32 LA VIDA EN CÍRCULO
A la mañana siguiente despertó como si acabara de correr un maratón; los párpados le pesaban como si fueran de plomo.
Con lentitud giró el cuello y se topó con los dígitos brillantes del radiodespertador bailando encima de la mesilla de noche: eran casi las once, un poco tarde para que ella estuviera en la cama.
Su mente comenzó la maniobra de reubicación y, en ello estaba, cuando de repente notó una punzada en el vientre, como un pellizco.
Acto seguido experimentó algo parecido a un ahogamiento, como si una cascada de números y letras se desparramaran sobre su cama.
La llamada de la naturaleza obró el milagro de despejarla: ágilmente se giró sobre sí misma y, corriendo, alcanzó el baño.
Siguiendo su rutina, tiró de la cisterna y abrió la ducha, aunque al instante la cerró.
Estaba nerviosa, bastante más de lo que le gustaría reconocer, casi como una niña en la mañana de Reyes.
Sintiéndose absurda, fue hasta la cocina despojándose de los restos de un profundo sueño que continuaban colgando de sus ojos recién lavados, junto a otros que asomaban en forma de picores repartidos aleatoriamente por su cuerpo.
Mientras cruzaba el salón, tuvo que vencer la tentación de continuar con la investigación: en la mesa esperaban, como entre paréntesis, los folios garabateados junto a la pila de libros.
—¡No, no es el momento! —pensó.
Antes tomaría un vaso de zumo y una ducha, y luego, con el cuerpo relajado, buscaría el mensaje.
Quería disfrutar hasta el último segundo de aquella romántica forma de comunicación.
Volvió al baño y dejó que el agua fluyera del grifo, dejándose mecer por el cálido murmullo que tantas veces añoró junto a Daniel, pretendiendo que el vapor que comenzaba a entelar el espejo ahogara los cantos de sirena que llegaban desde la mesa del salón.
Pero no pudo más. Apenas el agua corrió medio minuto por su cuerpo y ya estaba cerrando los grifos; no podía resistirlo.
Se cubrió con el albornoz, notando cómo la sangre de su cuerpo galopaba erizándole la piel de manera sensual.
Cogió el libro con las manos aun parcialmente húmedas y, con avidez, rebuscó hasta dar con la carta doblada.
Al verla, se regaló un prolongado suspiro; estaba en la página donde el «te quiero» de la línea dieciocho borraba el resto del texto.
Y, como si de una piscina de algodón de azúcar se tratara, se zambulló de cabeza en la resolución.
Pero, como siempre que sueñas o planeas la cita perfecta, va el tonto de turno y te lo estropea.
El timbre de la puerta la sobresaltó como una bomba y la transportó a la realidad de su piso.
Cuando sonó por segunda vez, soltó el libro y, sin pensar en otra cosa que en su enfado, cruzó el pasillo dispuesta a encararse con los niños de los vecinos, que acostumbraban a matar el tiempo con aquel estúpido juego.
Al abrir, en su lugar se topó con tres adultos amplia y coloridamente encorbatados.
Los trajes poco ajustados les daban el aspecto de usar ropa prestada y, sin dejar pasar el tiempo suficiente para la réplica o para inventarse una excusa, Alicia no tuvo otra opción que la de escuchar.
El mayor de los tres comenzó a enumerar los males que aquejan este mundo y corrompen el alma humana hasta la más absoluta degradación, mientras los otros dos asentían de manera rítmica con cada final de frase, pareciendo decir «amén».
Alicia, entre incómoda y perpleja, no acertaba a ver de dónde venían los tiros; escuchaba boquiabierta, sin atreverse a interrumpir, hasta que el hombre acabó diciendo que todas las soluciones estaban en Jehová.
La simple mención del divino —aunque defenestrado— nombre la llenó de un fastidio incómodo, completamente proporcional a la fama que merecidamente disfrutan estos pesados apóstoles.
Estaba tan enfadada que los insultos se le atropellaban en la boca y, como no acertaba a cuál de ellos resultaba más hiriente, optó por el más fácil: les dio con la puerta en las narices.
Un par de patadas al aire y cierta cantidad de gritos no bastaron para olvidar la inoportuna visita.
Mientras cogía de nuevo el libro, notó cómo los evangelistas habían logrado agriar el romanticismo del momento.
Sin pensar más en ello, se enfrascó en la resolución del mensaje; poco rato más tarde estaba completo.
Ya antes de acabar, la alegría se había evaporado y, como casi siempre, la realidad superaba a la ficción: sin saber cómo, el mensaje la sumió en un inexplicable pánico que la encaminaba directamente hacia el sujeto de las gafas de sol.
No fácil largarme Nueva York, soy huyendo policía, mirar siempre atrás, sospecha nuevos amigos, vienes conmigo, mejor entrar Canadá, hotel Seton, Wicker bar, miércoles mediodía, TE QUIERO. D.
Aquellas frases en clave de telegrama decían mucho más de lo que le hubiera gustado, y no solo por la sensación de peligro que transmitían o la pereza de tener que volver a viajar; en el fondo, aquello significaba colocar sobre sus hombros una responsabilidad para la que no se sentía preparada.
La inseguridad sobre sus sentimientos regresaba como una mentira palpable, como tener que descorrer una cortina sabiendo de antemano que esconde lo que no quieres encontrar.
La cabeza le daba vueltas. El portátil apagado sobre la mesa le pareció de repente un boquete en la pared de su secreto, como si sobre el negro de la pantalla apareciesen las huellas de un delito, señales de culpabilidad a la vista de cualquiera.
En esta época de conexiones constantes, de pantallas de plasma y redes que te atan a un teclado para casi cualquier trámite, sentía que la privacidad era un espejismo.
Con solo tener un mando a distancia o un cable de teléfono conectado al mundo, tenías la falsa seguridad de estar a salvo en tu salón, ignorando que esa misma ventana digital es capaz de hacerte sentir que mil ojos desconocidos escrutan hasta tu manera de rascarte.
Y ahora ella respiraba con dificultad, ahogándose, como si los millones de bits que flotan invisibles merced al wifi se hubieran convertido en ojos acusadores. Pero no podía dejarse vencer sin luchar; no, la memoria de su padre no lo merecía.
Aun consciente de tener razones más que suficientes para aquella paranoia, no podía perder más tiempo.
Entre prenda y prenda de ropa, con la sangre galopando frenética sobre sus sienes, fue maquinando un plan.
Terminó de vestirse y salió a recibir el frío del mediodía, donde un cielo encapotado y feo no había conseguido empañar el alegre ambiente de las navidades madrileñas.
Con paso decidido caminó hasta el final de su calle y entró en una tienda de fotos, cubierta con un gorro de lana y una bufanda que solo dejaban a la vista los ojos y la nariz.
En el bolsillo del abrigo llevaba unas gafas de sol que ahora no le parecían tan ridículas como la tarde anterior, y de no haberlas usado antes era únicamente por la incomodidad de tener que vigilar dónde ponía los pies.
Con unas fotos de carné terminando de secarse en el bolsillo del bolso, salió a la calle y paró un taxi, solicitándole a una nuca sin rostro que la llevara hasta una comisaría de la Policía Nacional con servicio de expedición de pasaportes.
Era el segundo objetivo de su guion: actualizar el documento para las exigentes y celosas autoridades norteamericanas.
Dos horas de cola más tarde, cuando ya no quedaban letras perdidas en los folletos ni uñas que desayunar, tras haberse indigestado con el gazpacho mental que había compuesto entre las frases del mensaje y el miedo que este le había generado, repasó una y otra vez cada punto de su plan para dejarlo exacto.
Observaba el comienzo de una carrera de obstáculos contra los funcionarios que, desde hacía unos minutos, no dejaban de lanzar miradas al reloj colgado de la pared, cuyos números arrastraban los pies a la velocidad opuesta a la de Alicia y el resto de impacientes usuarios.
Un pitido resonó sobre el panel luminoso y, con premura, se levantó.
Acabó sentada frente a un chaleco de rombos y una frente despejada que hacía destacar a más no poder la blanca melena al estilo clown del funcionario, resbalando ensortijada hasta los hombros.
Era el típico empleado aburrido que la atendió con visible desgana, tamborileando los dedos sobre el mostrador.
Silencioso, ofreció unos ojos impasibles al escuchar a la joven y puso en marcha un disco que sonaba a rayado.
—España es uno de los 35 países que participa en el Programa de Exención de Visa para viajar a Estados Unidos —explicaba el empleado, con la mirada perdida en la pantalla de su vetusto ordenador de oficina—.
Es decir, si tiene que viajar al país durante 90 días o menos, no necesita un visado clásico; a cambio, tiene que pedir permiso rellenando la Autorización Electrónica de Viaje (ESTA).
Solo puede solicitarse por internet y con un mínimo de 72 horas antes de iniciar el viaje.
Alicia tragó saliva, sintiendo que de nuevo la maldita red la atrapaba.
—¿Y qué es eso del ESTA? —preguntó con un hilo de voz, tamborileando los dedos en el bolso donde guardaba el mensaje de Daniel.