33 LA HUIDA #2
De esquina en esquina se dejaron ir entre las sombras de la noche, ya caminando, ya avanzando lateralmente —siempre que era posible con la espalda apoyada en la pared— y deslizando en todo momento los pies por el suelo, sin rastro de pisotones.
En ocasiones, el tiempo parecía detenerse e intentaban hasta esconder el sonido de sus respiraciones; esto sucedía cuando las mujeres señalaban algún tejado donde Sejus suponía que se apostaba un centinela.
Estaban ya cerca de la plaza cuando las tres sombras penetraron en una vivienda. Allí sus cuerpos lograron recobrar parte del aire que les faltaba a los pulmones y desembarazarse de la rigidez nerviosa que atenazaba sus músculos.
Al abrigo del interior, como si disfrutaran de un meritorio triunfo o como anticipándose a la posibilidad de vivir el último instante de libertad, la joven dio rienda suelta a sus instintos y literalmente se comió a besos a Sejus, a quien no dejó de abrazar ni de acariciar las mejillas.
Sejus, tras mucho tiempo de soñar, había logrado por fin saborear unos instantes de verdadera felicidad; pasara lo que pasara, para él aquella aventura ya había merecido la pena.
Tras despojarse de la carga nerviosa, y con su torpe lenguaje, Sejus pedía detalles de cómo huirían.
Mientras tanto, la anciana empaquetaba una especie de mochila donde colocaba víveres envueltos en hojas de palma verde y algunas calabazas con agua, dirigiéndose en todo momento a su hija como Iwa, a la que no dejaba de lanzar consejos.
Poco a poco el habla se volvió torpe; se sorbía los mocos entre hipadas recomendaciones. A la esperanzada pareja se le rompía el alma: aquello sonaba a despedida, presumiblemente para siempre.
En eso estaban los tres cuando un grito rompió el pesado silencio de la noche; hasta el guirigay de los grillos desapareció y el vuelo ululante de las aves nocturnas se detuvo.
Al primer grito le sucedió una serie de ellos que llegaban mezclados con pasos de carreras lejanas y el rugido amenazante de la tormenta que se acercaba.
En el interior de la modesta vivienda se presagiaba un inminente estado de alarma; ninguno de los tres tuvo dudas de quién la había provocado.
Y aunque en un principio no tenían motivos para temer que su escondite no fuera seguro, esto no los serenó un ápice: no podían imaginar cuánto se equivocaban.
Minutos antes de dar la voz de alarma, el tullido compañero de presidio se había despertado con el rumor de la tormenta.
Al ver el hueco dejado por Sejus, salió al patio e inmediatamente advirtió que la puerta estaba abierta; si tan solo la madre de Iwa la hubiera vuelto a cerrar, nada de aquello hubiera sucedido.
El mermado ser salió, dudando de si debía aprovechar para fugarse o ganarse la confianza de sus captores dando la alarma.
Su mente incompleta discurrió lo suficiente para comprender que necesitaba la seguridad del cautiverio para sobrevivir, y que si gracias a su intervención se truncaba la huida del repudiado compañero —odiado simplemente por las singulares características físicas de su piel y de su pelo—, ello le reportaría mejores condiciones de vida.
Por esta razón llegó a la plaza y no dejó de gritar hasta que los centinelas acudieron.
Confesó no solo la huida, sino también la sospecha de quién le había ayudado.
Los guardias, aconsejados por la prudencia y el miedo que tamaña acusación suponía, en un principio no se atrevieron a llamar a su superior y menos aún a hacer caso del delator para profanar la vivienda de la prometida de su celoso y sanguinario jefe.
Pero Aspir era un ave de presa; como buen soldado, siempre dormía alerta. Nada más conocer la noticia de la fuga, presa de los celos, cruzó el pueblo en dirección a la vivienda de su Iwa. En las inmediaciones encontró a varios soldados que, al verlo, se asustaron y, sin decir nada, lo siguieron.
Cuando Aspir entró, se topó de lleno con la obesa figura de la madre de Iwa, a la que apartó de un empujón sin contemplaciones. Detrás encontró a Sejus, que le plantaba cara con la chica a escasos centímetros, petrificada por el pánico.
Sejus avanzó dos pasos, como dibujando un escudo para la joven. Aspir empuñó su afilado machete que, como parte de su propia anatomía, colgaba de su cintura día y noche. Sejus buscaba entre las sombras proyectadas por la cercana bujía de aceite de jabalí algo con lo que defenderse.
Para entonces, otro soldado, lanza en mano, taponaba la entrada, cubriendo las espaldas de su superior y —lo que era más importante— evitando cualquier intento de huida.
Los tres hombres se lanzaban felinas miradas, midiendo las distancias.
Aspir mostraba sus dientes, haciendo gala de un perverso destello que resbalaba entre sus labios, como disfrutando por anticipado de la oportunidad que el cielo le regalaba, seguro de culminar con éxito su anhelada venganza.
El otro soldado movía su lanza a diestro y siniestro, con el arco y las flechas colgando a la espalda, inútiles entre las cuatro rústicas paredes. El jefe aguantaba con el brazo extendido los intentos de acometida de su compañero, mascullando entre dientes un latiguillo:
—Esto es cosa mía.
Sejus no encontraba nada con lo que defenderse más que sus largos brazos, que no servían ni para protegerse a sí mismo y mucho menos a Iwa, su verdadera preocupación, a la que de momento impedía saltar al centro.
En realidad, la chica pretendía socorrer a su madre, que pataleaba tendida en el suelo.
La silueta de Aspir se reflejaba ondulando al son de las llamas sobre la pared, realzando su amenazador aspecto de reptil preparando el ataque.
Afuera, las nubes por fin cumplieron su amenaza descargando toda su furia en forma de torrentes de agua que terminaron por hacer crepitar el techo de paja y ramas como si fuera el mismísimo fuego del infierno.
Un rayo iluminó el cielo, logrando intensificar ante Sejus el aspecto sibilino de los ojos inyectados en sangre de su rival.
Sejus notaba la tensión atenazando sus músculos, con la sangre palpitando dolorosamente sobre sus sienes hinchadas, más por la rabia que por el miedo.
Segundos después llegó un fuerte trueno que pareció quebrar el cielo en dos; fue como un pistoletazo de salida que acabó rompiendo la tensión que flotaba en el centro del salón de la humilde vivienda.
El retumbo actuó como detonante para el ataque.
Blandiendo la espada, Aspir se lanzó como un toro enfurecido.
El esbelto prisionero, que nunca —ni en juegos— había participado en una pelea, sacó a relucir su instinto de supervivencia y, antes de que el brazo descargara toda su fuerza con el filo cortante sobre su cabeza, lanzó una patada al bulto que, sin pretenderlo, alcanzó de lleno el costado del guerrero.
Este, pillado por sorpresa, sintió como si hubiera recibido el impacto de un ariete, aunque la coz solo consiguió hacerlo trastabillar y desviarlo hacia su derecha, mientras el compañero describía ángulos con la punta de su lanza apuntando a Sejus. Iwa se apartaba en ese mismo sentido.
Aspir, repuesto de la sorpresa, volvió a la carga, esta vez más despacio, más precavido.
La anciana logró incorporarse y eso, sumado a un valor oculto en su interior, hizo que los acontecimientos se precipitaran: al ver a Sejus atacado por dos flancos y el peligro que esto suponía para su hija —acorralada entre los tres hombres que respiraban muerte—, no se lo pensó dos veces.
Como solo tenía a su lado la bolsa con los víveres, la recogió del suelo y, levantándola por encima de su cabeza, arremetió contra la espalda del soldado.
Este, al recibir el impacto en plena nuca, soltó el arma para ayudarse de las manos a sostener su cuerpo en la caída.
Iwa aprovechó la circunstancia y, cogiendo la lanza a gritos, se la ofreció a Sejus, quien con solo dos pasos laterales hacia su derecha la tomó entre sus manos.
Ahora la fiereza de Aspir no parecía tan exagerada y la confianza de Sejus iba en aumento; si solo unos segundos antes pensaba únicamente en defenderse, ahora estaba dispuesto al ataque.
Con la imagen de Menchuate flotando decapitado entre los dos contendientes, supo que era su momento.
Apuntó hacia el rival y lanzó su acometida, concentrando todo el peso de su cuerpo en la punta de la vara.
Pero Aspir, como experto soldado, repelió el ataque con un golpe de espada, aunque no lo suficientemente fuerte para evitar caer hacia un lado, empujado por el corpachón de Sejus, que volvió a utilizar sus largas piernas y asestó una nueva coz que esta vez dio de lleno en el mentón de Aspir, derribándolo al suelo.
Aspir resoplaba furioso, oliendo el sabor de la sangre que rezumaba en el interior de su mandíbula rota.
Sejus no parecía dueño de sus actos; por primera vez en su vida no solo luchaba por salvarse, sino también por la vida de dos mujeres que habían arriesgado la suya.
Podía ver el miedo reflejado en los sanguinarios ojos de Aspir, que se atragantaba con su propia sangre fluyendo de las descarnadas encías.
El soldado sabía que tenía que levantarse si quería salvarse.
Sejus avanzó levantando la pierna izquierda para dejar caer todo su peso, pisoteando la mano armada que Aspir esgrimía inútil a ras de suelo, al tiempo que colocaba la lanza con la punta de cobre afilado en el mismo centro del cuello.
De repente, Sejus sintió el poder que se concentraba en sus manos: un ligero movimiento y la vida de Aspir desaparecería, algo impensable para su cultura solo unos meses antes.
Eso lo hizo dudar; él no era un asesino. Pero escuchó un grito a su espalda: concentrado como estaba en Aspir, se había olvidado del otro guerrero, quien —una vez repuesto de la sorpresa— recuperó la estabilidad lanzando un manotazo sobre la anciana y ahora corría en auxilio de su jefe.