo de soñar, ni con un rescate ni con solicitar indulgencia.

El deseo de continuar vivo pasa a ser secundario; los sueños se pierden en el bosque de los imposibles.

Sientes que, incluso con solo pensar en pedir perdón, estás ofreciendo una nueva victoria a tus jueces; por eso no te permites soñar y te aferras a lo tangible.

Eso debieron sentir los jóvenes que, durante la eterna vigilia —cargada nuevamente de nubes jugando con la luna al gato y al ratón—, sellaron un amor que no tenía futuro en la tierra.

Con una intensidad tal que, a pesar de una fecha de caducidad tan cercana, consiguieron que las raudas horas de lo inevitable pareciesen haber estirado sus segundos, logrando percibir hasta el más insignificante de los detalles, perceptibles solo cuando logras sentirte unido a otra persona con tanta fuerza que el resto del mundo desaparece a tu alrededor.

Durante la agitada y larga noche apenas hablaron, no pensaron: solo sintieron y amaron lo que sus brazos abarcaban, sin necesidad de intercambio de fluidos ni jadeos.

Y eso, tan platónico como sincero, es mucho más de lo que la mayoría de los seres humanos consiguen alcanzar a lo largo de dilatadas vidas.

Cuando eres consciente de esa plenitud, cuando has dado y recibido una forma de amor semejante, sientes que ya estás preparado para morir, porque has alcanzado una cumbre con la que jamás podrías haber soñado.

Aun etiquetada de efímera, es igual o más valiosa que cualquier otra alargada en el tiempo; perder la vida por amor es como devolver el regalo a los dioses, y no hay nada ni más justo ni más bello.