Huellas bajo el hielo 31 EN PALACIO
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S ejus se dejó conducir por las calles del pueblo con una extraña punzada en el estómago. Dudaba si se debía a la incertidumbre o a las protestas de sus desacostumbrados intestinos ante la abundante ración de carne recocida con que lo habían obsequiado antes de salir.

Al llegar a la plaza, escoltado por dos guerreros de aire desapasionado, notó que querían disimular la pereza que les daba la misión tratándolo con fría distancia.

Al menos eso creía, ya que no lo golpeaban como de costumbre; se limitaban a empujarlo con cuidado de no ser los responsables de sembrar de moratones el castigado cuerpo del prisionero.

Con él en medio, se abrieron paso ignorando con estudiada altivez las decenas de miradas clavadas en su nuca.

Ascendieron la rampa escalonada hasta la entrada del gran edificio, que Sejus ya intuía como la morada del rey.

Cuatro poderosas columnas de piedra sujetaban como centinelas un amplio portal que daba cobijo a una hilera de guardianes reales.

Estaban emplumados con vistosos colores que resaltaban sobre sus cetrinas pieles, curtidas de pinturas y cicatrices; abstraídos en su misión, mostraban una expresión menos humana que los mismísimos puntales de piedra.

Permanecían enhiestos vigilando unas paredes ricamente policromadas por una infinidad de altorrelieves que simulaban un cómic.

Proliferaban las escenas de la vida cotidiana junto a representaciones de animales, desde seres mitológicos hasta desconocidas especies marinas.

La estampa de un héroe de cuerpo pequeño y cabeza desproporcionada, ceremonioso ante la decapitación de figuras humanas y animales, se repetía con profusión.

Macabras gotas de sangre salpicaban las viñetas en un realismo que no auguraba nada bueno: o aquel personaje concentraba un ego desmedido, o los artistas querían magnificar el rito, o —como pensaba Sejus— ambas cosas.

Figuras de dioses con aspecto humano poblaban la entrada, configurando un mensaje indescifrable.

En la cara interior, dos artesanos mayores cincelaban la piedra con paciencia, ajenos al trasiego.

Otra docena de centinelas vigilaba hasta el aleteo de los insectos.

Ahora Sejus entendía el motivo de tanta vigilancia: el monarca no desconfiaba de los peligros externos, sino de su propio pueblo.

Se detuvo junto a los soldados masticando el amargo ambiente del lugar, donde los golpes sobre la piedra parecían profetizar que en la próxima viñeta cincelarían su propio cuello.

Al contemplar el horizonte desde lo alto, se adivinaba la estratégica ubicación de tamaña construcción: ligeramente separada de las casas, ocupaba una altura ideal para anticipar cualquier ataque procedente de la inexpugnable jungla.

A la vez, remarcaba sus místicos orígenes, vinculados al aire celestial, al peligroso valle y al devastador océano rompiendo en la cara posterior de las montañas.

Siempre lo más cerca posible del cielo —la morada de los dioses—, el palacio rivalizaba con las inhóspitas cumbres heladas del oeste, donde dormía el sol.

Parecía un centinela nocturno que todo lo veía, la prolongación del poder del Dios Todopoderoso en la tierra.

Por eso Sejus no entendía tanta protección; al fin y al cabo, parecía que aquel pueblo solo podía temer un ataque desde el cielo.

Traspasaron un nuevo portal donde la luz inundaba el recinto de tonos pastel; el suelo de piedra brillaba de limpio.

Accedieron a un patio con una fuente en forma de bañera en el centro, alimentada por un canalón que dividía el espacio.

El agua rebosaba hacia un costado, perdiéndose con un rumor de libertad que hacía envidiar a las entrañas de la tierra, las cuales ahogaban su ronroneo para reaparecer en las fuentes del pueblo.

El cercano ocaso dibujaba las alargadas siluetas de los arqueros apostados en los techos. En el interior de aquel patio, el tiempo parecía detenido, como si las paredes retuvieran la energía del cielo transformándola en una paz ficticia, amenazadora.

Entraron por la puerta central de la antesala.

La inmensa sala que se desplegó ante Sejus era el corazón de la ciudadela, la más rica y recargada.

El oro y la plata colgaban de las paredes voceando ostentación, provocando suspiros y náuseas a partes iguales.

Todos los ornamentos reflejaban la dualidad del mundo: el día y la noche, el sol y la luna, el bien y el mal.

En el muro del fondo, un mosaico dorado equiparaba al dios sol con la figura de un monarca radiante.

O bien representaba a un antepasado, o la imaginación del artista había borrado las carnes ociosas de la edad.

La fealdad de un enorme trono de madera cubierto de cueros animales deslucía el tapiz, como una pagana insolencia terrena en un rincón reservado a los dioses.

El sitial estaba ocupado por la oronda calva coloreada del monarca.

Un trono menor, de oscura piedra tallada, sostenía la estilizada figura de su consorte.

Desde allí, la severa presencia del rey lo inundaba todo, irradiando respeto y miedo.

La aburrida mirada de la reina contrastaba con la pizpireta princesa, sentada sin gracia en los escalones del altar.

Los soldados se arrodillaron con gestos marciales.

Sejus los imito. Por un lateral apareció un hombre enjuto con aspecto de sacerdote.

El chamán se detuvo junto al primer escalón, mirándolo con un par de diminutos ojillos grises, y le habló con voz grave.

Sejus no entendió nada; por entonces solo conocía un puñado de palabras de aquella gutural lengua, órdenes concisas aprendidas en la cantera a base de latigazos: adelante, arriba, abajo, fuerte, deprisa, empujar, malditos animales...

Una fluida comunicación entre carceleros furiosos y esclavos que abrazaban el silencio como única vía de supervivencia.

El rey pareció entender el problema y se dirigió a su hija con un reproche. La joven protestó con firmeza, sonando caprichosa a oídos de Sejus. Tras la máscara del monarca, los presentes adivinaron un suspiro de padre resignado.

El sacerdote descendió con lentitud y, con una varita de flecos vellosos, levantó con asco los cabellos de Sejus. Luego se encogió de hombros y regresó junto a los monarcas con total indiferencia.

A los pocos minutos, Sejus se vio forzado a salir de espaldas, con el torso doblado en ángulo recto al igual que sus escoltas. Una vez en el patio central, pudieron erguirse.

Continuaba sin comprender el motivo de la visita.

Tenía la impresión de que la princesa se había encaprichado de él, aquello olía a problemas; imaginaba que pronto se convertiría en la nueva mascota de una niña malcriada.

Las manos regordetas de la heredera mesándose los cabellos con rabia lo desorientaban, pero al menos seguía vivo.

Lo que aún ignoraba es que aquel pueblo adoraba el oro por su característico color, símbolo de comunión con el señor del cielo. Por esa razón, su inusual cabello cobrizo era lo más parecido al preciado metal y, por ende, la obsesión de la envidiosa princesa desde el día de su llegada.

Saliendo del palacio, fue conducido por callejas hasta una vivienda al fondo de un callejón con dos centinelas en la entrada.

Tras cruzar el portalón, se halló en un patio rectangular cuya pared del fondo era la propia montaña.

Trabajaban allí media docena de jóvenes.

Al poco cayó la noche; el patio se despejó y la gran puerta se cerró con tranca exterior.

Pasó la noche acompañado por un ser callado que arrastraba una pierna.

Aún no lo sabía, pero aquel sería su nuevo hogar y puesto de trabajo.

A la mañana siguiente comprobó que era un taller de orfebrería.

Utilizaban el cobre y el oro para fabricar armas y ornamentos.

Las piedras extraídas de las minas llegaban a la espalda de otros esclavos.

Allí se trituraban; luego, el metal era separado de la roca en batanes manuales con rocas redondeadas que hacían chocar sin descanso, antes de pasar a los hornos de barro alimentados con carbón.

El fuego era avivado por jóvenes que, con marcas de quemaduras en sus cuerpos semidesnudos, soplaban directamente sobre las llamas a través de toberas de caña con arcilla, alcanzando los mil grados.

El metal fundido era recogido y laminado a golpe de martillo hasta lograr la forma deseada.

Más tarde, los artesanos componían collares, pulseras o pendientes.

Sejus fue destinado al principio del proceso: durante interminables horas machacaba piedras. Al menos aquello era menos peligroso que cargar rocas, aunque la claustrofobia del patio y las miradas de desprecio de sus compañeros pesaban como una losa.

Con el paso de los días, llegó a entender frases enteras relacionadas con el taller.

Los veteranos se mofaban de la ineptitud de los aprendices.

La cabeza visible era un engalanado funcionario que los visitaba dos veces al día.

Nadie descargaba ya su ira sobre Sejus, pero tampoco le mostraban simpatía, ni siquiera el silencioso hombretón que arrastraba la pierna hasta el jergón contiguo.

La única nota reseñable era la visita de una bella mujer que cada atardecer, cuando los operarios se marchaban, acudía escoltada para lavar y peinar el cabello de Sejus con mimo. A pesar de su mutismo, aquello resultaba agradable, aunque algo le decía que tras las caricias se escondía una tormenta.

Durante algunas semanas nada rompió el bucle.

Una mañana apareció recién rasurado y, en lugar de sonrisas, vio miedo en el semblante de sus compañeros.

A media hora punta llegó su peinadora nocturna con gestos de pánico, indicándole que no debía volver a tocar ni un pelo de su cabeza.

Temiendo perder sus masajes, obedeció. Eso, sumado al rumor de que tres soldados habían desparecido en el bosque, constituyó la única nota discordante.

Fue entonces cuando renació el anhelo de fuga.

De noche disfrutaba de cierta libertad en el patio amurallado, contemplando el cielo estrellado como una llamada al libre albedrío.

Sabía que de día la vigilancia en la calle era férrea, con arqueros en los tejados y soldados con lanzas.

Tras un par de intentos fallidos que le costaron sendos latigazos, comprendió que necesitaba la noche como aliada; su cuerpo pálido no pasaba desapercibido bajo el sol.

A los dos días fue conducido de nuevo al palacio.

En el trayecto memorizó la posición de los vigías nocturnos, concluyendo que tendría una oportunidad si los centinelas no estaban alertas.

Al llegar a la plaza, atravesó el patio central con la firme determinación de defenderse y morir matando de ser necesario.

Entraron por la puerta derecha. La bella joven apareció con su habitual mirada triste y le hizo un sencillo ademán para que la siguiera.

Uno de los soldados protestó, pero ella lo convenció con firmeza, haciendo que los hombres agacharan la cabeza.

Sejus sintió que el miedo se desvanecía; escuchar la voz dulce de la chica le devolvió las ganas de vivir.

La princesa apareció tras una cortina, envuelta en una túnica anaranjada y luciendo una corona de plumas verdes. La peluquera se arrodilló, obligando a Sejus a hacer lo mismo. Él contuvo el impulso de reducir a la princesa como rehén, intuyendo que aquello sería un suicidio.

La heredera se aproximó, exhalando perfume de flores, y alargó una mano para acariciar sus largos cabellos con avaricia y envidia.

De pronto, como si despertara de un trance, gruñó una orden despectiva.

La peluquera sentó a Sejus en una banqueta baja y, con la hoja de un afilado cuchillo, comenzó a cortarle la melena a ras de cuero cabelludo, depositando los mechones en una cesta roja.

De regreso al taller, su cabeza rapada despertó burlas y extrañeza.

Ya no era el orgulloso prisionero, sino el cuidador del codiciado pelo dorado de la princesa.

Pero lo peor no fue eso: con la pérdida del cabello, las visitas vespertinas de la joven peluquera cesaron por completo, llevándose las mejores horas de su plan de fuga.

Los meses pasaban pesadamente. El rostro de Kalinse se difuminaba en su memoria, mientras en sus sueños fantaseaba con el poderoso Tarvis derribando las puertas de su cárcel.

Una mañana, el odiado oficial que lo había capturado irrumpió en el taller acompañado precisamente por la joven peluquera.

La luz del sol bañaba sus delicados contornos y su melena azabache.

La rabia de Sejus creció al ver al soldado colocar un brazo posesivo sobre los hombros de la muchacha mientras encargaba ornamentos, por lo que pudo entender para su cercana boda.

Sejus estuvo a punto de abalanzarse sobre él, pero un detalle lo detuvo: los labios de la joven temblaban y sus ojos le suplicaban auxilio en silencio.

Aprovechando un descuido del oficial, Sejus, armándose de un valor irracional se acercó a la chica y le susurró tres torpes palabras:

—Noche, venir, ayuda.

Ella no respondió; con el rostro desencajado, echó a correr tras su prometido. El resto de la jornada fue un suplicio de dudas: ¿lo habría delatado? ¿Había interpretado mal su mirada?

La puerta del taller se cerró al caer la noche. Incapaz de conciliar el sueño en su jergón, con la negrura envolviéndolo todo, Sejus aguardó en la oscuridad con el corazón en un puño, soñando que esa noche se decidiría su destino.