Huellas bajo el hielo 33 LA HUIDA
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33 LA HUIDA

E l tiempo vuela cuando eres feliz. Si estás enamorado, la percepción del mundo cambia: sientes hasta el más mínimo detalle, tu piel se deja acariciar por el aleteo de una mariposa y a tu alrededor todo está impregnado de colores y de vida.

En cambio, si eres ajeno a la felicidad, la mente se abstrae, se pierde en los lamentos y se estanca en un bucle.

El tiempo describe intrincados vericuetos cuando no haces otra cosa que esperar; la imaginación se ofusca y, intentando aislarse de la desesperación, tu cerebro repite hasta la saciedad un instante vivido.

Quieres luchar para tener la oportunidad de volver a sentirlo, te aferras a ello como un náufrago a un trozo de madera, pero con el paso de las horas, hasta en el más bello recuerdo el tiempo dibuja fluctuantes destellos que emborronan la idílica veracidad que en torno a él has construido.

Para la mayoría de las personas, la vida es un círculo más o menos perfecto: conocen y aceptan su camino sin hacer nada por desviarse.

Pero otros —los que realmente necesitan sentirse vivos— sueñan con escapar del círculo perfecto en el que se sienten atrapados.

Lo desesperante en el caso de Sejus, reducido a la dura condición de esclavo en aquel taller, era no poder decidir el momento de salirse por la tangente.

Hacía solo unos días todo resultaba sencillo: la vida o la muerte tenían el mismo valor y estaba solo.

Pero ahora su existencia estaba supeditada a otro corazón, inconformista como el suyo, cuyos latidos ya eran más importantes que los propios.

Ver pasar los días y las noches sin poder añadir instantes nuevos con los que alimentar la esperanza amenazaba con destapar el tarro de la locura.

Llegados a este punto, resulta imposible que los sentimientos no afloren a la superficie.

Cuando estás alerta, hasta las paredes parecen vigilarte; si tramas algo peligroso, aparecen sombras acechando donde antes no existía ni el vacío de la indiferencia.

Al llegar el ocaso, cuando la luz se va y la esperanza cobra vida, el imparable tic-tac que galopa a lomos de los dueños de la noche te oprime el pecho.

La desesperante falta de noticias apaga hasta la más fuerte de las creencias, el silencio te coge por el cuello y resquebraja tu alma entre terremotos de impotencia.

La paciencia, único aliado fiel hasta el momento, comienza a ser una peligrosa compañera, una rémora.

Necesitas mucha fuerza de voluntad para superar el paso del tiempo; observas cómo tu círculo comienza a convertirse en una espiral que poco a poco se va estrechando y sientes que ya estás cayendo en su interior sin encontrar nada donde asirte.

La vida se convierte en una pesada carga que no soportas, no sabes cuánto podrás aguantar: sencillamente, ya no eres dueño de tus actos porque estás enamorado.

Y Sejus encontró por fin un asidero. Cierta mañana, la joven de sus anhelos apareció en el taller acompañada de otra mujer con la cara surcada de arrugas que aún dejaban entrever cierto parecido físico entre ambas; bien podría ser su abuela.

La sonrisa de Sejus se tornó una mueca al tiempo que el aire dejaba de penetrar en sus pulmones, justo cuando Aspir, el prometido de la joven apareció en la entrada con su babosa y negruzca dentadura, rezumando superioridad y desprecio.

De pronto, Sejus sintió un extraño ardor, como si alguien le hubiera hecho tragar un potente alcaloide.

No sabía dónde esconder la mirada, temiendo que un simple aleteo de sus fosas nasales delatara la tormenta interna que libraba; con rabia, machacaba las rocas imaginando golpear el cráneo de tan infesto individuo.

Las mujeres, cogidas del brazo en medio del patio, regalaban sonrisas que iluminaban todos los rincones del taller, celebrando con una cordial reverencia la aparición del viejo orfebre.

El pretencioso Aspir, al llegar a su lado, parecía más hinchado que un pavo.

El artesano se presentó cabizbajo, sin poder ocultar los nervios y el temor que agitaban sus enjutos hombros bajo la polvorienta y desgastada vestimenta de hilo, evidentes en su intermitente hilo de voz.

Tras un breve intercambio de cumplidos, se hizo acompañar por los contrayentes al interior del taller.

La anciana se quedó rezagada, remoloneando una musiquilla entre inocentes silbidos y con un gracioso contoneo de los hombros.

Sorteaba la espera deambulando entre los montones de piedra que sembraban de escollos el polvoriento patio y, como quien no quiere la cosa, se fue acercando a la posición de Sejus con la mirada perdida en la nada; en realidad, sus ojos no se atrevían a posarse en ningún punto concreto.

Sin apartar la vista del trabajo, Sejus seguía cada uno de sus movimientos con el corazón galopando a ritmo de guerra, presa de un miedo rabioso. La joven que vivía en su corazón ni se había dignado a cruzar una leve mirada hacia él; aquello amenazaba con destruir sus esperanzas.

La anciana movía sus redondas curvas como quien deambula por un mercadillo.

Sin querer, ya estaba a menos de un metro del esclavo abatanador; tres escasos metros los separaban del trío de jóvenes que avivaban con el fuelle de sus pulmones las brasas del horno.

La mujer parecía ahora ralentizar sus movimientos, acompasando sus pasos al ritmo del destructor brazo de Sejus, quien descargaba toda su frustración sobre las indefensas piedras.

Y entonces, como un relámpago, el aire polvoriento del patio se abrió. La mujer lanzó un susurro que Sejus, pillado por sorpresa, cazó al vuelo. Ni su mente ni su alma podían asegurarlo, pero ambas tradujeron al menos tres palabras:

—Hoy, noche, preparado.

Sejus no se atrevió siquiera a dejar de respirar, aunque le faltaba fuelle; quería, pero no podía asentir con la cabeza.

La mujer parecía esperar una señal de que lo había comprendido.

El corazón pugnaba por salirse por la garganta y tragaba bocanadas de aire como si fuera pan seco; en una de esas, cerró los ojos por el esfuerzo.

Aparentemente, aquello fue interpretado como una señal, ya que la vieja pareció cobrar vitalidad y, recuperando ese aire distraído y musical, fue alejándose hasta llegar a la entrada.

Se sucedieron agónicos minutos entre trozos de piedras rotas y cómplices miradas al vacío, hasta que los futuros contrayentes aparecieron de nuevo, escoltados por la amplia sonrisa del artesano, esta vez más sincera, pues parecía haberse desprendido de parte de su estado nervioso en el interior del taller.

Desde la distancia, Sejus alentaba la partida del trío; necesitaba serenarse.

Entre golpe y golpe creyó entender que ambos hombres pactaban su regreso para dentro de una semana.

Acto seguido, los tres visitantes desaparecieron engullidos por la calle.

El resto de la jornada se convirtió en un verdadero suplicio para Sejus.

Ocultar su estado de ánimo no resultaba sencillo; las horas parecían suspenderse en el aire y las sombras de la tarde no querían avanzar.

Pero, por extraño que pudiera parecer, no sentía miedo, y no lo tuvo hasta que el sol se apagó languideciendo entre los sonidos que atrancaban la puerta.

Su compañero ya ocupaba la esterilla en posición fetal.

Sejus, para despistar más a sus nervios que al otro prisionero, no tardó mucho en hacer otro tanto, obligándose a que el sueño no lo venciera.

No necesitó mucho esfuerzo: el prolongado estado de tensión que lo acompañaba desde la mañana fue el mejor estimulante.

La puerta emitió tímidas señales de que alguien la manipulaba desde el exterior.

Aun así, de inmediato se activó Sejus, que aguardaba cualquier tipo de acontecimiento como un búho en su esterilla.

Completamente alerta, salió al patio y entre las sombras se topó con un bulto que, sin mediar palabra, se fundió en un abrazo cálido y reconfortante.

La joven portaba entre las manos una túnica parduzca que inmediatamente le pasó por el cuello e intentó acomodar sobre sus amplios hombros.

Sus brillantes ojos volvieron a encontrarse entre la negrura del patio e, instintivamente, sus labios no pudieron evitar unirse: era como sellar la verdadera razón de aquella alianza.

Tras los diez segundos más intensos y mágicos en la vida de Sejus, decidieron en silencio encaminarse hacia la puerta, sin preocuparse siquiera de mirar atrás.

Afuera, la anciana aguardaba nerviosa; aún bajo la débil luz de la grisácea noche, parecía rejuvenecida.

Sus silenciosos movimientos eran precisos, más vitales, como si la llegada de la noche la hubiera despojado de la mitad de sus años.

Siguiendo sus indicaciones, avanzaron por la calle sin separarse de la pared más de lo necesario.

El cielo mostraba su opacidad de manera especial esa noche; a lo lejos, la luna jugaba al escondite con las nubes, haciendo intermitente la visión del camino.

Eran nubes que se acercaban esparciendo esporádicamente lejanos rayos y el eco de sus débiles truenos.

Al alcanzar el comienzo de la calle se detuvieron: ni rastro de los guardias diurnos, un detalle que lo había atormentado desde hacía tiempo y que ahora había desaparecido como por arte de magia.

La anciana se encaró con Sejus y, hablando con rápidos movimientos de los ojos y animalescos gruñidos, no dejaba de golpearle sobre los hombros, conminándole a que de allí en adelante caminara encorvado para ocultar en lo posible su elevada envergadura, como si a través de los golpes pretendiera ponerle un disfraz de enano.