Huellas bajo el hielo 32 LA VIDA EN CÍRCULO #4
86%

32 LA VIDA EN CÍRCULO #4

—Sabía que para tu padre sería imposible dejar de lado el asunto del científico; era demasiado curioso, demasiado inquieto para vivir una vida normal.

Si, a pesar de los innumerables peligros y el acoso que sufrimos, no lo había hecho por su hija, nada me indicaba que en el futuro aquello cambiaría.

A veces he pensado que solo fue una cuestión de mala suerte; si el destino está escrito en el azar, nosotros nos equivocamos de fecha al lanzar los dados.

—He criado a mi hijo sola; durante años he creído que le convenía crecer alejado de su pasado.

Por supuesto, no sabe quién es su padre, pero tras tu visita me di cuenta de que me había equivocado.

Comprendí que, en el fondo, mi hijo ha sufrido una infancia parecida a la tuya; siempre me ha atormentado la idea de perderlo, necios miedos que disfrazaba de prudencia y cerraban mi boca.

Con el paso del tiempo, ni yo he encontrado el momento ni él parece haber necesitado explicaciones; es un chico excelente, muy cariñoso y comprensivo.

Ocasionalmente ha habido otros hombres en mi vida, pero ninguno era lo suficientemente bueno para ocupar el puesto de Juan Luis.

Alicia escuchaba con atención, como si asistiera al ritual de calcar una moneda bajo el papel, viendo emerger de la nada el relieve desconocido de su propio padre.

—Cuando te presentaste en mi casa, mi visión del mundo cambió; pensé que, ya que le había robado la posibilidad de disfrutar de un padre, no merecía que también le privase de la amistad de una hermana.

Ambos merecéis la oportunidad de conoceros; esto no tiene nada que ver ni con tu padre ni, por supuesto, conmigo, es algo entre vosotros dos.

Por eso he venido: porque antes necesitaba tu aprobación.

Él es aún muy joven, me quiere tanto que aceptaría cualquier cosa que yo le pidiera solo por verme feliz, pero si prefieres no conocerlo, cerrar para siempre esa puerta o piensas que aún no estás preparada, lo entenderé.

No tengo derecho a juzgarte, toda la culpa es mía; ahora sé qué hace tiempo que debería haberlo arreglado.

Lo siento, Alicia, de verdad que lo lamento.

—No es a mí a quien has de pedir disculpas —respondió Alicia—.

En realidad, siento que no tengo nada que ver en este asunto.

Mi padre tuvo un hijo contigo, estupendo.

No quisiera parecer insensible, pero es algo entre vosotros dos; en todo caso es tu hijo quien debe perdonarte...

aunque tampoco estoy segura de eso. En su día tomaste una decisión, ahora tienes derecho a tomar otra.

Nunca he pensado que la vida sea una línea recta, que todo es blanco o negro; las personas deben tener la potestad de elegir su camino.

La abogada escuchaba a la joven sin apartar la vista de los labios de la joven, era otra voz pero parecían las palabras de un recuerdo al que añoraba más de lo que le gustaría.

—Soy yo quien lamenta haberse comportado de esta manera, pero espero que entiendas que una noticia como esta ha sido algo más que una sorpresa y, bueno, en otras circunstancias tal vez hubiera actuado de un modo distinto.

Lo siento, pero la noticia no ha llegado en el mejor momento...

Menos mal que tú sí has aparecido en el momento oportuno.

—De eso la que no está muy segura soy yo.

Al llegar he visto la puerta abierta; te aseguro que no soy tan valiente, a punto he estado de salir corriendo.

Ha sido ver a ese hombre con el abrigo largo en este piso y sentir que viajaba al pasado; de repente volvieron los miedos, y te aseguro que quería, pero no podía volver a huir, no podía dejarte en la estacada.

Me ha costado mucho superar algunas sensaciones, pero la verdad es que me alegro.

A pesar del intenso miedo que he pasado, ahora me siento viva.

Ha sucedido algo curioso: durante todo el rato te miraba y no podía dejar de pensar en mi hijo.

—¿Cómo se llama?

—Juan. En septiembre cumplirá dieciséis. Es un chico estupendo, algo perezoso como todos los de su generación, pero muy cariñoso. Ya lo verás, te gustará; me alegraría tanto que os llevaseis bien... bueno, si tú quieres.

Alicia apartó la mirada hacia la mesa, removiendo distraída los papeles garabateados sobre la mesa, como si intentara descifrar un jeroglífico.

—Es que no lo sé, no estoy segura de necesitar otro medio hermano. Me siento engañada, como si durante años hubiera estado durmiendo y ahora de repente despertara sin saber quién soy.

Adela la observó con una mezcla de culpa y ternura, estirando los dedos sobre la mesa antes de contestar con suavidad:

—Te comprendo; escarbar en el pasado no siempre nos lleva por el camino deseado. Buscas aclarar sombras y estas se transforman en nombres.

—Llevo toda mi vida buscando una familia de verdad; hace menos de un año apenas podía imaginar quién era mi padre, y ahora esto. Es como si mi vida fuera una estafa, como una primitiva sin premio; tengo dos de dos, y siento que eso, como en el juego, no sirve para nada.

Adela frunció el ceño, desconcertada ante la brusquedad del símil.

—No te entiendo.

—Bueno, no me malinterpretes. Lo que quiero decir es que tengo dos hermanos de dos madres, y siento que también de padres distintos. Es trágico; parece que el cielo me esté gritando que no merezco tener una familia de verdad.

Adela la abrazó con verdadero cariño mientras Alicia, sollozando, continuaba quejándose:

—Tengo un medio novio que ha desaparecido, dos medios hermanos... si esto sigue así, me temo que un día descubriré algún que otro medio en el interior de mi cuerpo.

—Cálmate, no te tortures. Y hablando de ese medio novio, cuéntamelo todo, confía en mí, o todo este asunto de tu Daniel se nos puede escapar de las manos.

Entonces Alicia habló ya sin tapujos de todo, del mensaje encriptado, de las ruinas, de las dudas vertidas por Rachel, del lavado de imagen que llevaría a cabo para limpiar el nombre de su padre y de su deseo de volar hasta la Gran Manzana para poder ver a Daniel, abrazarlo y besarlo.

Adela fue atando cabos y anunció que, de todas maneras, eso tenía que esperar; ni sabían ni entendían por qué buscaban a Daniel.

Después de todo, encontrar las ruinas de una civilización desconocida no era un delito, más bien todo lo contrario; tal vez al joven mallorquín también lo perseguía su pasado.

Pero algo estaba claro: quienes le buscaban no eran delincuentes comunes; de haberlo sido, la solicitada orden judicial no les hubiera frenado.

Llegados a este punto, Adela ya había decidido ofrecer su apoyo incondicional.

Aplaudió la destreza de Alicia al descifrar el mensaje sin ayuda —«Eso no lo has heredado de tu padre, te lo aseguro», afirmó Adela envolviendo sus palabras en un melancólico y jovial tono, con la mirada encendida sobre la foto de Juan Luis que presidía el salón, como si de nuevo se viera arrastrada por las locuras que le unieron al hombre que cambió su vida para siempre.

La lógica dictaba no solo que llevarían días siguiéndola, sino que no cejarían en su empeño.

Era el momento de actuar con cabeza; para ello, decidieron aprovechar las ventajas de internet y trazar un plan.

Tenían pocas posibilidades de despistarlos, pero eso no las frenaría: reservaron dos vuelos distintos, uno hacia Canadá el lunes por la mañana y otro —con reserva de hotel incluida— a la Gran Manzana veinticuatro horas después.

—Nueva York es una ciudad impresionante, te gustará —había comentado Adela mientras rellenaba el formulario de autorización de viaje para Alicia—. Llevé a mi hijo el verano pasado y a los dos nos encantó.

Eso dio pie para que ambas destaparan el tarro de los recuerdos y, durante horas, dieron rienda suelta a sus lenguas para cimentar, no ya una amistad, sino los pilares de una verdadera familia, lanzando al viento sueños y deseos que se harían realidad cuando todo aquel tema terminara.

Alicia pasaría temporadas en Córdoba, donde conocería y aprendería a amar a su hermano Juan; era la forma más tangible para las dos mujeres de recuperar al hombre de sus vidas, sobre todo para Alicia, que ansiaba presentarse ante su hermano con la imagen limpia de un padre que ella había descubierto entre sombras.

Para Adela suponía más bien saldar una deuda con su pasado, persuadida de que era la última oportunidad de suturar una herida abierta por ella misma, convencida de que, si Juan Luis hubiera conocido la existencia de un segundo hijo, tal vez el futuro de todos hubiera corrido por diferente camino.