Huellas bajo el hielo 32 LA VIDA EN CÍRCULO #2
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32 LA VIDA EN CÍRCULO #2

—Se trata de un cuestionario —contestó el hombre sin variar ni un ápice el tono ni el ritmo—.

Se solicitan datos personales, número de pasaporte, número de vuelo y una dirección en EE.

UU., así como contestar a una serie de preguntas relacionadas con enfermedades, detenciones, terrorismo, narcotráfico, espionaje, etcétera.

Está disponible en 21 idiomas, aunque sus respuestas deben ser en inglés.

Una vez enviada la solicitud debidamente cumplimentada, deberá esperar entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas, tras lo cual recibirá la contestación de si es o no elegible para viajar a los Estados Unidos.

Una vez aceptada, tendrá una validez de dos años o hasta que caduque el pasaporte, lo que suceda antes.

Una respuesta positiva no garantiza la entrada; la decisión final la toma el Servicio de Aduanas y Control de Fronteras en el mismo aeropuerto de entrada.

En cualquier caso, sigue siendo necesario un pasaporte de lectura mecanizada.

Estos documentos son obligatorios para todos los pasajeros, independientemente de la edad.

En caso de respuesta negativa, no le están negando la entrada al país, sino la posibilidad de hacerlo sin visado.

En este caso, lo mejor es contactar con la Embajada de Estados Unidos para informarse de las posibilidades.

Ahora, si no se le ofrece nada más y usted me disculpa, es la hora de cerrar y tengo un poco de prisa.

En definitiva, y tal como suponía mientras esperaba, había perdido el tiempo.

De regreso, en un nuevo taxi —este conducido por el polo opuesto del anterior, pues el taxista lanzó, contestó y rió media docena de preguntas en los primeros quinientos metros de mutismo absoluto de Alicia—, se dio cuenta de que aquel molesto y sencillo trámite burocrático hubiera sido fácil de solventar desde su casa, si no fuera por el miedo que su ordenador le había producido esa mañana, y mucho más tratándose de Nueva York.

Aun así, no se permitió dejar que de nuevo floreciesen los recelos sobre Daniel: puede que él los desconociera como ella minutos antes.

Por otro lado, viajar a Canadá no solo le resultaba pesado, sino que sonaba peligroso, incluso rocambolesco, al tener que tratar de cruzar la frontera de forma más o menos ilegal.

No, decididamente, si la cita era en la ciudad de los rascacielos, hacia allí viajaría.

De todas maneras, era viernes; con coger un vuelo el martes bastaría.

Para entonces ya habría recibido la respuesta, y antes estaba obligada a reservar un vuelo y un hotel.

¿Algo que declarar? Soy una sencilla turista enamorada...

Bueno, lo de «enamorada» era solo para ella; el taxista debió de tomarla por borracha cuando la vio hablando sola por el espejo retrovisor.

Al llegar a su piso la esperaba una sorpresa: paseando como un centinela frente al portal, una mujer contoneaba sus caderas en el interior de una falda de tubo, al ritmo de unas botas altas y brillantes de relucientes y afilados tacones.

Al principio no la reconoció; solo lo hizo cuando el melodioso acento andaluz surgió a través de la bufanda.

Adela parecía haber rejuvenecido diez años; parece mentira lo que consiguen un poco de maquillaje y la ropa adecuada, pues no recordaba en nada a la mujer vencida por la vida que la había recibido casi un año atrás.

De repente, comprendía cómo debió sentirse ella el día de su visita.

Tras los besos secos al aire de rigor, Adela tomó la palabra de forma directa, aunque afable:

—Me gustaría hablar contigo. Lamento presentarme de esta manera, pero tenemos que tratar algo que no podía permitirme hacer por teléfono.

—Vale, no es el mejor momento, pero bueno... Para serte sincera, creo que también a mí me vendrá bien hablar con alguien.

Adela agradeció la franqueza con un tierno asentimiento.

—¿Has comido? Te invito, por aquí cerca debe de haber algún sitio.

—Supongo... Si prefieres, subimos a mi casa; no soy muy buena cocinera, pero algo podemos improvisar.

—Si no te importa, preferiría un restaurante. ESE piso... despertará muchos recuerdos —dijo tras un segundo de reflexión en el que parecía buscar las palabras exactas para no herir la sensibilidad de Alicia, y no por dudas sobre su elección.

—Ah, claro, por eso me has encontrado. Ya habías estado aquí, ¿verdad?

Adela volvió a asentir con una sonrisa y, cogiéndola del brazo, tiró de ella calle arriba.

La comida comenzó con un típico entremés de trivialidades, aderezado con las falsas sonrisas con las que se intentan cubrir los incómodos huecos que aplazan el inevitable momento de afrontar los temas escabrosos.

El ambiente resultaba doblemente perturbador para Alicia, acuciada como estaba por las prisas de solventar el asunto del visado y el contratiempo que suponía atender una visita inesperada que podía acarrearle un retraso irrecuperable.

No obstante, la curiosidad se plantó delante de su ensalada de pasta como un camino de brasas que no podía dejar de atravesar.

Estar sentada frente a aquella cordobesa era como abrir el embarazoso diario de su otro padre, ese desconocido del que no quería saber nada; después de todo, la vida sentimental de su progenitor no le resultaba en absoluto interesante.

Adela comentó, francamente interesada y un tanto extrañada, el firme bronceado que aún a estas alturas de invierno lucía.

Un inocente comentario que, sin pretenderlo, dio pie a que Alicia —con cierto ánimo de revancha y no exenta de socarronería— le espetara que acababa de regresar del Polo Sur.

El rostro de la abogada cambió radicalmente: del relajado intento de confraternización pasó a una severa actitud maternal.

—Intuyo que continúas buscando a tu padre.

—No... Bueno, en cierta forma.

—No me malinterpretes, lo entiendo, pero permíteme darte un consejo: es mejor pasar página. Juan Luis fue un gran hombre, eso no lo dudes, pero es mejor dejarlo descansar. Por desgracia, ya nada nos lo puede devolver, y no creo que para una chica de tu edad sea aconsejable perseguir fantasmas.

—Es posible que tenga usted razón, y que me diga esto con la mejor de las intenciones, pero debería ser más fiel a sus propios consejos.

—Perdona, cariño, no te entiendo... Y, por favor, tutéame; el «usted» me hace sentir más vieja de lo que me gustaría.

—Vale, lo siento, créeme, está usted estupenda para su edad... Pero no, ¡estás estupenda! De verdad, no es un cumplido. A lo que me refiero es que venir a verme sugiere, en cierta forma, perseguir tus propios fantasmas.

—Admito que puede que tengas razón, pero solo en parte.

No estoy aquí para curar heridas del pasado; algunas, por más que lo intentes, nunca cicatrizan del todo, solo varía la intensidad de su dolor.

Si he decidido venir es más bien para evitar que otras nuevas se produzcan en el futuro, y esto tiene que ver contigo, no solo con tu padre...

Bueno, lo cierto es que en el fondo es saldar una deuda con los dos.

Alicia escuchaba en silencio, con la sensación de tener uno o más sentidos fuera de juego —algo peligroso cuando intuyes que los vas a necesitar todos—, sin atreverse a conjeturar de qué iba aquello, pero percibiendo la trascendencia del momento en el tono severo y con cierto aire dubitativo y de disculpa que salía de los temblorosos labios repintados de Adela.

En ellos se adivinaba la encarnizada batalla que se libraba en su interior, como si Alicia pudiera ver las palabras atropellándose en el fondo de la garganta de la andaluza.

Esta, en lugar de hablar, cogió el bolso del respaldo de su silla y sacó una fotografía que, alargando el brazo, entregó a Alicia lentamente, como si aquella imagen pesara una tonelada, como si ambas supieran que el papel estaba impregnado de un letal veneno y ninguna pudiera evitar continuar con aquel ponzoñoso mensaje.

Alicia, un tanto descolocada, plantó delante de sus ojos la imagen de un sonriente y apuesto adolescente que de momento no le decía nada.

—¿Es tu hijo? Es muy guapo, pero no...

—Sí, es mi hijo... pero también es tu hermano.

Alicia entonces sí miró la foto de verdad, con los ojos abiertos como platos, como si la veracidad de la noticia se escondiera en los tersos pliegues de aquella impúber cara, como si fuera posible distinguir el ADN común en algún lugar de aquellos ojos marrones.

Una segunda inspección, más incrédula y narcotizante, pretendía encontrar algún vestigio del rostro de su padre.

De pronto, como si aquella noticia se hubiera convertido en una bola de fuego que recorría su interior, soltó la fotografía sobre la ensalada y salió huyendo.

Mientras corría, no logró borrar de su retina la imagen de una Adela visiblemente arrepentida y llorosa, helada sobre su silla sin capacidad de reacción.

Alicia no dejó de correr hasta bastante rato después de entrar en su casa; incapaz de descargar tal cantidad de adrenalina, recorrió pasillos y cuartos sin rumbo fijo hasta que, agotada, se dejó caer sobre el sofá.

No había pasado media hora cuando el sonido de unos nudillos aporreando la puerta la devolvió a una realidad que no quería afrontar.

Sabía que era la mano de Adela, por eso tardó unos minutos en reaccionar.

No quería abrir, no estaba preparada, nunca lo estaría.

¿Cómo te preparas para aceptar que, sin preaviso, tu familia ha aumentado; que tu padre se fue a la tumba engañado por la mujer que había amado; que un desconocido se ha convertido en parte de tu sangre?

La noticia no podía haber llegado en peor momento, pero también era consciente de que no podía dejarla allí eternamente; por desgracia, los problemas no desaparecen solo con desearlo, no al menos en la vida adulta.

Se levantó —hubiera dado cualquier cosa para estar a miles de kilómetros de allí—, cruzó el salón entre gimoteos nerviosos y, sorbiéndose la nariz, logró alcanzar el pasillo.