32 LA VIDA EN CÍRCULO #3
Lentamente, como luchando contra una fuerza centrífuga que la frenaba, llegó a la puerta secándose las lágrimas con el dorso de las manos. La madera nuevamente fue aporreada, en esta ocasión con mayor insistencia.
—Señorita Santander, abra por favor —dijo una varonil voz al otro lado de la puerta.
Por un segundo, Alicia sintió una especie de alivio, como si su cuerpo hubiera recuperado parte de la energía perdida entre gemidos. Pensando en algún vendedor de escapularios, aceleró las ganas de adecentarse, pero cuando abrió, el mundo se le vino abajo.
Dos hombres aguardaban enhiestos, con sus zapatos negros reluciendo sobre el gastado encerado del viejo pasillo, embutidos en sendos abrigos oscuros, largos y elegantes, uniformes sin insignias que delataban su profesión al instante.
La disuasoria sospecha que escondían sus manos ocultas en los bolsillos, un corte de pelo a lo cepillo que atufaba a pasma y cuatro ojos que por sí solos se bastaban para ocupar todo el pasillo, con los pies bien firmes sobre el suelo, demostraban que no había posibilidad de escape.
—Buenas tardes. ¿Podemos pasar? Nos gustaría hablar un momento con usted —dijo uno de ellos, entrando sin esperar respuesta.
—¿Qui... quiénes son ustedes?
—Por favor, señorita, prescindamos de formalidades —contestó sin girarse, casi desde el centro del pasillo, empleando un tono condescendiente y abrupto que parecía innato al sujeto.
El otro compañero seguía taponando la puerta sin mover ni un solo músculo de la cara. Alicia se vio atrapada en medio, confundida y asustada, mirando aquellos impertérritos ojos que la vigilaban en silencio, como si la estuvieran empujando hacia el interior del piso.
—Por favor, solo serán unos minutos; ya somos mayorcitos y sabemos de qué va esto, no lo hagamos más difícil, será lo mejor para todos —dijo el que parecía llevar la voz cantante, girando sobre sí mismo desde el salón.
De inmediato, Alicia olvidó el dolor producido en el restaurante; ahora otra imagen martilleaba su mente, llenándola de pánico.
Era tan estúpida y estaba tan confiada que, a pesar del miedo vivido esa misma mañana, no había previsto la posibilidad de semejante visita.
Sobre la mesa estaban intactas las dos pilas de libros; buscando algo de espacio, se había limitado a amontonar los folios garabateados, pero el libro de Salinger, con el mensaje subrayado ya resuelto entre sus páginas, permanecía en una esquina, separado del resto, como un faro encendido, una puerta abierta de par en par al enemigo.
Sentía que estaba demasiado nerviosa, con un tembleque de piernas que no podía creer pasase desapercibido.
Le faltaba el aire, atrapada por un fuego interior asfixiante, con una intensidad de esas en las que sientes que toda la tierra se estremece bajo tus pies; con cada latido del corazón notaba como un terremoto se acercaba con apellido de miocardio.
—Parece que llegamos en mal momento, ¿ha recibido malas noticias? —dijo el compañero, cruzando el umbral y ofreciendo un pañuelo de papel en un tono pretendidamente amable que para Alicia sonó casi burlón.
—¿Qué quieren de mí? ¿Quiénes son? —repitió Alicia, venciendo la tartamudez.
—No tema, solo queremos hacerle unas preguntas. ¿Dónde está su amigo Daniel? —soltó el del sofá, inclinándose hacia delante sin dejarle margen de respuesta.
—No... no tengo... novio... —Se arrepintió al instante.
—Vamos, señorita, no nos lo ponga difícil —interrumpió el segundo con voz de falso aliado, apareciendo a su lado con demasiada cercanía—. ¿Dónde está? ¿Por dónde ha entrado en contacto con usted?
«Vaya, vaya, poli bueno, poli malo... ¡Pero ¡qué tonta soy!»
—Confiaré en ustedes cuando me digan quiénes son.
El hombre del sofá ignoró su advertencia, acortando distancias con una frialdad glacial:
—Sabemos que se ha comunicado con usted. Y sabemos que el mensaje no era una carta de amor cualquiera. ¿Dónde está Daniel?
—No sé nada de él desde que nos separamos —mintió Alicia, sintiendo que el pulso le estallaba en las sienes.
—No nos tome por tontos. —La voz del interrogador sonó seca, un latigazo directo que no admitía réplica—. ¿Montreal? ¿Toronto? ¿O prefiere que lo busquemos nosotros? Vaya, cuántos libros... y todos parecen nuevos.
Sin transición, el hombre desvió la mirada hacia la mesa, cambiando de blanco en un segundo mientras estiraba la mano hacia el rincón donde reposaba el Salinger.
—Solo observaba... ¿Qué le parece si me presta este?
Alicia se sentía atrapada en un callejón sin salida.
Se imaginaba pasando la noche en un calabozo, repudiada por Daniel para el resto de su vida; él, que había confiado en ella y a la primera de cambio ya le había fallado.
En aquel momento, el borboteo de su corazón resultaba insoportable; le costaba trabajo mantenerse en pie, notaba la garganta seca como si hubiera caminado por un desierto y presentía que de un momento a otro una duna en forma de desmayo acabaría por succionarla.
La vista comenzaba a nublársele, no era capaz de pensar cómo salir de aquella situación, el pecho le dolía y no tenía fuerzas para seguir resistiendo.
—Vamos, dígalo. Solo tiene que decir que me presta uno de sus libros, es algo muy sencillo.
—¿Tiene usted orden de registro?
La voz de Adela sonó como un latigazo. Los tres se giraron en la dirección del enérgico bramido; estaba plantada en la entrada, destilando aplomo por todos los poros de su piel.
—¿Quién demonios es usted?
—Me llamo Adela Cifuentes, soy la abogada de la señorita Santander. ¿Con quién tengo el gusto?
—Vamos, vamos, no nos pongamos nerviosos. Imagino que puede usted identificarse —dijo el hombre, levantándose del sofá, visiblemente sorprendido por la irrupción de semejante título profesional en medio de la conversación.
—Por supuesto que lo haré, pero siempre después de usted, caballero —respondió Adela, avanzando por el pasillo y descargando toda la sensualidad de su despampanante figura con un sonoro taconeo que pretendía sonar intimidatorio.
—Tengo la impresión de que ha visto usted muchas películas americanas; me temo que en España las cosas no funcionan así.
—Permítame que discrepe; afortunadamente, algunas cosas sí han cambiado.
Pero, independientemente de que funcionen como funcionen, si no puede usted identificarse de inmediato, mi cliente y yo estaríamos encantadas de que se marcharan de la propiedad de la señorita Santander; de lo contrario, me veré obligada a llamar a la «otra» policía, aunque es posible que eso no les asuste demasiado.
Permítanme un consejo profesional —no tema, es gratis—: es mejor que se marchen.
Las relaciones interdepartamentales no resultan todo lo fluidas que les gustaría, e imagino que la idea de tener que dar ciertas explicaciones no les resulta conveniente en estos momentos.
—Está bien, por ahora ustedes ganan. De todos modos, hemos escuchado silencios que dicen más que las palabras, pero recuerde —y esto no es una amenaza, consejo por consejo—, tenga por seguro que volveremos a vernos —dijo el intruso enfilando el pasillo.
Allí se volvió y, con la chulería de un gánster, retomó la palabra—: Disculpe, ¿cómo me ha dicho que se llamaba?
—Cifuentes. Adela Cifuentes, abogada. ¿Y usted es...?
El hombre contestó con una irónica sonrisa:
—Smith. Agente especial Kevin Smith. Buenas tardes, ha sido un verdadero placer charlar con ustedes.
Cuando se marcharon, Adela cerró la puerta y, como si sus piernas no pudieran soportar ni un segundo más el peso de su cuerpo, se dejó resbalar con la espalda apoyada contra la madera hasta acabar sentada en el suelo.
El supuesto aplomo había desaparecido por completo de su rostro; respiraba con dificultad, bufando en busca de aire como un pez recién salido del agua.
Alicia comprendió que toda aquella seguridad no había sido sino una providencial cara de póker.
Recuperado el aliento, pero aún sin dejar de temblar, regresó al salón, donde ambas mujeres se fundieron en un abrazo. Durante un segundo, Adela había viajado al pasado, como si aquel piso fuera una puerta hacia otra dimensión.
—¿En qué demonios estás metida, muchacha?
—Gracias, Adela, no te imaginas el miedo que he pasado.
—Tú sola... A mí aún me tiemblan las rodillas, pero no te apures, te comprendo muy bien, ya he pasado por esto. Y ahora cuéntame, ¿qué buscaban esos sabuesos? ¿Quién es ese Daniel?
Alicia, a media voz, relató su aventura en el Polo Sur.
Al principio no se atrevió a revelar detalles; obvió las suspicacias provocadas por la providencial aparición de Daniel y calificó su relación de «peculiar».
Por supuesto, no comentó nada acerca del descubrimiento, solo dejó traslucir esa búsqueda del padre perdido, esa necesidad de sentir sensaciones que solo aparecen en la literatura.
Sin embargo, inconscientemente, la ración extra de nervios le jugó una mala pasada y acabó relacionando el secreto de su padre con el mensaje codificado del libro y con la aparición de aquellos hombres.
Adela percibió tantas lagunas en aquella historia que, mientras la chica hablaba, comprendió que si quería ganarse su confianza primero tendría que acabar de sincerarse y terminar lo que había venido a hacer.
—Alicia, antes de que sigas, considero que te debo una explicación.
Me costó mucho dejar a tu padre; es curioso, pero una de las razones por las que acabé huyendo fue para alejarme de situaciones como esta.
A su lado viví los días más felices de mi vida, pero también pasé mucho miedo.
No fue fácil dejarlo; le quería con toda mi alma, creo que ya le amaba antes de conocerlo, pero no podía soportar aquel cúmulo de tensiones.
Luego, cuando descubrí que estaba embarazada, me autoconvencí de que había tomado la decisión acertada.
Hizo una pausa para llenar sus pulmones y evitar las lágrimas. El tono se tornó entre nostálgico y reivindicativo.